2

noviembre

2011

Arlet

Por

El día 27 de Octubre, Arlet acudió puntual a su cita con la vida. Para entonces, todavía no tenía un nombre concreto, sino tan solo unas pocas posibilidades, y de hecho esperaba a ser ella misma la musa que inspirara su energía hecha sonido.

El día 27 de Octubre, mi zona gris se tornó muy, muy oscura.

Todo iba bien. Bendito mundo este, donde nunca va nada según lo previsto! Pero esta vez al menos todo avanzaba en una dirección más o menos correcta. Su madre ponía todo de su parte (y más aún, tras 14 horas envuelta en intensos dolores, pues su naturaleza clínica impedía la aplicación de ninguna anestesia), pero Arlet seguía flotando divertida en su universo líquido, sin muchas ganas de ocupar su línea de salida… así que la doctora no pudo más que rasgar los deseos de mamá de tener un parto natural, para practicar la temida cesárea.

Todavía nadie se explica cómo, ni cuándo, ni por qué. Presa del estrés, Arlet ensució su líquida morada y al salir, grande y fuerte como era y en su primer intento de saludar al mundo con un sonoro llanto, aspiró meconio llenando sus pulmones. Desde la lejanía del pasillo, como un testigo ciego, solo atiné a oir ese primer llanto apagado mientras la sacaban del paritorio por otra puerta, corriendo hacia la UCI de neonatos.

Cuando aparecieron tras aquel aséptico portón de la impaciencia, las caras de la doctora y el comadrón no aventuraban buenas nuevas. Lo que tenía que ser un momento de júbilo, una explosión de luz, de repente se convirtió en un oscuro nubarrón de dudas e incertidumbre. Las malas noticias son horribles, pero la incerteza insospechada suele ser mucho peor.

Pasó un buen rato hasta recibir la primera información desde la UCI, y no fue nada concreta. Seguía sin saber a qué teníamos que atenernos, pero en mi interior se accionaron varios mecanismos contradictorios, que pronto empezaron un encarnizado combate entre sí. El primer golpe lo dio la esperanza, la actitud de aferrarse tozudamente al optimismo y luchar hasta la extenuación, para imponer el genio creativo y proyectar con fuerza mi voluntad, intentando potenciar la vida, por cualquier resquicio que ésta pudiera encontrar. Rápidamente contraatacó la aceptación: fuera lo que fuere lo que le ocurriera a Arlet, por malo que pudiera ser, era un proceso que tenía un sentido y un por qué. Formaría parte de nuestras vidas, como una lección que en realidad hace mucho tiempo que todos elegimos, y era ingenuo oponerse. Quién soy yo para imponer mi voluntad sutil a la misión de Arlet?

Pocas horas más tarde llegó más información desde la UCI, y los pronósticos empeoraban. Y con ellos el combate interno cobró más fuerza: esperanza y lucha feroz contra aceptación consciente. Crear nuestro destino o adaptarse a él. La vida de mi pequeña corría un peligro real, y allí estaba yo, enzarzado en ese debate interior mientras captaba el mismo tipo de dudas en aquel doctor que me informaba. Y tratando de esquivar estúpidas cuestiones del tipo “no puede ser que este largo embarazo y la trabajosa preparación emocional y material no hayan servido para nada! Por qué a nosotros?”.

Me dejaron verla en su incubadora, y tocarla. Qué muñequita tan bella, no podía ser verdad!!! Las dudas sobre su nombre se disiparon. Solo la miré a ella, prescindiendo del montón de tubos y cables que la mantenían con vida. Y de repente entonces, mágicamente, me oí pensando “Arlet, yo no puedo luchar por ti. Pero si tú quieres hacerlo, yo voy a luchar contigo, cueste lo que cueste, hasta el final. Tú y yo somos uno, y también lo somos con toda la Naturaleza. Toma mi energía, te regalo mi ser”. Fue como una solución de compromiso, una suerte de equilibrio. Que sea lo que ella quiera, yo solo puedo aceptarlo y ayudarla.

Luego recordé que nuestro espíritu creador surte más efecto si se enfoca desde la confianza, en lugar del miedo. Por lo tanto continué: “Arlet, hayas venido para lo que hayas venido a este mundo, vivir es mucho más divertido que irte ahora. Tienes que ver las flores que hay ahí afuera, conocer a Mamá, reirte con lo súper-divertida que es tu hermanita mayor, aprovechar el regalo de aprender, disfrutar la luz del sol, la playa de Formentor, los helados, los espaguetti, nuestros perros y gatos, tu primer novio, los goles de Messi, las tonterías de Papá…”.

De momento Arlet ha querido luchar. Y yo con ella. Posiblemente esta misma noche, tal vez mientras escribo estas líneas, ya le quiten la respiración artificial, y quedará un día menos para que esté en casa, haciendo vida normal.

Bienvenida al mundo, Arlet. Bienvenida a nuestras vidas. Gracias por tu lección, por mis peores 24 horas, y gracias por el regalo de tu existencia.


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La zona gris


2 comentarios para “Arlet”

  1. Querido Xavi:
    Gracias por compartir esta experiencia, cada vez me gusta más cómo escribes y los temas que eliges, gracias por estar ahí. Y dale un beso a Arlet de mi padre. tengo ganas de conocerla.
    Un abrazo

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