Entrevista a Fritjof Capra

Frijof Capra (Viena, 1939) tiene una sensibilidad especial para percibir resonancias en ámbitos aparentemente dispares, como su mentor Gregory Bateson, que buscaba patterns (patrones, pautas, ritmos) comunes a las cosas (“¿Cuál es el pattern que conecta al cangrejo con la langosta, a la orquídea con la prímula y a todos ellos conmigo?”). Investigador en física teórica en el Berkeley de finales de los sesenta, Capra vio que la realidad profundamente dinámica e interdependiente que revela la física resuena con el núcleo clásico de las filosofías orientales. De ahí surgió su primer libro, El tao de la física (1975), cuyas intuiciones básicas siguen siendo reveladoras pese a que la física, como toda ciencia, no deja de evolucionar.

Capra tiene una insólita capacidad para abrir nuevos horizontes y para sintetizar y divulgar sin caer en excesivas simplificaciones. Es criticado por quienes no comparten su audacia interdisciplinar, pero en esa audacia está en buena compañía —Leonardo, por ejemplo.

¿Qué despertó su interés en la ciencia de Leonardo?

La obra científica de Leonardo me ha fascinado desde principios de los años 70, cuando trabajaba en El Tao de la física. Ya en aquella época me impresionó la descripción que hace Leonardo de su enfoque empírico, su “manifiesto científico”, que he puesto como epígrafe de The Science of Leonardo.

¿Podemos decir que Leonardo es el primer científico moderno?

Sin duda. Su enfoque del conocimiento implica la observación sistemática de la naturaleza, el razonamiento, la construcción de modelos teóricos y, a menudo, las generalizaciones matemáticas —es decir, las características principales de lo que hoy llamamos método científico. El único aspecto en el que Leonardo no puede considerarse un científico moderno es que no compartió sus descubrimientos. A diferencia de nosotros, no veía la ciencia como un empresa colectiva.

Su enfoque tiene también mucho de holístico y transmoderno.

Así es. La mayoría de los autores que han investigado la obra científica de Leonardo la han contemplado con anteojos newtonianos. Ello a menudo les ha impedido comprender su naturaleza esencial: una ciencia de las formas orgánicas, una ciencia de los patterns, de las cualidades, de los procesos de transformación. La ciencia de Leonardo es radicalmente distinta de la ciencia mecanicista de Galileo, Descartes y Newton, pero sus ideas básicas tienden a ser próximas a las teorías contemporáneas de sistemas y de la complejidad. Ésta es la tesis principal de mi libro.

¿En qué otros sentidos es distinta?

Leonardo no se dedicó a la ciencia y la técnica para dominar la naturaleza, como defenderían Bacon y Descartes un siglo después. La suya era una ciencia amable. Aborrecía la violencia y sentía una compasión especial por los animales. En vez de intentar dominar la naturaleza, la finalidad de Leonardo era aprender de ella tanto como fuera posible. Le fascinaba la belleza que veía en la complejidad de las formas y procesos naturales, y era consciente de que el ingenio de la naturaleza es mucho mayor que el de los diseños humanos. Esta actitud de considerar a la naturaleza como modelo y mentor está siendo redescubierta ahora en la práctica del diseño ecológico, quinientos años después de Leonardo.

¿Está esa ciencia ya implícita en su pintura?

El enfoque de científico de Leonardo tiene una base visual, es el enfoque de un pintor. La pittura, escribe, abbraccia in sé tutte le forme della natura. Esta afirmación es clave para entender la síntesis leonardiana de arte y ciencia. Leonardo declara repetidamente que la pintura implica el estudio de las formas naturales, y pone de relieve la conexión íntima entre la representación artística de estas formas y la comprensión intelectual de su naturaleza intrínseca y sus principios subyacentes. Hay pues una dimensión científica en todas sus pinturas. Por ejemplo, La Virgen de las rocas ha sido calificada de “tour de force geológico” por su representación increíblemente precisa de complejas formas geológicas. También podría decirse que es un tour de force botánico. Las plantas frondosas que llenan la gruta no están esparcidas siguiendo un criterio decorativo, sino que surgen solo en lugares donde la arenisca se ha erosionado lo suficiente para permitir que echen raíces. Solo se representan especies adecuadas al ambiente húmedo de la gruta, cada una de ellas en un hábitat específico y en un estadio de desarrollo que corresponde a la estación. Aparte de sus dimensiones artística y religiosa, esta obra muestra la profunda comprensión de la naturaleza que tiene Leonardo. Y eso vale para todas sus obras maestras.

Si Leonardo hubiera publicado sus resultados, ¿hasta qué punto nuestra ciencia sería hoy diferente?

Su concepción orgánica de la vida ha continuado como una corriente subterránea en biología a través de los siglos. Sin embargo, los científicos posteriores no fueron conscientes de que el gran genio del Renacimiento había ya formulado muchas de las ideas que ellos exploraban. Mientras los manuscritos de Leonardo acumulaban polvo en antiguas bibliotecas europeas, Galileo era ensalzado como el “padre de la ciencia moderna”. No podemos evitar preguntarnos cómo habría evolucionado el pensamiento científico occidental si los cuadernos de Leonardo hubieran sido conocidos y ampliamente estudiados poco después de su muerte. Sin duda Galileo y Newton hubieran incorporado los descubrimientos de Leonardo a sus teorías, para empezar porque, al vivir mucho más cerca de su época, le hubieran entendido mucho mejor de que nosotros. Por tanto, la ciencia occidental hubiera podido equilibrar mucho mejor el mecanicismo y el holismo, el estudio de la materia (o de la sustancia, la estructura y la cantidad) y el estudio de la forma (o del pattern, el orden y la cualidad).

