Mires donde mires, puedes fácilmente ver una confrontación. Siempre parece haber un grupo que se opone a otro, y por supuesto, también está quien alienta y saca provecho de ese enfrentamiento.
Qué lastima… en lugar de sumar, restamos. Paso a enumerar varios casos, pero no se trata solo de ejemplos. Son los mimbres mismos con los que se teje nuestro sistema social, sobre los que se fundamenta el mundo en que malvivimos. Basta ver cualquier noticiario español para encontrar múltiples batallas:
En un contexto de más de 6 millones de parados (no me cansaré de insistir: más de 6 millones de parados, un drama real que no se podrá sostener con esta paz por mucho tiempo), la noción de los trabajadores es que los empresarios son el enemigo, y viceversa. Los intereses de unos chocan contra los intereses de los otros. Y en medio, los sindicatos, que viven precisamente de ese choque.
Los políticos se pelean de forma infantil y ridícula entre ellos, jugando al “y tú más” y declarándose enemigos. Más que por ideología (si es que aún queda algo de ideología en el circo político, a parte de herencias caducas de antiguas guerras y regímenes represivos) o por modelos de gestión, directamente dan la triste sensación de luchar sin tapujos por el mero poder. Y su nefasta comunicación desde luego no ayuda a rescatar cierta nobleza, si la hubiera.
Pero es que ahora además son los ciudadanos los que los ven como el enemigo, agrupándolos como una casta separada del pueblo. Desde luego, sobran los motivos: su modo de actuar artificioso, de espaldas a los intereses de quien les eligió para que les represente, atenazados sin ningún disimulo por poderes que están todavía más alejados; múltiples evidencias de una gestión ineficaz e incompetente, a base de improvisación y sin pensar en las consecuencias de decisiones muy delicadas; el despilfarro de los cada vez más limitados fondos públicos; la sensación de que gozan un estatus privilegiado, en muchos casos ganado solamente por oportunismo o lealtad (no por méritos o capacidad); la corrupción, impulsada por una avaricia y un endiosamiento desmesurados… Y, ciertamente, algunas declaraciones y decisiones, tal vez para proteger todo eso, indican que la clase política quizás también está tomando a los ciudadanos como sus enemigos.
Qué decir de los banqueros, financieros y economistas de casino! Sin duda, son considerados como otro enemigo: lo mismo que lo dicho para los políticos, pero multiplicado por dos (o por los millones que cobran impune y descaradamente en indemnizaciones y bonos…).
Incluso en el terreno espiritual, que debería estar más sembrado de paz, distintas iglesias y doctrinas se declaran enemigas entre sí, aunque es cierto que unas más que otras, de los ateos y de todo aquél que no siga sus preceptos, “su verdad”.
En el mundo del ocio, cómo no, tenemos la confrontación deportiva, que podría tener cierta lógica si pensamos que el deporte es competición, un campo donde las habilidades propias se valoran con respecto a las de otros. Sin embargo, el componente deportivo pierde relevancia frente a otros intereses más mundanos y viscerales, y las aficiones se convierten hasta límites absurdos en soldados de otra guerra abierta, enemigos acérrimos.
Y si entramos en cuestiones más profundas, podríamos hablar de la “guerra de sexos”, donde el patriarcado imperante se declara enemigo del feminismo beligerante, y por supuesto a la inversa. O también de los movimientos ecologistas, que (permitidme simplificar) se posicionan como enemigos del modelo de crecimiento económico mecanicista que nos domina, y con él de la tecnología, de la industria y las formas de energía que lo impulsan, lo cual es asimismo recíproco.
Todo ello amenizado (y magnificado) por la acción de los mass-media, que toman partido por unos intereses económicos, por estar cerca del poder o apoyar al que quieren que lo tenga. Muchas veces actúan como toscos panfletos, como munición o como mecha de esos conflictos que nos rodean. O insisto, que conforman nuestro escenario, el tablero de juego de esta vida presente que nos ha tocado lidiar. Hablamos además de una guerra sucia, pues en todos los frentes el fin primordial de los combatientes está emborronado por una maraña de condicionantes, intereses y motivaciones oscuros (el poder, la economía, etc).

Nos obcecamos y no somos capaces de ver que en realidad, nuestro enemigo comparte el mismo jodido mundo que nosotros. Que es otro ser humano a quien no le toca más remedio que lidiar con la misma situación, aunque desde otra óptica y condición (por herencia genética, educación, geografía…). Todos son-somos un mal necesario para que la partida siga. El motor que nos mueve, en lugar de la necesaria creación común, es la destrucción sistemática de las propuestas del de enfrente, que ni siquiera escuchamos con atención. Ego, nada más…
Gran parte del problema es el hecho de que estamos instalados en un modelo donde predomina el gana-pierde. El sistema juega a separarnos y enfrentarnos. Se trata de la vetusta técnica de ”divide y vencerás”: aunque parezca lo contrario, es más fácil ejercer el control y el dominio sobre un rebaño disgregado. De este modo, los individuos que se cuestionan ese sometimiento, o los disconformes, tienen más dificultades para alcanzar una masa crítica que pueda realmente cambiar las cosas. Entonces, los que se sienten en desventaja se rebelan, alimentando la misma rueda. Ninguno de los bandos ve que no hay un futuro sostenido en la imposición de sus posturas, y que la alternativa está en buscar la conciliación, una gestión del conflicto donde todos ganen en pro de un bien común, aún a costa de perder un poquito.
Precisamente en un punto donde la existencia de cierta dosis de zona gris resultaría una ventaja, la sociedad prefiere tender hacia el blanco y el negro, a los extremos. Se ven las diferencias como oposición, cuando lo distinto no tiene por qué ser lo contrario. Y donde sí que hay opuestos, fácilmente se pueden identificar como polos complementarios, dos partes necesarias de la misma moneda, ying y yang.
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