Jirafas

No pienses en una jirafa. Vale, es imposible, ya tienes a la jirafa en tu mente…

George Lakoff lo propuso con un elefante, que por algún extraño motivo es un animal más cercano, más susceptible de acudir a nuestra cabeza si alguien nos invita a pensar en fauna. Ello a pesar de que su elefante representa en realidad a una opción política estadounidense…

Pero centrénomos en los animales. Mamíferos, más concretamente. Si de repente te proponen que hagas una lista, apuesto que la jirafa no estaría entre tus 20 primeras opciones, me equivoco? Desde luego, no es un ser con el que estemos muy familiarizados… Pero pongamos que hayas llegado a pensar en ella. Qué te evoca una jirafa?

Según sea tu forma de pensar, tal vez visualices la palabra escrita “jirafa”. Tal vez recuerdes una imagen del animal (una fotografía de cuando eras pequeña/o? Una imagen que viste más recientemente? Sacada de un documental de televisión? De un libro? Viste alguna en un parque zoológico?). O tal vez recuerdes una emoción… aunque ahora no se me ocurra qué emoción puede despertar una jirafa. Quizás recordarás lo que nos explicaban en la escuela: que si tiene un cuello tan largo, que le permite comer las hojas de los árboles que rodean la sabana africana, sus esbeltas patas, su pelaje amarillo con manchas marrones, sus curiosos cuernecillos, que si alcanza casi 6 metros de altura… sabías que su nombre proviene del árabe ziraafa, que significa “alta”?

Desde luego, no la identificarías como un animal acuático, ni especialmente ágil, ni diciplinado, ni adaptable a los edificios de hormigón… Entonces, cómo se le ocurriría a alguien un corto como este???

http://www.youtube.com/watch_popup?v=uFxnBrO9n7o

 

Ciertamente, la creatividad humana es maravillosa, incluso cuando parece un sinsentido…

Stabat Mater

El próximo sábado 18 de Mayo de 2013, a las 19 h, se estrena en el Teatre Principal de Palma un evento imprescindible. Se trata de la obra Stabat Mater, del compositor británico contemporáneo Karl Jenkins.

Stabat Mater es un poema católico Romano del siglo XIII atribuido a Jacopone da Todi. Su titulo es una abreviación de su primer verso, ‘Stabat Mater dolorosa’. Este texto, uno de los mas influyentes poemas religiosos medievales, insta a meditar acerca del sufrimiento padecido por María, durante la crucifixión de su hijo Jesucristo. A lo largo de la historia ha sido musicado por múltiples compositores (Haydn, Dvorak, Vivaldi, Rossini, Pergolesi, Gounod, Penderecki, Poulenc, Szymanowski, Scarlatti y Verdi, entre otros)… pero esta versión de Jenkins es realmente especial.

En esta interpretación que recomiendo, se propone traspolar ese sufrimiento al de otra madre muy nuestra, Gaia, la Madre Tierra. La performance invita compartir esta ofrenda a nuestra Madre Tierra en el actual momento de cambio tan intenso que vive la humanidad, y a acompañarla de esta manera, con música, con arte, con cierta reflexión y con la esperanza puesta en ese retorno al paraíso, un mundo mejor en el que vivir en paz y en armonía.

3 corales en escena, magníficas solistas, instrumentistas, danza e imagen acompañan los textos del siglo XIII, más una selección de textos agregados por el propio Jenkins en varios idiomas: inglés, arameo, árabe, hebreo y griego.

El mismo día 18 se podrá disfrutar en Palma de la sensibilidad y el arte de Deva Premal. Pero lejos de entrar en competencia, se trata de dos eventos complementarios. Qué maravillosa oportunidad! De hecho existe la opción de adquirir tickets conjuntos, con un descuento interesante (contactar con Cumie Dunio – www.cumie.com).

Aquí tenéis una pequeña degustación, con un vídeo promocional del making of:

Enemigos

Mires donde mires, puedes fácilmente ver una confrontación. Siempre parece haber un grupo que se opone a otro, y por supuesto, también está quien alienta y saca provecho de ese enfrentamiento.

Qué lastima… en lugar de sumar, restamos. Paso a enumerar varios casos, pero no se trata solo de ejemplos. Son los mimbres mismos con los que se teje nuestro sistema social, sobre los que se fundamenta el mundo en que malvivimos. Basta ver cualquier noticiario español para encontrar múltiples batallas:

En un contexto de más de 6 millones de parados (no me cansaré de insistir: más de 6 millones de parados, un drama real que no se podrá sostener con esta paz por mucho tiempo), la noción de los trabajadores es que los empresarios son el enemigo, y viceversa. Los intereses de unos chocan contra los intereses de los otros. Y en medio, los sindicatos, que viven precisamente de ese choque.