¿Qué nos queda por aprender de Leonardo?

El legado de Leonardo tiene hoy una enorme relevancia. A medida que nos damos cuenta de que nuestras ciencias y tecnologías tienen cada vez un enfoque más estrecho, son incapaces de comprender nuestros problemas multidimensionales desde una perspectiva interdisciplinar, y están dominadas por multinacionales más interesadas en los beneficios financieros que en el bienestar de la humanidad, necesitamos urgentemente una ciencia que celebre y respete la unidad de todas las dormas de vida, que reconozca la interdependencia fundamental de todos los fenómenos naturales y nos reconecte con la Tierra viva. Lo que hoy necesitamos es exactamente el tipo de ciencia que Leonardo previó y esbozó hace quinientos años.

Fritjof Capra, fundador y director del Center for Ecoliteracy en Berkeley, autor de “El tao de la Física”, entre otros libros.

Información de Eventos en Octubre:

Conferencia junto a Satish Kumar y Gunter Pauli: “Educación para la vida”.  Fundación Camper. Alaró Viernes 14 de Octubre a las 19:00h. Entrada libre, aforo limitado.

Seminario y encuentro junto a Satish Kumar y Gunter Pauli: “Encuentro Tierra, Alma y Sociedad”.  Sábado 15 y Domingo 16 de Octubre.  Convent de Pollenca.  Web: www.pocapoc.org  Inscripciones: pocapocmallorca@gmail.com

 

Una nueva democracia para una nueva realidad

En el mundo de ayer era sagrado el derecho a la propiedad. En el mundo de hoy es sagrado el derecho a una vida digna.
Martin Luther King pedía en 1967 “una revolución radical de los valores” que nos lleve urgentemente de una “sociedad orientada a las cosas” a una “sociedad orientada a las personas”. Han pasado más de cuarenta años. ¿Por qué seguimos todavía en el mundo de ayer?
En el mundo de ayer, el crecimiento de las personas era menos importante que el crecimiento de la producción. Como la sociedad y el planeta eran meros apéndices de la economía, resultaba aceptable engordar a los bancos a costa de la gente, y, en general, enriquecerse a costa de la sociedad y del mañana. En el mundo de hoy solo puede resultar aceptable lo que beneficie simultáneamente a la sociedad, a las personas y al planeta.
Como las propuestas de los jóvenes (de todas las edades) sentados en las plazas. Propuestas mucho más valientes y sensatas que las de los partidos asentados en el Parlamento. Quienes duermen cerca del suelo viven más de cerca la realidad. Y están mucho más despiertos.
No son antisistema. Los antisistema son quienes dirigen el mundo, con todos sus sistemas y ecosistemas, hacia el colapso.
Toda esta eclosión ha brotado espontáneamente, sin jerarquías, en red, como la vida misma. Con una madurez no-violenta que la distingue de las protestas del último año en Grecia. Con una madurez solidaria que la distingue de la ingenuidad del mayo del ’68. Tenemos internet. Tenemos la madurez de pensar por nosotros mismos, libres de ideologías. Tenemos mayor conciencia.
Una nueva sociedad quiere nacer. Empieza a nacer.
Es tiempo ya de despertar.

Valores para el siglo XXI

Vivimos en un mundo interdependiente. Si el ámbito de experiencia de la mayoría de nuestros antepasados no iba más allá de la comunidad local, hoy nos afecta lo que ocurre en lugares remotos y nuestras acciones tienen también repercusiones globales. Disciplinas tan dispares como la física cuántica, la ecología y la geopolítica confirman día a día la interdependencia de cosas que hasta hace poco veíamos como separadas. Simultáneamente, a la vez que la economía, la experiencia y el conocimiento expanden su marco parece también expandirse lo que podríamos llamar nuestro horizonte ético: el horizonte que abarca a todos aquellos que identificamos como nuestros semejantes.

En la antigua Atenas el horizonte ético solo abarcaba a los hombres libres allí nacidos: mujeres, esclavos y forasteros no eran ciudadanos de pleno derecho. Cuando, a finales del siglo XVIII, Mary Wollstonecraft publicó un ensayo defendiendo la igualdad de derechos de la mujer, un irritado varón replicó que si las mujeres habían de tener derechos también podrían tenerlos los animales. En las últimas décadas han cobrado fuerza iniciativas que aspiran a ampliar el horizonte ético más allá de lo humano, afirmando nuestra responsabilidad hacia los animales (especialmente los primates), los ecosistemas o la Tierra entera. Ya en 1975, el filósofo australiano Peter Singer (hoy catedrático de bioética en Princeton), desde una fría perspectiva utilitarista daba alas al movimiento por los derechos de los animales con su clásico Animal liberation. En Francia, Michel Serres planteó considerar el mundo como sujeto de derecho en Le contrat naturel (1990), mientras que Bruno Latour proponía un “parlamento” de la naturaleza en Politiques de la nature (1999). Hoy se plantea crear una “jurisprudencia de la Tierra” que reconozca al planeta como pleno sujeto de derecho. Uno de sus impulsores es el norteamericano Thomas Berry, para quien “el mundo no es un conjunto de objetos sino una comunidad de sujetos”.

La nueva Constitución que Ecuador ha publicado en 2008 bajo el lema “Dejemos el pasado atrás” reconoce explícitamente, por primera vez en una Constitución, los derechos de la naturaleza. “Celebrando a la naturaleza, la Pacha Mama, de la que somos parte y que es vital para nuestra existencia…”, afirma dicha Constitución afirma ya en su Preámbulo. Cuatro de sus artículos se refieren explícitamente a los derechos de la naturaleza, entre ellos el artículo 71, que empieza afirmando que “La naturaleza o Pacha Mama, donde se reproduce y realiza la vida, tiene derecho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evolutivos.”

