Éxito es lograr nuestros propósitos. Felicidad es disfrutar lo que hemos conseguido — Anthony Robbins

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Buenos Aires (I): la huella porteña

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Apenas llevaba unas horas en Buenos Aires cuando, mientras intentaba despojarme de los efectos del cambio horario y térmico sobrevenido, una persona se acercó a la mesa de la terraza del bar de Palermo Soho en el que me encontraba y, tras intercambiar un par de impresiones livianas, me pidió amablemente si se podía sentar a mi lado para charlar un rato. Y eso hicimos. Conversamos sobre Argentina, sobre España, sobre libros, amigos y familia, sobre la Historia y otras historias particulares… Se despidió dejando abierta una invitación a un café en otra ocasión durante mi estancia en la ciudad, simplemente para volver a charlar.  Cuando llegué a Buenos Aires este tipo de comportamientos entraban aún para mí en la categoría de “ligoteo”, sin más. Cuando regresé a Mallorca un mes después, me llevé pegado a la memoria ese y otros encuentros similares porque me habían enseñado que vale la pena perder el miedo a los extraños y dedicar tiempo a las relaciones humanas desinteresadas.

Mucha gente con la que la vida me cruzó durante mis días en la capital argentina dejó en mí un poso imborrable. Para no aburrir, añadiré sólo la mención al sastre Jorge Williams, vicepresidente de la Asociación Latinoamericana de Modistas, un loco artista de las telas que se considera una especie de Dalí austral. Topé con él por casualidad. Más bien, por curiosidad, al quedarme parada ante el escaparate de su local en el barrio de Palermo Nuevo, al norte de la ciudad. Le pedí una foto y me regaló la historia de su vida. El septuagenario seguía entregado a su pasión: la confección artesana de trajes masculinos con telas de coloridos y estampados imposibles. Me confesó que hoy en día ya nunca vende ninguno, que sólo se los pone él porque nadie tiene el coraje de lucirlos. Pero su taller de la calle Lafinur sigue abierto porque es también lugar de encuentro con los amigos de toda una existencia.

De las aceras y la Psicología

Cuando pisas Buenos Aires por primera vez te asaltan, literalmente, las aceras rotas, rotísimas, en todos los barrios. Una vez te acostumbras a andar sobre ellas, puedes elevar la vista y reparar en los edificios que la pueblan. A ratos puedes tener la impresión de estar paseando por una urbe mezcla de París, Roma, Madrid y Barcelona, barnizada por una decadencia encantadora. Quizá sea fruto de la crisis, o las sucesivas crisis que han castigado al país. Desde luego, su efecto aún se nota en la inflación galopante y en otros detalles curiosos, como la falta de monedas. Muchos establecimientos, sobre todo los pequeños, dan caramelos en lugar de monedas para devolver el cambio a sus clientes. Puede que circunstancias como esta hagan que los porteños conserven su fina ironía y su afición por la Psicología, la Psiquiatría y afines. De hecho, en los kioscos se vende Actualidad Psicológica, una publicación periódica especializada. La misma crisis puede ser la razón que explique la proliferación de nuevos oficios en las calles bonaerenses: paseadores de perros profesionales y cartoneros. Estos últimos son, en gran parte, indios venidos de suburbios y zonas rurales muy pobres que se dedican a recoger y revender cartones por una miseria. Cuentan que una joven india cartonera fue descubierta por una agencia de modelos que la hizo rica y que, desde entonces, otras muchachas de la calle se arreglan mucho cada mañana por si se repite la suerte. Por cierto, 9 de cada 10 porteños se despiden al grito de “¡Chau, suerte!”.


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