Otro mundo no sólo es posible, está viniendo.
En días tranquilos oigo cómo respira
— Arundhati Roy

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Buenos Aires (II): el arte sigue vivo

Entangados hasta la médula

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El tango me atrajo hacia Buenos Aires. Lo vi vivo, sin edad, en la sala La Viruta del Centro Cultural Armenio, donde cualquiera puede ir a mirar o a aprender. También lo vi ajado y nostálgico, en la Confitería Ideal, donde la música sonaba tan rayada como el suelo, de puro uso. Lo viví intensamente en un concierto de tango lunfardo, interpretado por el grupo 34 Puñaladas, en el alternativo e interesantísimo Centro Cultural Konex, en pleno barrio judío, muy cerca de la casa de Carlos Gardel. Y lo rechacé en el legendario barrio de La Boca, donde jóvenes bailarines intentaban sacar los cuartos a los turistas danzando y posando para ellos con un clavel en la boca y los trajes deshilachados. Porque La Boca tiene dos caras. Una es la que sale en las guías turísticas, que se limita a las dos calles de postal de Caminito. La otra es la real. La de la miseria y los problemas sociales que te cuentan sus vecinos si les preguntas. La del Riachuelo infestado por los vertidos industriales y fecales de décadas de desconsideración, donde ver un animal posado en un neumático flotante puede ser el pequeño milagro del día. No me extraña que esta ciudad alumbrara el tango.

Cafés, teatros y librerías

Para quien viene de fuera es una gozada que exista la Avenida Corrientes, donde hallé los grandes teatros, cines y librerías de toda la vida en plena forma. Incluso algún café, como el Gato Negro, que tiempo ha acogió a grandes de las letras y las artes, aunque hoy acoja sobre todo a señoras de bien y botes de especias de todo el mundo. Para encontrar algo del efluvio literario-artístico de antaño, probé también el Café Tortoni y el London, ambos cerca de la archiconocida Plaza de Mayo. Ambos un acierto porque te transportan a otra época y otro estado mental, si te dejas. Como, si lo buscas, puedes acabar también paseando por el barrio de San Telmo, donde viven muchísimos artistas que venden su obra en la calle, especialmente los domingos, cuando también es posible escuchar tantos estilos de música a la vez como manzanas tiene la barriada.

No muy lejos de San Telmo se encuentra Puerto Madero, sello del lujo y la vanguardia arquitectónica de la capital argentina. Cruzando esta zona llegué a la Reserva Ecológica Costanera Sur. Es un enorme parque natural que, tras años de acecho de los especuladores, finalmente ha sido protegida y se ha asilvestrado de nuevo. Da cobijo a una rica fauna avícola. Sin embargo, aún hay desaprensivos que, de tanto en tanto, incendian alguna parte de la reserva para ver si cuela algún proyecto urbanístico por ahí. De momento, aún sobrevive. Y es de los pocos sitios de la ciudad donde se puede dar una larga vuelta en bicicleta. Espero que también exista aún el Mercado de Bien Común, en Palermo Viejo, una iniciativa de economía solidaria, comercio justo y ecología impulsada por cooperativas rurales. El ecologismo no sobra en Buenos Aires. Pero me sobran razones para volver allí.


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