Por más que queda mucho por hacer para que la Declaración Universal de los Derechos Humanos sea algo más que una declaración, esta Carta Magna aprobada en 1948 refleja presupuestos culturales que hoy empiezan a ser obsoletos: el ‘individuo’ al que se refiere es un ser acósmico, huérfano de naturaleza, que parece vivir sin aire ni agua y cuya única relación con el mundo es el derecho de propiedad. Hace ahora veinte años, la Comisión de Medio Ambiente y Desarrollo de Naciones Unidas pidió la elaboración de una nueva Carta Magna que pusiera al día nuestros principios éticos y sentara los principios de una sociedad sostenible. Ello dio lugar, durante más de diez años, al proceso de consulta más abierto y participativo que jamás haya generado una declaración internacional. Aportaron propuestas y revisiones cientos de organizaciones de la sociedad civil y miles de personas de todo el mundo, incluyendo políticos de prestigio (Mikhail Gorbachev), empresarios (Maurice Strong), académicos (Steven Rockefeller, Mary Evelyn Tucker) y líderes indígenas. En junio del año 2000 se presentó oficialmente en La Haya el texto final de la Earth Charter o Carta de la Tierra, bajo los auspicios de la reina Beatriz de Holanda. Desde entonces, el texto ha ido recibiendo el apoyo de miles de organizaciones de todos los ámbitos y, mientras se espera que sea aprobado por Naciones Unidas, cuenta ya con el apoyo de su brazo cultural y educativo, la UNESCO.

Descartes quiso convertirnos en maîtres et possesseurs de la nature; para ello, la revolución ontológica del siglo XVII dejó al mundo sin vida y lo convirtió en suma arbitraria de objetos, listos para ser poseídos, clasificados, manipulados y consumidos. Hasta hace poco hemos soñado con ser señores de la naturaleza: nos hemos creído muy superiores, y nos hemos ido sintiendo cada vez más solos. Hoy sabemos que nuestro rumbo no es sostenible a nivel económico, ecológico o psicológico y que, como afirma la Earth Charter, “estamos en un momento crítico de la historia de la Tierra” y necesitamos transformar profundamente “nuestros valores, instituciones y formas de vida”.

Entre las muchas iniciativas para promover la Carta de la Tierra destaca la del maestro de escuela mallorquín Guillem Ramis i Moneny, que junto con otros educadores y desde el programa Vivim Plegats ha elaborado diversas adaptaciones infantiles y juveniles de este texto para su uso en escuelas (a partir de los tres años de edad) de las que hay versiones en catalán, castellano, euskera, gallego y otras ocho lenguas. Entre 2000 y 2004 unas ochenta escuelas de Mallorca, Menorca, Eivissa y Formentera participaron en el proyecto, que desde entonces se ha extendido por España y a nivel internacional. Dos Fòrums d’Infants celebrados en Mallorca incorporaron principios de la Carta de la Tierra, enseñando a los niños a respetarse a sí mismos, al mundo y a los demás a través de juegos, cuentos, diálogos, dibujos y canciones. Desde Madrid la Fundación Valores promueve activamente la Carta de la Tierra en colaboración con Leonardo Boff y Federico Mayor Zaragoza, ambos miembros de la Earth Charter Comission.

La Carta de la Tierra refleja un cambio de sensibilidad que parece estar amaneciendo, sigilosamente, bajo el estruendo de las guerras e injusticias contemporáneas. Hace algo más de tres cuartos de siglo, en la última página de su última obra, D.H. Lawrence anunciaba una creciente conciencia planetaria: “Mis pies saben perfectamente que soy parte de la tierra, y mi sangre es parte del mar… No hay ninguna parte de mí que exista por su cuenta, excepto, tal vez, mi mente, pero en realidad mi mente es solo un fulgor del sol sobre la superficie de las aguas”. Por los mismos años, durante un atardecer en el África tropical, el filósofo, teólogo, músico y médico alsaciano Albert Schweitzer avanzaba a través de una manada de hipopótamos cuando, de repente, la expresión “reverencia por la vida” (Ehrfurcht vor dem Leben) amaneció en su mente. Durante el resto de su vida este premio Nobel de la Paz consideró que la reverencia por la vida era lo que más necesitaba el mundo. Hoy parece todavía más necesaria. Tal vez se trate, como afirma la Carta de la Tierra, de aprender a vivir “con reverencia ante el misterio del ser, con gratitud por el regalo de la vida y con humildad con respecto al lugar que ocupa el ser humano en la naturaleza”.

Hacia una buena crisis

HeliganImaginemos que en este Año Internacional de la Astronomía se produjera en pleno día un eclipse de sol que nadie había previsto. No bastaría con dar un tirón de orejas a los profesionales de la astronomía. Sería evidente que la teoría astronómica requiere un cambio de paradigma, como el que en su día introdujeron Copérnico, Kepler y Galileo en la cosmología medieval. En vez de remendar la vieja teoría astronómica con más epiciclos, deferentes y excéntricas, habría que transformarla por completo.