Los políticos se pelean de forma infantil y ridícula entre ellos, jugando al “y tú más” y declarándose enemigos. Más que por ideología (si es que aún queda algo de ideología en el circo político, a parte de herencias caducas de antiguas guerras y regímenes represivos) o por modelos de gestión, directamente dan la triste sensación de luchar sin tapujos por el mero poder. Y su nefasta comunicación desde luego no ayuda a rescatar cierta nobleza, si la hubiera.

Pero es que ahora además son los ciudadanos los que los ven como el enemigo, agrupándolos como una casta separada del pueblo. Desde luego, sobran los motivos: su modo de actuar artificioso, de espaldas a los intereses de quien les eligió para que les represente, atenazados sin ningún disimulo por poderes que están todavía más alejados; múltiples evidencias de una gestión ineficaz e incompetente, a base de improvisación y sin pensar en las consecuencias de decisiones muy delicadas; el despilfarro de los cada vez más limitados fondos públicos; la sensación de que gozan un estatus privilegiado, en muchos casos ganado solamente por oportunismo o lealtad (no por méritos o capacidad); la corrupción, impulsada por una avaricia y un endiosamiento desmesurados… Y, ciertamente, algunas declaraciones y decisiones, tal vez para proteger todo eso, indican que la clase política quizás también está tomando a los ciudadanos como sus enemigos.

Qué decir de los banqueros, financieros y economistas de casino! Sin duda, son considerados como otro enemigo: lo mismo que lo dicho para los políticos, pero multiplicado por dos (o por los millones que cobran impune y descaradamente en indemnizaciones y bonos…).

Incluso en el terreno espiritual, que debería estar más sembrado de paz, distintas iglesias y doctrinas se declaran enemigas entre sí, aunque es cierto que unas más que otras, de los ateos y de todo aquél que no siga sus preceptos, “su verdad”.

En el mundo del ocio, cómo no, tenemos la confrontación deportiva, que podría tener cierta lógica si pensamos que el deporte es competición, un campo donde las habilidades propias se valoran con respecto a las de otros. Sin embargo, el componente deportivo pierde relevancia frente a otros intereses más mundanos y viscerales, y las aficiones se convierten hasta límites absurdos en soldados de otra guerra abierta, enemigos acérrimos.

Y si entramos en cuestiones más profundas, podríamos hablar de la “guerra de sexos”, donde el patriarcado imperante se declara enemigo del feminismo beligerante, y por supuesto a la inversa. O también de los movimientos ecologistas, que (permitidme simplificar) se posicionan como enemigos del modelo de crecimiento económico mecanicista que nos domina, y con él de la tecnología, de la industria y las formas de energía que lo impulsan, lo cual es asimismo recíproco.

Todo ello amenizado (y magnificado) por la acción de los mass-media, que toman partido por unos intereses económicos, por estar cerca del poder o apoyar al que quieren que lo tenga. Muchas veces actúan como toscos panfletos, como munición o como mecha de esos conflictos que nos rodean. O insisto, que conforman nuestro escenario, el tablero de juego de esta vida presente que nos ha tocado lidiar. Hablamos además de una guerra sucia, pues en todos los frentes el fin primordial de los combatientes está emborronado por una maraña de condicionantes, intereses y motivaciones oscuros (el poder, la economía, etc).

Nos obcecamos y no somos capaces de ver que en realidad, nuestro enemigo comparte el mismo jodido mundo que nosotros. Que es otro ser humano a quien no le toca más remedio que lidiar con la misma situación, aunque desde otra óptica y condición (por herencia genética, educación, geografía…). Todos son-somos un mal necesario para que la partida siga. El motor que nos mueve, en lugar de la necesaria creación común, es la destrucción sistemática de las propuestas del de enfrente, que ni siquiera escuchamos con atención. Ego, nada más…

Gran parte del problema es el hecho de que estamos instalados en un modelo donde predomina el gana-pierde. El sistema juega a separarnos y enfrentarnos. Se trata de la vetusta técnica de ”divide y vencerás”: aunque parezca lo contrario, es más fácil ejercer el control y el dominio sobre un rebaño disgregado. De este modo, los individuos que se cuestionan ese sometimiento, o los disconformes, tienen más dificultades para alcanzar una masa crítica que pueda realmente cambiar las cosas. Entonces, los que se sienten en desventaja se rebelan, alimentando la misma rueda. Ninguno de los bandos ve que no hay un futuro sostenido en la imposición de sus posturas, y que la alternativa está en buscar la conciliación, una gestión del conflicto donde todos ganen en pro de un bien común, aún a costa de perder un poquito.

