18
julio
2009
¡Qué bella eres París! ¿te vas a mostrar siempre tan esquiva?
Cuaderno de Viaje (9)
Por Alberto D. Fraile OliverLunes 13 de julio. París.
Para tratar de evitar las omnipresentes colas decidimos madrugar e ir a primera hora a ver el Louvre. El recibimiento lo hace en una escalera la Victoria de Samotracia. Sin cabeza pero aún bella con sus elegantes proporciones y sus alas desplegadas parece recién salida de un libro de historia del arte.
Entramos bastante rápido en la pinacoteca y podemos visitar con cierta tranquilidad el ala donde está la pintura italiana. Pero a medida que vamos paseando por los largos pasillos atiborrados de cuadros la marea humana va subiendo paulatinamente hasta llegar a su nivel máximo en la sala donde está la Mona Lisa. La gran estrella del museo. La expectación es grandísima una nube de turistas rodean el pequeño cuadro y se la puede intuir tras una masa de cabezas y cámaras y teléfonos móviles inquietos. Parece una estrella de Hollywood asediada por una nube de paparazzis. Pese a todo ella sigue sonriendo. Su belleza trasciende la fama.
Me siento un poco desclasado, renegando de mi condición de turista. No termino de aceptar mi papel de miembro del club de las cámaras digitales que toman la foto y corren para tachar otro cosa de su lista. Pero París me deja claro que eso es lo que soy en este lugar. La ciudad me deja ver pero no tocar. Es una mujer altiva, algo madura, y difícil de conquistar. Demasiados pretendientes. Se lo tiene un poco creído. Sin embargo, sus encantos y efluvios no dejan de embriagarme.
Después del Louvre cogemos el barco y decidimos ir hasta la Torre Eiffel y probar suerte.
El hormiguero bajo el gigante de metal está en su apogeo. La cola para subir al ascensor parece una ensaimada. Da vueltas sobre si misma y el homo turísticus espera pacientemente su turno. Mientras avanzamos lentamente nos entretenemos mirando a un grupo de rumanas jóvenes tratando de sacarle unas monedas al personal. Pasan también tres miembros de ejército armados con ametralladoras, supongo que para impresionar a Al-Qaeda ya que las rumanas ni pestañean. Un venezolano dicharachero que forma parte de la cola y que no para de hablar y de contar anécdotas de su país colabora con el sol en la tarea de calentar la cabeza a la gente de su alrededor.
Después de 2 largas horas nos acercamos a la ansiada taquilla ya casi se puede tocar con la mano. En ese momento vemos como dos parejas con la jeta más grande que he visto en mi vida se cuela y se ahorra con la jugada la interminable cola. Unos cuantos pacientes homos turísticus nos rebelamos ante su atrevimiento pero un grupo de ancianos permiten que se cuelen delante de ellos. Les suelto un parrafada en inglés que les resbala como si fueran anguilas y pese a que su color de piel les identifica como mediterráneos se hacen los suecos muy profesionalmente. Noto una ira terrible y me dan ganas de quitarle el arma a uno de los militares y aplicar allí mismo justicia. ¡Menudo morro! Si coincido en la cima de la torre con ellos es posible que los tire para abajo (Atención. Nota para personas sensibles: la frase anterior es una ironía.) Después de hacer unas respiraciones para relajarme hago el juramento de no volverme a colar nunca en cola y rezo para que les pierdan las maletas en su vuelta a casa.
Y por fin llegamos al ascensor. De mal humor y con dolor en las piernas. Creo que si hubiéramos trepada por la torre estaríamos menos cansados. ¿Y si la Torre Eiffel fuera una dispositivo para extraer la energía de los millones de humanos que cada año pasan horas en sus colas? ¿Y si esa energía se utilizase para la proyección de Francia en el exterior? O mucho peor que hiciera uso de ella Sarkozy para hacerle el amor a Carla Bruni… el cansancio me hace delirar.
Subimos hasta el primer mirador en el punto donde convergen los cuatro pilares. Y desde allí la vista ya es asombrosa. Empieza a compensar el sacrificio. Si París ya es bello desde el suelo desde el aire es espectacular. Cuando subes a lo alto de la torre comprendes que esta estatua está hecha para que París se mire a sí misma y se complazca de su belleza. Y todos los que allí estamos no podemos más que rendirnos a la evidencia. ¡Qué bella eres París! ¿Me dejarás algún día acceder a tus misterios o te vas a mostrar siempre tan esquiva?
Desde lo alto de la torre puede casi palparse la historia moderna de la humanidad y los grandes pasos que ha dado en esta ciudad. Ha tenido lugar el esplendor de la monarquía francesa con el Rey Sol a la cabeza y también ha acogido la Revolución Francesa donde el pueblo se sublevó dirigido por la ideología del incomprendido Jean Jaques Rousseau, un ecologista anticipado a su tiempo, un amante de la sencillez. Y como no, la trilogía Libertad, Igualdad, Fraternidad que también ha emanado de aquí, de alguna logia oculta en las inmediaciones de Notre Dame, el vórtice. Son tres conceptos que si no se aplican adecuadamente pueden dar lugar a una buena empanada. La libertad tiene que ver con la educación y la cultura, la igualdad con lo jurídico y lo político y la fraternidad con lo económico. Si confundimos estos términos es cuando aparecen los problemas que padecemos. Por poner un ejemplo, aplicar la igualdad a la educación es contraproducente ya que lo único que se consigue es la homogenización y la frustración. Cada individuo necesita que se desarrollen sus talentos y no todos tenemos los mismos.
También surgió de aquí Montesquieu con la separación de los 3 poderes: el ejecutivo, legislativo, y judicial… una buena idea si algún día llega a aplicarse.
A lomos de la torre todo es espectacular pero hay algo que nos llama especialmente la atención: El Sacre Coeur. El templo que emulando un pastel de nata preside lo alto de Montmatre. Al regreso a tierra firme cogemos el metro en dirección a Pigalle, plagado de sex shops. Alex y yo nos reímos pensando en el impacto que debía suponer para un español llegar a Francia desde la dictadura franquista y eclesiástica y ver las revistas porno y la desinhibición sexual que emana, tal vez, de otro icono de este mismo barrio, el Moulin Rouge. Y allí conviven en Montmatre el blanco del Sacre Couer y el rojo del molino. La pureza y lo canalla. Lo carnal y lo espiritual convergiendo en un punto, probablemente en el centro de la estrella de David.
Videos de la Torre Eiffel
Llegando por el río Sena
Subiendo en el ascensor
Vistas desde el segundo piso
Iluminación de la torre
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q lindo me dan o mejor mi sueño es conocer paris porfavor ayudemen hay dejo mi correo gracias Dios los bendiga aquien haga realidad este sueño respondamen……