En 1989 se dijo que todos los politólogos tendrían que dimitir por no haber previsto ninguno la inminente caída del muro de Berlín. También se ha dicho ahora que los grandes profesionales de la economía deberían dimitir por no haber previsto la magnitud de la crisis global en la que hemos entrado. Aparte de Nouriel Roubini (tachado de excéntrico y apocalíptico) ningún economista convencional la vio venir a tiempo. Lo reconoce incluso Paul Krugman, el reciente Nobel de Economía. No menos grave que la crisis del sistema económico es el colapso de las teorías económicas convencionales, que se han visto completamente desbordadas por la realidad. Las caras largas del último encuentro de Davos no solo tienen que ver con el deterioro de la economía. Tienen mucho que ver con el hecho de que los mapas que usábamos ya no sirven. Los dioses que adorábamos resultaron ser falsos. Aunque nos empeñemos, por inercia, en seguir dando crédito a los mismos métodos y a los mismos expertos.

Un periodista del Corriere della sera, Federico Fubini, hizo este año en Davos una encuesta a directores de bancos centrales y otras figuras clave del sistema financiero global. Les preguntó si creen que han hecho algo a lo largo de su vida que pueda haber contribuido, aunque sea mínimamente, a la crisis financiera. No, respondió sin titubeos el 63,5 por ciento. David Rubinstein, cofundador y director ejecutivo del Carlyle Group, comentó irónicamente: Creí que el cien por cien dirían que no tienen nada que ver. Al fin y al cabo, es habitual que quienes se aferran a un paradigma obsoleto no se den cuenta de su propia responsabilidad o de lo que hay ante sus ojos. Tampoco los teólogos de hace cuatro siglos veían nada cuando miraban a través del telescopio de Galileo.

Una crisis de percepción

Hay una burbuja mucho más antigua y mucho mayor que la burbuja bursátil y la burbuja inmobiliaria. Es la burbuja epistemológica: la burbuja en la que flota la visión economicista del mundo, la creencia en la economía como un sistema puramente cuantificable, abstracto y autosuficiente, independiente tanto de la biosfera que la alberga como de las inquietudes humanas que la nutren. En este sentido, la crisis del sistema económico tiene su origen en una crisis de percepción. La economía ecológica de Joan Martinez Alier y la psiconomía de Àlex Rovira son lentes correctoras de ambos tipos de miopía. La solución a la crisis económica no puede ser solo económica.

Hoy se habla de volver a Keynes. Pero hace setenta años Keynes ya criticaba que todo se reduzca a valores económicos: Destrozamos la belleza de los campos porque los esplendores no explotados de la naturaleza no tienen valor ‘económico’. Seríamos capaces de apagar el sol y las estrellas porque no nos dan dividendos. En sus últimos años Keynes señaló a un joven economista alemán como el más indicado para continuar su legado. Se trataba de E.F. Schumacher, que en los años setenta publicaría un libro de referencia de la economía ecológica, Lo pequeño es hermoso, en el que criticaba la obsesión moderna por el gigantismo y la aceleración y proponía algo insólito: una economía como si la gente tuviera importancia. Schumacher sabía que las teorías económicas se basan en una determinada visión del mundo y de la naturaleza humana. Y todavía hoy, en el siglo XXI, pese a la física cuántica y la psicología transpersonal, la economía imperante se basa en una ontología decimonónica: ve el mundo como una suma aleatoria de objetos inertes y cuantificables, es reduccionista y fragmentadora y tiende a oponer a los seres humanos entre sí y contra la naturaleza. Schumacher ya diagnosticó en 1973 que la economía moderna se mueve por una locura de ambición insaciable y se recrea en una orgía de envidia, y ello da lugar precisamente a su éxito expansionista, y añadió que hoy la humanidad es demasiado inteligente para ser capaz de sobrevivir sin sabiduría.

Crisis de madurez

No pocos bioeconomistas y economistas ecológicos, conscientes de que el crecimiento económico se había convertido en una carrera contra la geología, contra la biosfera y contra el sentido común, veían venir esta crisis desde que se aceleró la globalización. Otros parecen haberla intuido mucho antes. El economista suizo Hans Christoph Biswanger analizó en Dinero y magia la segunda parte del Fausto de Goethe como una crítica premonitoria de la fáustica economía moderna. El dinero (nuestro símbolo favorito de inmortalidad) se vuelve adictivo y el individuo entrega su alma por él. En el cuarto acto Fausto define así su deseo más profundo: ¡Obtendré posesiones y riquezas! (y anticipando nuestra sociedad hiperactiva añade: La acción lo es todo). La alquimia ha sido sustituida por la especulación financiera: se trata de crear oro artificial que a partir de la nada pueda multiplicarse sin límites.

Goethe aparte, hoy sabemos que nuestro rumbo no es sostenible a nivel económico, energético, ecológico o psicológico. Mientras la economía crecía creíamos poder ignorar el incremento de las desigualdades y el deterioro ecológico, o soñar que serían resueltos por la bonanza económica. Ahora ya no. La burbuja epistemológica empieza a desvanecerse: el mundo real existe y llama con fuerza a nuestras puertas, por ejemplo en forma de imprevisibles cambios climáticos y de escasez de materias primas. Las crisis interrelacionadas del mundo de hoy nos sitúan, a escala planetaria y a escala personal, ante un rito de paso sin precedentes. Nuestra sociedad tiene mucho de rebelión e hiperactividad adolescentes: rebelión contra la biosfera que nos sustenta y contra un cosmos en el que nos sentimos como extraños, hiperactividad en el consumismo y en la aceleración que nos lleva a posponer la plenitud a un futuro que nunca llega. La crisis como rito de paso nos desafía a alcanzar una madurez sostenible y serena que redescubra el regalo de la existencia en el aquí y ahora.