Precisamente en un punto donde la existencia de cierta dosis de zona gris resultaría una ventaja, la sociedad prefiere tender hacia el blanco y el negro, a los extremos. Se ven las diferencias como oposición, cuando lo distinto no tiene por qué ser lo contrario. Y donde sí que hay opuestos, fácilmente se pueden identificar como polos complementarios, dos partes necesarias de la misma moneda, ying y yang.

Internet: global VS local

Piensa global, actúa local. Este es uno de los dogmas de nuestro tiempo, pero curiosamente lo simultaneamos con su lema complementario (que no contrario): Piensa local, actúa global.

Internet tiene la gran ventaja de permitirnos abarcar asuntos de todo el mundo (y también de más allá), pero a algunos nos puede parecer demasiado grande para las cuestiones locales, que quizás consideramos demasiado insignificantes para esta gigantesca máquina globalizadora. A menudo podemos creer que “no vale la pena molestar a quienes nos leen a tantos kilómetros de distancia con estas nimiedades de aquí al lado”, pensando que son hechos puntuales que no tendrán interés más allá de nuestro ámbito, o que su comprensión podría ser difícil fuera del contexto en que suceden.

Pero luego recordamos que todo es Uno, que en cierto modo, según nuestra creencia, todo lo que acontece de forma discreta influye en el Todo. No merece entonces ese ente global conocer qué está ocurriendo en sus muchas pequeñas partes? No podemos pretender asimismo que el conocimiento y la emoción que viaja con esas noticias logren despertar una intención, o incluso una acción (aunque sea en un plano sutil) que ayude a mejorar esa situación local? En tal caso, qué mejor repercusión podríamos lograr que con esta enorme ventana? En un instante, con un solo click!

De hecho sabemos de numerosas organizaciones basadas precisamente en hacer campañas online (Avaaz, Change…), buscando que el gran público conozca y colabore en causas de diversa índole, tamaño e influencia geográfica. Un poco el principio viene a ser el famoso “cuando las barbas de tu vecino veas quemar…”. Evidentemente, el gran valor de estas iniciativas es su poder para pasar a la acción. No se limitan a la denuncia estéril y el enfado conspiranoico general, sino que saben estudiar y emprender vías de actuación reales, con consecuencias físicas (legales, políticas, empresariales) en favor de los asuntos que defienden. Pero no deja de ser curioso que se muevan por fríos criterios de cantidad, en base a los miles de seguidores que dichas iniciativas consigan.

A mis casi cuarenta, yo vengo de la época del papel y soy un simple usuario del medio digital, un aprendiz con un nivel apenas superior al rupestre. Y francamente, con poco interés por incorporar más pantallitas de las imprescindibles.

No obstante, últimamente me atrae el fondo de la cuestión: el pensar en las posibilidades de esta red global que une a todo el mundo “civilizado”, con perdón (los internautas no llegamos ni a la mitad de la población mundial), lo cual me supone una interesante brecha mental. No se trata solo del número potencial de personas a las que puedes llegar, sino también de qué vale la pena contarles.

Con la dificultad añadida de algo que se me antoja aún más complicado: cómo recuperar la atención de los receptores. Internet contiene demasiado ruido, que cada vez más nos lleva a recelar y a “desconectar”, a desechar gran parte de lo que nos llega. Sumado al ajetreo que sufrimos fuera de la pantalla, no tenemos tanto espacio mental, ni tanto tiempo!

Por un lado está el propio éxito del medio, que lo está ahogando, al bombardearnos con muchísima más información (útil e inútil) de la que podemos tratar de forma provechosa. Reacción típica: “esto me atrae, pero ahora no tengo tiempo, lo veré en otro momento” (y ese momento tal vez llegue… o probablemente no llegue nunca). Por otro lado, la banalización de la red, con esa enfermiza necesidad de contar los micro-hitos cotidianos por parte de millones de internautas en las redes sociales, o las ráfagas de pps y videos que llenan nuestros buzones, que ofrecen supuestas caricias y soluciones para nuestras atrotinadas vidas, pero que muy pocas veces nos aportan. Síntomas modernos de la soledad que el propio sistema fomenta, de la búsqueda de la autoestima a través de la aceptación y de cómo la tecnología avanza más que nuestra madurez para gestionarla, al considerar este potentísimo medio pseudo-neuronal como un mero juguete.

