Más le vale a un hombre tener la boca cerrada, y que los demás le crean tonto, que abrirla y que los demás se convenzan de que lo es. — Pitágoras

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Camino de Santiago (I)

Jaca – Puente la Reina. Comienza el ritual.

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Camino de SantiagoPodía haber iniciado la Ruta Jacobea, como hace la mayoría, en Roncesvalles por el Camino Francés, sin embargo me decido a hacerlo por el Camino Aragonés. Me lo dijo un amigo: Qué mejor manera de llegar a Jacob que empezando en Jaca.

Si lo de arriba es como lo de abajo, como dicen los sabios, la fortaleza en forma de estrella de esta ciudad prepirenaica me recuerda que inicio una andadura estelar por la Vía Láctea cuyo final es un lejano campo de estrellas situado al oeste (Compostela).

Todo camino por largo que sea, y este es de más de 800 kilómetros, comienza con un primer paso. Pongo rumbo al oeste y echo a andar en dirección hacia mi primera puesta de sol. Recorro las veredas de la ruta y los recovecos de mi cansancio en una etapa de 8 horas plagada de euforia. El tiempo y el espacio en el Camino son muy diferentes a los de la vida cotidiana. Todo se ralentiza. Uno descubre que las piernas son un fiable medio de transporte, su velocidad media es de 4 km/h y un poco de fruta y pan con queso son suficiente combustible para desplazar el cuerpo y la mochila. Y treinta kilómetros, tras varias jornadas, se convierten en una distancia asequible para caminar cada día.

La primera etapa concluye en Arrés. Es muy posible que deba deshacerme de alguna que otra cosa porque mi espalda está muy dolorida. Por lo visto la criba que hice antes de salir no fue lo suficientemente exhaustiva. ¿Qué puedo dejar atrás si todo lo que llevo es necesario?

Camino de SantiagoEn el Camino todas las preguntas hayan respuesta y quien pide recibe. Al llegar a Arrés coincido con Mercé una joven médico que acaba de terminar el MIR. Se ha echado a andar mientras espera a que le confirmen si le dan la plaza que esperaba. Ella sí que sabe lo que es llevar únicamente lo justo y necesario. Se lo ha enseñado una hernia discal que sólo le permite llevar dos kilos a cuestas. Mientras preparamos algo de cenar acordamos caminar juntos al día siguiente. El hecho de que no haya ningún pueblo intermedio entre Arrés y Artieda justifica que dos peregrinos novatos busquen compañía.

Amanece y las piernas echan a andar. La fluida conversación permite que me olvide paulatinamente de los dolores que me produce el peso de la mochila. Después de comer algo disfrutamos de uno de los privilegios del peregrino: dormir la siesta debajo de un árbol.
Acabamos la etapa en las inmediaciones del pantano de Yesa y llegamos a Artieda donde nuestros doloridos cuerpos obtienen su merecido descanso. Ésta última es una palabra que cobra su verdadero significado en el Camino.

Tras Artieda llega Ruesta, un pueblo prácticamente abandonado sino fuera por la presencia de algunos miembros del sindicato CGT que desde hace unos 15 años lo mantienen vivo. El paralelismo entre las palabras Ruesta y Cuesta no existe solo en el lenguaje. La pendiente que el caminante se encuentra al salir de este peculiar pueblo es un aviso de lo que se irá encontrado a lo largo de la peregrinación. Simbólicamente existen siete subidas importantes en el Camino que purifican el cuerpo y el espíritu y ponen a prueba la decisión del caminante.

Al final de la pendiente el sendero se convierte en una encrucijada. La flecha amarilla indica que se debe seguir recto hacia Undués de Lerda por una calzada romana, pero la ocasión justifica hacer algo que en el Camino se hace en contadas ocasiones: desviarse de la Ruta. El motivo es la visita a un lugar de Luz, una estrella brillando en la Tierra: Witryh. Este ashram se encuentra justo enfrente del monasterio de Leire pero en la orilla opuesta del pantano de Yesa. Merece la pena una visita a este lugar de paz donde las personas que lo habitan son peregrinos del amor que trabajan por la materialización del espíritu y la espiritualización de la materia.