Hace ahora cuatro siglos, en el año 9 del siglo XVII, Kepler publicó su Astronomia nova y Galileo empezó a explorar los cielos con su telescopio. Ambos sentaron las bases de una astronomía que sabe predecir con precisión los movimientos planetarios. Pero el método se llevó a un extremo, identificando el mundo con un libro escrito en lenguaje matemático y reduciendo la realidad a lo que es cuantificable. De modo que los colores, olores, sabores, toda apreciación de sentido o de belleza y todo lo que constituye nuestra experiencia inmediata del mundo serían sólo ilusiones. La geometrización del mundo nos ha brindado un enorme poder, sin duda. Pero hemos acabado reduciéndolo todo a códigos de barras, cifras, estadísticas y redes de abstracciones. Como las que rigen la economía, cada vez más ajenas a la experiencia concreta de tierras y gentes. Ajenas, incluso, a sus propias crisis.

Las cosas no seguirán igual

La palabra crisis viene del griego krinein (decidir, distinguir, escoger), raíz también de crítica y criterio. Durante las crisis resulta decisivo saber usar nuestro mejor criterio. Uno de los significados de krisis en griego era el momento decisivo en el curso de una enfermedad, cuando la situación súbitamente mejora o empeora. Este sentido médico es el sentido principal que crisis tuvo en latín y en la mayoría de lenguas europeas hasta el siglo XVII, y sigue siendo el primero que da el Diccionario de la Real Academia (hay que esperar al siglo XVIII para que surja en francés el sentido político de crisis, aplicando metafóricamente al cuerpo social lo que era propio del cuerpo humano). Durante siglos se ha hablado con toda naturalidad de la buena crisis que conduce a la curación del enfermo. Joan Coromines recoje algún ejemplo del siglo XVII: lo malalt ha tingut una bona crisa. En este sentido, una crisis es una oportunidad. O una especie de viaje por los espacios que analiza la Teoría del Caos, en los que una pequeña fluctuación puede dar lugar a desarrollos sorprendentes y duraderos. Lo único que está claro en un momento de crisis es que las cosas no seguirán igual.

Los años venideros están llamados a ser un rito de paso para la humanidad y la Tierra, un tiempo crucial en el largo caminar de la evolución humana. Podemos imaginar que participaremos en transformaciones radicales y muy diversas, en amaneceres sorprendentes y crepúsculos intensos, y que el colapso de las estructuras materiales e ideológicas con las que habíamos intentado dominar el mundo abrirá espacios para la aparición de nuevas formas de plenitud.

En este rito de paso del final de la modernidad una mala crisis nos conduciría a extender la sed de control, la colonización de la naturaleza y de los demás y nuestro propio desarraigo. Una buena crisis, en cambio, nos conducirá a una cultura transmoderna, en la que una economía reintegrada en los ciclos naturales esté al servicio de las personas y de la sociedad, en la que la existencia gire en torno al crear y celebrar en vez del competir y consumir, y en la que la conciencia humana no se vea como un epifenómeno de un mundo inerte, sino como un atributo esencial de una realidad viva e inteligente en la que participamos a fondo. Si en nuestro rito de paso conseguimos avanzar hacia una sociedad más sana, sabia y ecológica y hacia un mundo más lleno de sentido, habremos vivido una buena crisis.

Buena crisis y buena suerte.

Frases

La crisis nos desafía a alcanzar una madurez sostenible y serena que redescubra el regalo de la existencia en el aquí y ahora.

El mundo real existe y llama con fuerza a nuestras puertas, por ejemplo en forma de imprevisibles cambios climáticos y de escasez de materias primas.

Insólita agua

AguaSine aqua non. Sin agua nada fluye y nada vive: solo habría tierra yerma y cielos sin arco iris. La vida emergió del mar y nosotros nacemos de las aguas primordiales del útero. Nuestro cuerpo es agua en un 70%, proporción que llega al 80% en la sangre y al 90% en el cerebro -océano interior sobre cuyas corrientes fluye el pensamiento y navega la imaginación. Nuestras células y nuestra sangre son químicamente hermanas del mar, como lo son las lágrimas. Somos agua que piensa y que, a veces, llora, escribe Joaquín Araújo en su Agua (Lunwerg). Nuestros ojos también son agua, que refleja lo que ve, y los manantiales de la Tierra son ojos que miran al mundo (Ojos del Guadiana, Ulldeter). La piel del cuerpo que llamamos Tierra es en su mayor parte mar.

El agua fue maestra de Tales, de Lao Zi y del Siddharta de Hermann Hesse. Goethe, Novalis y Hegel también percibieron algo insólito en las aguas. El agua está en el origen del mundo en casi todos los mitos de la creación. En el Enuma Elish babilonio y el Génesis hebreo se crea el firmamento tras dividir las aguas primordiales que constituían el mundo. En la Ilíada Homero llama al Océano “génesis de todo”, y un antiguo texto hindú afirma igualmente que las aguas son fuente de todas las cosas y de toda existencia. Como Afrodita, que surgió del mar, las grandes corrientes culturales crecieron junto a las aguas. Sería imposible concebir la cultura china sin el Río Amarillo y el Yangtsé, o imaginar a la cultura índica sin el Indo y el Ganges, Mesopotamia sin los ríos que la abrazaban, Egipto sin el Nilo o Grecia sin el Egeo.