Deberíamos aprender a dosificar tal saturación, pues nos roba un espacio fantástico para que circulen y se empoderen los temas que lo merecen, ya sean globales o incluso a nivel local.

Termino con una joya, sencilla y contundente. Aunque sea un anuncio, para mí es una enorme obra de arte, por la forma en que va directamente a nuestras entrañas y tritura nuestras emociones. Un buen ejemplo de cómo dar mejor uso a las pantallitas:

http://www.youtube.com/watch_popup?v=1sgd6NuBq8w&vq=medium#t=

Tecnología positiva

El día que conocí al gran Satish Kumar, no se me ocurrió otra cosa que rebatirle.

Corría el año 2008 y él era ponente en uno de los encuentros periódicos Tierra, Alma y Sociedad, en los que viene regalándonos su presencia los últimos años. Prácticamente fue mi primer contacto con esta realidad de pensamiento holístico, sostenible y resiliente que ha ido floreciendo en Mallorca, como también mágicamente ha ido saliendo a la luz en muchos otros lugares, y puedo decir de forma contundente que me cambió la vida.

Hablaba Satish de cómo la tecnología ha deshumanizado la sociedad, alejándola de la naturaleza, cambiando la relación entre las personas y con su entorno. Ello combinado con ese pensamiento cartesiano mecanicista y tecnócrata post revolución industrial, que nos ha convertido en utilizadores del planeta, ávidos devoradores de recursos, sintiéndonos dueños de un lugar que no nos pertenece, sino que nos acoge como otra especie más. Es decir, la capacidad de trabajo y destrucción que nos ha otorgado la tecnología nos ha llevado a creernos los directores de la orquesta, imponiendo a Gaia una música crispada y machacona, en lugar de actuar como meros bailarines que, junto al resto de especies y al mismo nivel que éstas, deberíamos disfrutar de la fiesta de la vida, en un baile de armonía y respeto.

Aún estando completamente de acuerdo con su exposición, me atreví a plantear la siguiente objeción: tampoco se trata de demonizar a la tecnología per se, pues en realidad nos otorga algo muy valioso: tiempo. Un tiempo del que no vamos precisamente sobrados, dada nuestra condición de mortales.

Para no caer en argumentos simplistas, definamos qué es eso de la tecnología. No pensemos solo en los aparatos electrónicos que inundan nuestro espacio vital hoy en día (que también, pero ese es un extremo). En un sentido antropológico, cualquier avance que nos facilite las cosas, con ayuda de medios externos, es tecnología. Cuando un primate utiliza un palito para hurgar en una concha y conseguir el alimento del interior, eso es tecnología. Por cierto, no hace tanto tiempo se pensaba que solo los humanos éramos capaces de usar “herramientas”, y ahora hay ejemplos por casi todo el reino animal…

La capacidad de trabajo que podemos abarcar con las herramientas y la maquinaria nos permite terminar antes las labores necesarias, y así disponer de más tiempo. Luego ya veremos si somos libres de utilizar este tiempo adicional, y cómo lo hacemos. Otra cosa, y ahí apuntaba la sabiduría de Satish, es abusar de la tecnología, descuidarnos y volvernos vagos (física y mentalmente), o no utilizarla con miras al bien global. Por ejemplo, un agricultor puede emplear medios mecánicos, pero sin contaminar el ambiente, en lugar de un tractor que queme combustible; y es peor aún si dicho tractor es desproporcionado al tamaño de su campo (caso muy habitual), o si pretende un negocio demasiado ambicioso, abusivo con el entorno.

En otra forma de verlo, aunque sea un tópico, un cuchillo puede ser una herramienta muy útil, o puede ser un arma mortal. No podemos demonizar al cuchillo, sino a quien lo usa.

Además, añado ahora, la tecnología es resultado de nuestra inteligencia a lo largo de los siglos, y la mente es una parte inseparable de nuestra esencia. Ni más ni menos importante que los componentes físico y emocional, sino complementario. Sería absurdo renegar de nuestra capacidad, cuando el problema radica más bien en el equilibrio (o la falta de éste) entre todas las facetas.

Muestro a continuación un ejemplo fantástico de cómo la mente humana puede crear artilugios maravillosos, dando una forma más respetuosa a la inteligencia: aeroplanos sin motor, desmontables, tan ligeros como para poder levantarlos el piloto solo y tan resistentes como para hacer acrobacias. Admito que su fabricación tendrá cierta huella ecológica, que es solo un producto para el ocio… pero es una gozada verlos volar sobre las verdes praderas.