La fuerza del lugar, conocida desde hace siglos, transporta al visitante a otra dimensión y sino que se lo pregunten a San Virila, un monje del monasterio de Leire que se perdió por la sierra reflexionando sobre la eternidad. Encandilado por el canto de un ruiseñor se dejó llevar hasta lo más cerrado del bosque donde cayó en éxtasis. Cuando despertó se sentía perdido pero pronto dio con el monasterio. Ninguno de los monjes le conocía, ni él conocía a nadie, pero buscando en el archivo su nombre, descubrieron que se había perdido en el bosque hacía 300 años.

Después del desvío justificado volvemos al Camino y llegamos a Undués de Lerda al caer la noche. Una gratificante ducha y una buena cena me devuelven la energía suficiente para afrontar un problema que arrastro desde hace días. Llevar la mochila se ha convertido en un suplicio y finalmente pongo todas mis pertenencias sobre la litera y me decido a realizar un estricta selección. ¿Qué es realmente imprescindible y qué es superfluo? ¿Qué necesito más, una toalla o la guía con información sobre las etapas y los albergues?

Camino de SantiagoEl juicio ha sido severo. Dejo unas zapatillas que llevaba para descansar los pies tras acabar las jornadas, también me deshago de la guía, de la toalla (a partir de ahora me secaré con una bayeta vileda. Pesa poco y se seca rápido). Incluso arranco las tapas a mi diario (son de pesado cartón) y renuncio a llevar un cazo para cocinar. A partir de ahora leeré sólo los mensajes de la Naturaleza porque también me he deshecho del libro que me acompañaba en mi viaje. Mi mochila que pesaba diez kilos cuando salí pesa ahora siete. En ella sólo llevo dos camisetas de repuesto, varios pares de calcetines, un pantalón, un anorak, un jersey, el saco de dormir, algunos víveres, una navaja, la linterna, algo de jabón, la bayeta/toalla y mi diario.

Al día siguiente entramos en Navarra y al llegar a Sangüesa, me despido de mi compañera Mercé, con la que he caminado los últimos días.

A partir de aquí me encuentro solo de nuevo pero descubro que cuando se practica el desapego se aprende a confiar. Los pasos son más ligeros y la sensación de libertad empieza a calar en mis huesos. Liédana, Lumbier, Nardués, Aldunate, Monreal… las poblaciones se suceden. Mis pasos sintonizan con los de la Naturaleza y mi mente se sosiega, cuánto llevo en el Camino ¿4 días o 4 meses?

Camino de SantiagoLa Ermita de Nuestra Señora de Eunate se planta delante de mí. Es una construcción peculiar un templo de planta octogonal con una arcada también octogonal que la rodea. Siguiendo el ritual dejo la mochila en la entrada y me quito las botas. Descalzo doy tres vueltas a la ermita y frente a la puerta pido a las figuras que la custodian que me permitan entrar. Una vez dentro me sitúo en el crucero y empiezo a meditar. Todo vibra y una sensación de elevación me invade, pero no soy yo quien sube sino que todo el edificio se eleva conmigo dentro. Las figuras de demonios y hombres esculpidas en los capiteles me miran desafiantes mientras todo mi ser se expande. En mi interior algo me dice: recuerda, el alma vive atrapada en el cuerpo y debe retornar a casa pero no olvides que si ha bajado a este mundo es para realizar una tarea.

Llego a Puente la Reina, el lugar donde se unen todos los caminos. Los peregrinos que llegan del Camino Francés, desde Roncesvalles, se encuentran con los que llegamos desde Aragón. Después de haber encontrado únicamente a Mercé en los días anteriores me sorprende hallar en este lugar a tanta gente, debe haber más de 20 peregrinos, la mayoría llegan de Roncesvalles. Allí conozco a mi amigo Manuel, un joven catalán de 72 años, que ha hecho el camino 10 veces para cumplir una promesa y ahora lo recorre a pedazos para saludar a los numerosos amigos que se ha ganado en esos años de peregrinaje. No serán pocas las cosas que aprenderé de él.

Camino de Santiago (II).

Todo peregrino debe llevar una vara. Puente la Reina – Los Arcos.


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