Leonardo da Vinci inició un Tratado sobre el agua afirmando que ésta es la sangre de la Tierra; de hecho, la sangre es a nuestro sistema circulatorio lo que el agua es al gran sistema circulatorio de la biosfera. Todo fluye, y sobre todo el agua. El agua que hoy se evapora cae como lluvia en otro lugar en unos diez días, en un ciclo que cada tres milenios hace circular por la atmósfera un volumen de agua equivalente al de todos los océanos. El agua circula y tiende a lo circular: la gota quiere ser esférica, el estanque responde a la piedra con ondas concéntricas, los remolinos fluyen en espiral, los meandros, calas, bahías y golfos labran curvas y semicírculos. El agua transporta nutrientes, lubrica las transformaciones químicas y geológicas, se regenera a sí misma al fluir, revitaliza, purifica y nos devuelve a lo primigenio. Simboliza también la abundancia, palabra en cuya raíz está la ola (unda en latín) que colma e inunda. El capital solo es efectivo cuando hay liquidez.

Durante siglos hemos buscado certezas monolíticas y verdades a secas, pero como argumenta Zygmunt Bauman hoy las instituciones, los empleos y hasta el amor son cada vez más líquidos: fluidos y en cambio constante. Y se da la paradoja de que esta sociedad líquida enturbia como nunca las aguas. O las hace retroceder: en los glaciares y en los polos, en el lago Chad y el mar de Aral. El desierto crece: ¡ay de aquel que cobija desiertos!, hacía decir Nietzsche a Zaratustra. Cuando dejan de manar las fuentes la cultura se estanca y la vida se agota.

Al abrir un grifo, contemplar la lluvia o entrar en el mar participamos en algo cuya comprensión nos desborda. Y es que el agua sigue siendo un gran enigma para la ciencia. El químico Philip Ball (editor durante más de diez años de la prestigiosa revista Nature) da fe de ello en H2O: Una biografía del agua (Turner). El agua es la sustancia más común en la biosfera y en el organismo humano, pero también es la más insólita, con una serie de propiedades únicas (anómalas según los científicos) sin las cuales la vida sería química y físicamente imposible. Cuando el agua se congela se expande y se vuelve menos densa (alcanza su mayor densidad a 4° C); de no ser así, el hielo en vez de flotar se hundiría y se extendería por el fondo marino, dejándolo sin vida. El hielo asombra por sus propiedades deslizantes y por su viscosidad (podemos hacer bolas de nieve pero no bolas de arena). Y cuando se comprime cristaliza en un mínimo de doce estructuras (del hielo 1 al hielo 12) con propiedades distintas. El agua tiene puntos de fusión y ebullición insólitamente altos, y se calienta y se enfría mucho más lentamente que la mayoría de las sustancias conocidas, líquidas o sólidas. Es altamente corrosiva y lo disuelve casi todo. A nivel molecular está mucho más estructurada que la mayoría de los líquidos, semejante a un cristal. Los copos de nieve tienen (casi siempre) seis ramificaciones más o menos idénticas, ¡pero cada copo tiene un diseño distinto!: cada nevada es un derroche de creatividad geométrica. Otra curiosidad que aporta Ball: los geólogos empiezan a creer que en el interior de la Tierra, en las estructuras cristalinas del manto, hay enormes cantidades de agua, suficiente como para llenar todos los océanos treinta veces.

Tan escurridiza es el agua que su molécula no se deja simular con precisión en el ordenador. Tampoco es posible reproducir el agua de mar en el laboratorio. Y contra lo que cabría esperar, dos corrientes que confluyen tienden a no mezclarse y a mantener su propio curso, incluso en el fondo oceánico.

No sería posible predecir el agua a partir de todo lo que sabemos sobre el hidrógeno y el oxígeno. Tal vez decir que el agua es H20 se queda tan corto como decir que el ser humano es básicamente carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno. Ivan Illich afirmaba que H2O es una creación social moderna y lo contrario del agua propiamente dicha. Una reflexión poética de D.H. Lawrence señala que Water is H2O, hydrogen two parts, oxygen one, / but there is a also third thing, that makes it water / and nobody knows what that is (El agua es H2O, dos partes de hidrógeno, una de oxígeno, / pero hay también una tercera cosa que la hace agua / y nadie sabe qué es). Desde que Lawrence escribió estas líneas, estudios en los márgenes de la ciencia han aportado pistas sobre esa tercera cosa: desde los trabajos de Viktor Schauberger y Theodor Schwenk hasta los más recientes de Jacques Benveniste (sobre la memoria del agua, fundamento de la homeopatía) y Masaru Emoto (sobre la posible receptividad del agua a los mensajes de su entorno). Algún día, es de esperar, conoceremos mejor el agua -y todo fluirá mejor.

Naciones Unidas ha declarado el periodo 2005-2015 como Decenio Internacional del Agua para la Vida, que será impulsado por una agencia con sede en Zaragoza. Como señala Francisco Pellicer en el catálogo de la Expo, los desafíos globales del agua nos piden un cambio en el paradigma cultural y que trabajemos con la naturaleza y no contra ella. Parte de ese necesario cambio de paradigma es reconocer que el agua no solo sacia la sed de bocas y plantas. El agua es mucho más que un recurso: es parte de lo que somos. La vida es agua organizada, decía Jacques Costeau. Y cada ser que vive y bebe es una ola que fluye en los inagotables ciclos del agua: tan ignorada, íntima e insólita.

Entrevista a Raimon Panikkar

Raimon Panikkar i Alemany nació en Barcelona en 1918. Doctor en Filosofía, en Química y en Teología, ha enseñado en prestigiosas universidades de todo el mundo y es autor de más de cuarenta libros originalmente escritos en seis idiomas y traducidos a más de una docena de lenguas. Después de haber vivido en Cataluña, Alemania, Madrid y Roma se trasladó a la India y allí maduró su vocación de ser puente entre Oriente y Occidente. Profesor emérito de la Universidad de California, a medidos de los ochenta se instaló en Tavertet (Osona), “en el corazón de Cataluña”, desde donde continúa su tarea intelectual y vital.