PS: Un tiempo después, traté de compensar mi osadía obsequiando a Satish con una caja de estos caquis mediterráneos nuestros que tanto le gustan… por supuesto, cogidos a mano.

Es necesaria la verdad?

Tras escribir un texto muy sentido sobre la presunta muerte de mi gato, el giro rocambolesco de los hechos me llevó después a desmentirlo, estropeando así la pretendida emoción inicial, y probablemente quedando como un patán en un episodio de cámara oculta. Qué necesidad había de romper la magia contando ese desenlace posterior corregido, más prosaico? Tal vez ninguna, y confieso que consideré la opción de dejar a Mayan enterrado, en sentido literario, obviando la realidad en pro de cierto romanticismo.

Pero de repente pensé que era de justicia contaros la verdad. Lo cual me lleva a plantearme… seguro? En tal caso, por qué? En definitiva: es necesaria la verdad?

Si acordamos que somos como actores en un mundo de títeres, si estamos en este plano físico jugando en nuestro teatro particular y colectivo, entrelanzando nuestros roles con el resto de polichinelas animados, como hilos de colores que se cruzan para tejer nuestra realidad cotidiana, he llegado a la conclusión de que la verdad no es ningún dogma, sino solo nuestra aportación bienintencionada a la partida.

En ese sentido, el hecho de decir la verdad sería una norma autoimpuesta, una elección libre que parte de nuestra voluntad individual, condicionada a la ética que hemos aprendido en nuestro devenir. Lo cual significa que no habría una obligación objetiva de decir la verdad, sino que optamos por hacerlo por algún motivo concreto (cada cual tendrá el suyo). Por lo pronto se me ocurren los siguientes:

- por culpa: recibí cierta educación, según la cual si miento seré castigado. Por ejemplo, hay doctrinas o religiones que prohiben la mentira, porque es algo “malo, sucio, pecaminoso…”, bajo la amenaza de recibir a cambio la misma falsa moneda (ley del karma), de restarle puntos a nuestra transcendencia y si mentimos no nos ganaremos el paraíso tras la muerte (varias religiones), etc;

- por miedo: qué pasará si el otro descubre que lo que le he contado es falso? Mejor me curo en salud y le cuento la verdad;

- por responsabilidad: aprendí que decir la verdad es lo correcto, lo que procede. Es una norma de convivencia por la cual la otra persona merece saber lo mismo que yo sé, para jugar todos en igualdad de condiciones;

- por liberación: le suelto la verdad a mi interlocutor, y así no me quedo yo solo el marrón. Libero mis futuras dudas y remordimientos sobre si debería o no decírselo, y lanzo la pelota a su tejado. Cómo le afecte ese mensaje, ya será cosa suya.

Evidentemente, y más cuando nos hallamos en la Zona Gris, estas alternativas (con muchas otras posibles, que estoy abierto a recibir) pueden coexistir y a menudo serpentean entre ellas, mezclándose.

Pero admitiréis que, a parte de que algunas llevan más carga de conciencia que otras, o por lo menos de reflexión previa para el protagonista, lo que sí que comparten es una visión sesgada, y ciega, y también presuntuosa, de lo que es la verdad. En realidad tendríamos que hablar siempre de Mi verdad, la de cada cual. Quién demonios sabe cuál es La verdad??? Todos estamos limitados por nuestros filtros físicos (la capacidad perceptiva de nuestros sentidos, la capacidad cognitiva de nuestra mente, nuestras limitaciones educacionales, y un largo etcétera) y emocionales (cómo me siento hoy me hará más o menos permeable hacia un mensaje, hará que me esfuerce más o menos en absorberlo y comprenderlo, o que reaccione de uno u otro modo), por lo que en todo momento, lo que estamos comunicando como una idea absoluta, o como un hecho presuntamente “objetivo”, no es más que nuesta interpretación del asunto.

Ese razonamiento de perogrullo, que por fortuna ya no sorprende a nadie, implica que multipliquemos nuestra subjetividad por dos: no solo transmitimos lo que buenamente podemos o sabemos, sino que el receptor también entenderá lo que esté preparado para entender, que a menudo ni siquiera coincidirá con lo que intentamos contarle. Por lo tanto, eso que creíamos una verdad absoluta se quedará en… en… bueno, en… Vale, dímelo tú, si no sé qué vas a entender de mis palabras!!!

En conclusión, por más sabios que seamos o por más rigor y buena voluntad que le queramos imprimir, “nuestras verdades” difícilmente serán del todo ciertas, y luego, en el proceso de comunicarlas, corren el riesgo de perder su significado. Entonces, qué valor tiene “decir la verdad”? Por qué debemos exigírnoslo? Visto así, solo es una parte del guión, cuyo valor no sería mayor que el del sistema métrico, en el sentido de que intentamos “normalizar” o “estandarizar” unos acontecimientos que creemos conocer (pero no siempre lo logramos).

Luego ocurre además que esa pretendida verdad a veces resulta incómoda o inapropiada para el receptor. Entonces, para qué vamos a amargarle, o al menos a romperle los esquemas? No será mejor dejarle que se duerma con un bonito cuento, igual que hacemos al acostar a nuestros hijos?

Y al noveno día… resucitó

Tras mucho tiempo “desconectado” del blog, esta es la continuación de una historia un poco surrealista. Es un relato carente de cualquier explicación razonable, que atenta de forma cómica contra mi credibilidad, si es que algún día la tuve.

Nueve días después de haberlo enterrado, acudí a la parcela donde Mayan deambulaba para retirar los cuencos donde diariamente le poníamos su comida, una finca en obras donde nos mudaremos en breve. Se trataba de un acto práctico, aunque cargado de simbolismo. Al llegar frente a la barrera de acceso, me detuve e hice una respiración profunda, como venerando su espíritu e intentando acostumbrarme una vez más al cambio que suponía su ausencia. Tal vez intentaba demorar ese momento incómodo de entrar y eliminar para siempre los vestigios físicos de su compañía…

Me entretuve incluso jugueteando con el móvil, y mientras leía algún mensaje olvidado, de esos de “ahora no puedo atenderlo, ya lo haré después” (y ese después se convierte en muuucho después), me pareció oir maullidos. Por supuesto traté de combatir aquello que no parecía lógico, dejando que mi mente lo tapara y atribuyéndolo a mi imaginación, un mecanismo automático de protección que seguramente deriva de nuestra inmadurez emocional… hasta que el sonido se hizo demasiado insistente como para obviarlo.

Sí, definitivamente estaba oyendo maullidos, sin lugar a dudas. Alcé la vista contrariado, pensando que otro felino aprovechado pretendía usurpar el lugar de nuestro Mayan, y preparándome para ahuyentarlo… cuando de repente apareció un hermoso gato tipo Garfield caminando hacia mí, siguiendo con sus “miaus” con mucha parsimonia.

De nuevo mi mente trató de negar la evidencia, y necesité preguntarle en voz alta… “Mayan??? Eres tú???”. Su mirada respondió con un transparente “Eres gilipollas o qué te pasa? Pues claro que soy yo… Por cierto, dónde has estado estos 9 días??? Tengo hambre!” Me perdonó ronroneando, frotándose con mis tobillos y recibiendo mis alucinadas caricias, entre el alivio y el asombro. Mayan había resucitado, y la vida siguió, como si nada hubiera ocurrido.

Sé que cuesta de creer, incluso a mí mismo, y aún hoy me pregunto quién diantre era el gato que enterramos, tan parecido a Mayan. Puede parecer ridículamente absurdo, pero lo raro del caso es que nunca antes había visto en todo el pueblo otro gato rubio y atigrado, y mucho menos en los alrededores de la parcela. Y de pronto, un día cualquiera, uno igual que el nuestro vino a morir a nuestro lugar, provocando esa extraña confusión. Realmente vivimos tiempos extraños…

La gata que después fue gato

Hace 4 años nos regalaron una gatita que apenas tenía 2 meses. Era una gatita preciosa, rubia y atigrada. Tipo Garfield, para entendernos.

Desde bien pequeñita siempre se mostró muy cariñosa. Los felinos salen así, o bien son cariñosos y familiares, como acostumbran a ser los perros, o bien son solitarios e independientes, incluso ariscos. En cierta forma, muchas personas a menudo encajan en esos dos perfiles, tal vez sea por eso que los gatos son las mascotas preferidas de tantas y tantos, más cuando son animales limpios y elegantes.

Llegó el momento de ponerle un nombre y yo propuse el de Maya, que fue aceptado por unanimidad. No obstante, mi hija (que entonces tenía 3 añitos) le llamaba “Mayan”, vete tú a saber por qué… Cuando, pasados unos días, tocó pasar por la veterinaria, descubrimos que aquel cachorrito no era gatita, como aseguraba quien nos lo dio, sino gatito. Con lo que la variante de mi hija resultó ser acertada, y ya quedó bautizado como Mayan.