Raimon Panikkar es un pensador experto en conciliar posiciones aparentemente inconciliables. Su estudio se basa en la cultura India, en la historia y en la filosofía de las religiones. Se ordenó sacerdote en 1946 y fue uno de los miembros relevantes del Opus Dei, institución que posteriormente abandonó. Hoy se considera, además de católico, hinduista y budista.

Es autor de más de 40 libros en diversos idiomas.

Los indios Cree de Canadá, cuando conocieron la civilización moderna, nos enviaron este mensaje: Sólo cuando hayáis talado el último árbol, cuando hayáis contaminado el último río, cuando hayáis extinguido el último pez, os daréis cuenta de que el dinero no se puede comer ¿Cómo ves el estado actual de la Tierra?

Me invitaron a una conferencia en Italia sobre este tema. El título era ‘La Tierra no puede esperar”. Yo era el primero en intervenir, y dije: “no es cierto”. La Tierra si puede esperar, somos nosotros los que no podemos. No mataremos la Tierra. En la lucha contra la Tierra el hombre perderá. Somos nosotros los que estamos en peligro. No se trata solo de decir que “el dinero no se puede comer”, sino también ver que el hombre sin la Tierra no sería hombre. No podemos disociarnos de la naturaleza sin perjudicarnos. El cordón umbilical que nos liga a la Tierra es mucho más profundo que los vínculos biológicos, y si maltratamos a la Tierra, en realidad nos estamos maltratando a nosotros mismos

¿Cómo ves en este contexto la ecología?

La ecología es una tímida reacción a esta situación, pero todavía opera dentro de los parámetros de la cosmovisión dominante. La revolución industrial quería poner la naturaleza al servicio del hombre, “rey de la Creación y señor de la Tierra”. El hombre es, ciertamente, el fruto máximo, pero no el rey. En gran medida, la ecología todavía no se ha desapegado de esta actitud. Podemos ponernos a reciclar, pero la idea de fondo es todavía la misma: que la Tierra es una fuente de recursos que tenemos que administrar. La ecología como una explotación racional de la Tierra todavía se encuentra dentro del mito científico judeo-cristiano. Es más de lo mismo, pero con guantes y una sonrisa.

En el mundo moderno la cultura tecnocrática no sólo ha cambiado la forma de vivir, sino también nuestra forma de pensar y la experiencia misma de la realidad.

La explotación que hacemos es un pecado de “lesa terra”, por ejemplo con el petróleo. Pero si hablamos de los derechos de la tierra ya estamos antropormofizando.

En contraste con la ecología y como superación de ella, acuñaste en los años 70 la palabra “ecosofía”, también acuñado independientemente y en un sentido diferente por Arne Naess ¿Qué es la ecosofía?

Es al mismo tiempo nuestro conocimiento sobre la Tierra y la sabiduría de la Tierra misma, que hemos de intentar escuchar y compartir. La ecosofía quiere honrar la conciencia ecológica, que se está extendiendo por todo y a la vez ampliarla desde una perspectiva intercultural. La ecosofía se separa de una ecología que, mediante el llamado “desarrollo sostenible”, busca prolongar el actual estatus quo.

Desde una perspectiva intercultural, desenmascara la creencia occidental de progreso, el mito de la historia y nuestro gran ídolo: la ciencia moderna. La ecosofía plantea un cambio radical de percepción tanto del hombre como de la Tierra. Trata la Tierra misma como un ser vivo. La Tierra no es materia inerte o un simple planeta que da vueltas alrededor del sol.

¿Qué problemas encuentras en la ciencia moderna?

A diferencia de lo que tradicionalmente se entiende por ciencia, ‘gnosis’, ‘jñâna’, la ciencia moderna separa el conocimiento del amor, de la comunión con lo conocido. Es principalmente cálculo y clasificación y sólo se justifica por sus resultados: las proezas tecnológicas. La ciencia moderna está intrínsicamente ligada a la tecnocracia. La divinización de la Razón llevada a cabo por la Ilustración ha traído la absolutización de lo Racional, de donde deriva nuestra crisis actual de civilización. El resultado es la ‘megamáquina’ (la máquina de segundo grado), tanto en la sociedad como en nuestra visión del Universo. Pero la materia está viva, y por eso el enfoque exclusivamente mecánico de la materia es metodológicamente erróneo. Todos los seres tienen una espontaneidad vital que hay que respetar. Por otro lado, la ciencia moderna da por supuestos postulados, enfoque y conceptos de materia, energía, vida espacio y tiempo, que son incompatibles con la experiencia y los arquetipos de la mayoría de las culturas occidentales. La ciencia moderna no es neutral ni universal. Produce resultados fantásticos, pero la mayoría de sus datos son irrelevantes si lo que realmente queremos, como pide la ecosofía, es compartir la sabiduría de la Tierra y participar plenamente en la aventura de la realidad.

De esta perspectiva intercultural surge también tu crítica al desarrollo.

Los arquetipos que están en la base de la idea de desarrollo implican una antropología inadecuada para tres cuartas partes de la población del mundo. El desarrollo ve al hombre como un montón de necesidades cuantificables que hay que desarrollar. Da por supuesto que el hombre se desarrolla de la misma manera que el universo material. No es extraño que el desarrollo lleve a una competición despiadada. El desarrollo es un concepto ajeno al alma afroasiática en general. Por esta razón la civilización tecnológica es una creación (extraordinaria cuando se la contempla aisladamente) de una sola cultura, la occidental. El desarrollo contiene una ideología implícita y sirve a los intereses de la civilización que tiene detrás. Afirmar que no hay alternativas al desarrollo es una forma moderna de colonialismo. La esencia del colonialismo no es la explotación sino el ‘monoculturalismo’, la creencia de que una sola cultura puede marcar la pauta para solucionar los problemas humanos. El llamado “tercer mundo” es en realidad dos terceras partes del mundo, y es insultante que llamemos a esos países en “vías de desarrollo”, como si no fueran otra cosa que una versión embrionaria de lo que somos nosotros, y que llegarán si nos obedecen.