Mayan creció y se convirtió en un hermoso ejemplar de gato de barrio, un felino grande, imponente. Se diría que él lo sabía y que se pavoneaba ante los demás animales de la vecindad, en plan fanfarrón. Aún así, con la familia seguía siendo ese cachorro tierno y juguetón que exigía cariño. Solía salir a recibirnos, para zigzaguear entre nuestras piernas, restregarse en nuestros tobillos e insistir con algún zarpazo suave sobre el zapato, dificultando nuestro andar hasta que conseguía su dosis de caricias.

El pasado lunes Mayan amaneció tumbado inerte, sin vida, tal vez afectado por algún tipo de tóxico. Desde luego, la suya no parecía una muerte natural, pero no vale la pena pensar en el cómo o el por qué, ni buscar culpables: él ya no estará con nosotros. Le dimos sepultura en el jardín, bajo un algarrobo. Durante un tiempo, aquel bello gato que empezó siendo gata seguirá saliendo a recibirnos, enredando nuestros pasos y continuará pasando largos ratos sentado en el jardín, mirando al horizonte con sus sabios y profundos ojos verdes.
Buen viaje, Mayan.

Un simple caramelo

A menudo sucede que los actos más insignificantes (al menos en apariencia) nos abren una puerta al conocimiento, a la comprensión de cómos y por qués. Y, por supuesto, simultáneamente nos generan infinidad de nuevas preguntas e incógnitas.

No hace mucho, un día cualquiera, no más especial que los demás, al notar la boca seca eché mano de mi bolsa y encontré un caramelo, uno de esos que guardamos desde no se sabe cuándo, que tomamos de no se sabe dónde. Este probablemente fuera de la última cabalgata de Reyes.

Por cierto, es curioso cómo desde nuestra infancia tenemos incrustada en la cabeza aquella manida frase de nuestras mamás, que nos decían “no cojas ningún caramelo de ningún extraño”… y ahora llevamos a nuestros hijos a recibir caramelazos a propulsión, lanzados por gente que no conocemos, que además representan a 3 reyes de Oriente que viven desde hace más de 2000 años, tienen el don de multiplicarse y estar al mismo tiempo en todas las ciudades y son capaces de repartir millones de regalos en una sola noche. No es eso gente extraña? Vaya incongruencia cometemos!

Por supuesto, intentamos acaparar los máximos posibles, cuantos más mejor, cogiéndolos del suelo (algo que también nos prohibían), antes de que nos los quiten. Y los mostramos orgullosos a nuestros retoños: “mira, hijo: he reunido más caramelos de los que te dejaré comer en un año!”. Así que, en cierto modo, al menos una tarde al año les enseñamos el ABC del consumismo, conseguir más que los demás y acumular más bienes de los que podrán gastar. Y sin entrar a valorar el tema de los regalos!!!

Pero ese no era el asunto de hoy. El caso es que al desenvolver el caramelito, estaba desecho. Oh, sorpresa! Por algún procedimiento químico ajeno a la temperatura que aún me cuestiono, unos hilillos pegajosos unían el núcleo deforme con el papel-plástico que hasta entonces lo protegía. Así que estuve un ratito peleándome con los hilillos y los trocitos de plástico, pringándome los dedos, hasta que logré aprovechar el máximo de caramelo que pude.

A continuación, mientras aquellos restos pegajosos se enredaban con mis dientes e internamente yo celebraba ufanoso aquella victoria… de repente me sentí un enorme idiota. Qué necesidad tenía de seguir con el dichoso caramelo al ver que estaba desecho, sabiendo que me pringaría y se me pegaría en los dientes? Más cuando en la bolsa tenía otros!

Ahí redescubrí un rasgo de mi identidad, que se relaciona en cómo me crié, de dónde provengo, y qué forma de pensar (o de no pensar) rige mi día a día. Fue la revelación, o el recordatorio, de un motón ingente de información propia. Ni siquiera me planteé que tenía otra elección posible, simplemente me había tocado aquel caramelo y asumí que debía conformarme y “luchar” con él, mala suerte.

Más allá del auto-análisis posterior, que me quedo para mí, lo importante es que continuamente pasamos por alto detalles cotidianos que parecen irrelevantes, pero que son muy significativos de nuestra personalidad. Termino con un ejemplo ilustrativo que siempre me ha llamado la atención: te has planteado alguna vez cómo tomas el café/te? Largo, corto, dulce, amargo, con leche… La taza sobre un platito con toda la parafernalia, o te da igual el recipiente? Chupas la cucharilla al final? Y un largo etc…

Política basura

El prestigio de la política está por los suelos. Como sabemos, la palabra política viene de la civilización griega (fue el título de una obra de Aristóteles), y se refiere al “ordenamiento de la ciudad”, la polis. Por lo tanto, debería ser un arte en sí, una ciencia de organización y gestión, practicada por personas capaces y dotadas para esa difícil tarea, los mejores, y que además en democracia, son elegidos por sus conciudadanos.