El desarrollo es parte de la fe en el progreso, que también criticas.

La fe en el progreso nos quiere hacer creer que somos corredores de una carrera. No es sorprendente que la aceleración sea un concepto central de la ciencia moderna. Hemos caído en la idolatría de creer que la cantidad vale más que la calidad. ¿Nos harán creer que una hora de sueño, una de alegría y una de angustia son todas 60 minutos? Pensar que el tiempo es homogéneo y que todo se puede medir, ¡Eso si que es primitivismo! El hombre moderno vive abocado al futuro. Nos falta contemplación, por eso estamos siempre nerviosos y no sabemos disfrutar del tiempo.

Decías que la Tierra y la materia están vivas. ¿En qué sentido?

Encuentro alentador ver que mucha gente en Occidente empieza a recuperar la creencia milenaria de los pueblos de la Tierra que peyorativamente llaman animismo. Todo tiene vida, y la Tierra misma tiene alma, vida propia. Hablo de animismo en el sentido tradicional de un principio divino que anima la realidad y que es inmanente a la naturaleza. La vida y el alma no son accidentes que aparecen en el mundo material, no son epifenómenos en un pequeño rincón del universo, sino atributos esenciales de la realidad. Todo está unido: la Tierra está viva, la materia está viva. Tienen vida mineral, vida mineral, no autoconciencia o sensibilidad. Es interesante saber que la Iglesia no se opuso nunca a la creencia en el “anima mundi” (lo que condenó fue creer que este alma fuera el Espíritu Santo, lo que sería panteísmo).

¿Qué recomendarías, por ejemplo, a los que viven en las ciudades para volver a sentir que la Tierra está viva?

Se necesita contemplación, silencio, paseos… pasear más, y no coger un taxi para hacer un kilómetro cuando se puede caminar. El silencio interior nos ayuda a no aturdirnos, a no reaccionar con las mismas armas contra lo que nos agrede. Hoy no es fácil, ni siquiera en un pequeño pueblo. Un día caminaba y escuchaba el estrépito de un martillo neumático en casa de los vecinos. Resulta que ese ruido no era de ninguna herramienta industrial, sino de lo que llaman “música máquina”…

¿Qué recomendarías a nivel del conjunto de la sociedad?

Los desafíos de hoy no sólo piden reformas bien intencionadas o soluciones técnicas, sino una transformación radical, una metanoia (cambio de conciencia), una superación de la visión puramente mental. En necesario, primero, superar la falacia de la cantidad. Numéricamente cinco millones es más que trescientos mil, pero las personas no son cuantificables. Somos microcosmos: no somos, cada uno, una pequeña parte de mundo, sino un mundo pequeño. El complejo de inferioridad es falta de fe. Los santos no han tenido nunca complejo de inferioridad por mucho que estuvieran en minoría. Una epidemia actual es la depresión y la angustia, que en buena medida es tirar la toalla, perder la esperanza. Pero la esperanza no es de futuro, sino de lo invisible, de otra dimensión que hace que valga la pena vivir la vida, incluso si es una vida corta o bajo condiciones de explotación. La conexión con lo invisible te permite vivir plenamente sin rendirte. Como no creo en el futuro sino en la eternidad en el presente, puedo permitirme el lujo de ser optimista. Vivir la mortalidad y la eternidad en el presente nos deja las manos libres para construir un mundo mejor, no a partir de estrategias y proyectos sino de la libertad de espíritu, abierto a lo que la plenitud de la vida pueda traer.

¿Cuándo comenzaste a sentir la conexión con la naturaleza, ya de joven, o tal vez a través de tu experiencia en la India?

En la primera juventud. Tenía un primo cuatro o cinco años mayor que era apasionado de la naturaleza. Casi todos los fines de semana, siempre que hacía bueno, cogíamos la mochila e íbamos por Cataluña a subir montañas. Me acuerdo mucho del Tagamenent que no he vuelto a subir desde el año 1935 ó 36. También, naturalmente, Montserrat, y el Puigmal. Una vez me bañé en un lago glacial cerca de la cima del Puigmal. También probé escalar con cuerdas una o dos veces, pero me parecía un poco artificial. Lo que siempre me ha apasionado es ir paso a paso por las montañas.

Decía san Bernardo que los bosques y las piedras enseñan lo que no se llega a sentir de los maestros. ¿Te hablan los árboles y las rocas de Tavertet? ¿Qué te dicen?

Síi, me hablan en un lenguaje pétreo y arbóreo, pero no lo sabría traducir a las lenguas humanas. Sería una traición poner en boca de los árboles y las piedras lo que yo interpreto que me dicen. Hice Química en la Universidad de Barcelona e hice un montón de reacciones químicas. Después, al estallar la Guerra Civil, fui a una universidad alemana. Tenía un profesor bielorruso que había sido discípulo de Mendeleiev y que nos ponía siete horas en el laboratorio, ¡nada de libros! En todo caso estoy muy de acuerdo con esta frase de San Bernardo, que yo he citado muchas veces. Pero para sentir a los árboles y las piedras no hace falta ningún experimento, sino experiencia, que es más femenina, receptiva y contemplativa.

Texto: Jordi Pigem, profesor de pensamiento ecológico