En cambio hoy la política se ha transformado en un mundo paralelo a la realidad, en ocasiones muy alejado de ésta, y poblado por personajes cuyo mérito se limita a hacerse un hueco en ciertos grupos organizados (los partidos políticos) y, con suerte, dominar la retórica, no confundamos. En la práctica es un mundo endogámico, cerrado, y tal vez por ello, corto de vista sobre los problemas reales a los que se enfrenta.

Aunque por desgracia están consiguiendo a pasos agigantados que nuestra capacidad de asombro sea menguante, el último ejemplo me tiene boquiabierto. Son las declaraciones de la Consellera de Medi Ambient del Consell de Mallorca, la entrevista no tiene desperdicio:

http://www.diariodemallorca.es/mallorca/2012/08/31/bajar-tasa-incineracion-pasa-traer-residuos-paises-quemar/790693.html

Resulta que, una vez más, el juego se trata de justificar y rentabilizar una mega-inversión absurda. Es decir, no se cuestiona que en su día se decidiera ampliar una planta incineradora de residuos en base a cifras artificiosas y ridículas… por cierto, quién lo decidió, por qué y para qué? Qué personajes participaron y qué oscuros motivos económicos había detrás? Por qué ese tipo de decisiones nos despiertan tantas sospechas?

La cuestión es cómo cumplir el compromiso adquirido con Tirme, una sociedad privada. Un contrato que probablemente no tenga sentido en el contexto económico y ecológico actual, pero que, este sí, por lo visto hay que satisfacer. La administración está incumpliendo los contratos con sus trabajadores públicos, al recortar su sueldo a placer, así como incumple los compromisos de pago con sus proveedores (dejando a muchos de ellos en la ruina), por no hablar del relajo en sus obligaciones legales y morales en cuanto a la educación y la sanidad públicas… pero sí parece sentirse prisionera de antiguos tratos empresariales. Es que se puede cambiar la ley aún en perjuicio del pueblo, bajo la justificación de la crisis, pero no es posible cambiar ni una coma de los contratos empresariales firmados en el antiguo escenario de “bonanza”?

Realmente van a dejar que la megalomanía cegata de los que nos gobernaban hace unos pocos años nos sepulte por décadas? Me cuesta creer que la administración aún no haya comprendido algo elemental para cualquier ciudadano: una retirada a tiempo es mejor que una derrota eterna. Ahora tenemos una mega-incineradora que solo se considera en términos monetarios y necesita traer basura de otros países para ser rentable. Además se ha montado un buen sistema de reciclaje de residuos, que ahora se pone en duda porque le quita “comida” a la incineradora! Qué ocurre con los costes medioambientales, los humos y los residuos de la incineración, más en un territorio limitado como es una isla? Qué hay de la sobrepresión para el entorno que causa el transporte marítimo de esas toneladas de basura?

A parte, me parece patético el argumento de que se producirá “energía renovable”, es de un cinismo increíble viniendo de una administración que se ha vendido a las eléctricas y ha cortado de raíz lo que podría haber sido una parte de la solución económica: el fomento de las energías limpias.

Lo más lamentable es que se trata de un simple caso, de otros que nos rodean. Sin salir de nuestra Mallorca, ahora el parking de Son Espases es de pago porque hay que satisfacer un contrato con la constructora. El propio hospital se ejecutó con un (sobre)coste descomunal, menospreciando la validez de Son Dureta, y se ignora qué hacer con el antiguo edificio ni cómo pagar el mantenimiento del nuevo, ello salpicando a otros hospitales tristemente conocidos. No se sabe a qué dedicar el mega-velódromo Palma Arena para amortizar su escandaloso (sobre)coste, tan “necesario” como era. El metro de Palma, tras su etapa como submarino, no tiene ni un 10% de los pasajeros que justificaban la idea de su construcción (cifra que no bastaba para hacerlo rentable, cuidado). Se ha seguido invirtiendo en un Palacio de Congresos sin futuro, cuya finalización es incierta. Por todo ello, yo me pregunto:

Aprovecharán el viaje de esos barcos que traerán la bendita basura, llenándolos también con enfermos motorizados, ciclistas profesionales, pasajeros de metro vocacionales y asistentes a congresos?