Camino de Santiago (III)
Los Arcos- Grañón. De oca en oca.
Por Alberto D. Fraile OliverCon la vara que me regaló Pablito el de Azqueta sigo haciendo Camino. Dejo atrás Los Arcos y me adentro en la etapa que me llevará hasta Logroño. Hoy me despido de Navarra y entro en La Rioja. La mañana resulta muy soleada y entre paso y paso voy haciendo cuentas, llevo recorridos unos 179 kilómetros y hasta Santiago me quedan todavía 639.
En el Camino existen ciertos tramos a los que se les conoce como rompe-piernas
y el que separa Torres del Río de Viana, de 10 kilómetros, es uno de ellos. Se caracterizan porque son un continuo sube y baja en el que el peregrino tiene que echar el resto. Paso por Viana al mediodía y con gran esfuerzo al caer la tarde llego hasta la entrada de Logroño, que es, ni más ni menos, que una bofetada de modernidad en la mejilla de un cansado peregrino. Después de pasar varios días caminando lentamente, contemplando el horizonte y hablando con los paisanos que se cruzan en el Camino, entrar en un polígono industrial con su ruido y su ajetreo de coches no es nada agradable. Paso el mal trago y por fin veo el puente de Piedra sobre el río Ebro, la antesala del albergue.
A pesar del cansancio de la etapa, después de comer algo y darme una ducha salgo a ver que ofrece Logroño. Callejeo por la ciudad hasta que llego a un punto muy peculiar que reclama mi atención. En el suelo está representado el juego de la Oca pero con una particularidad, las casillas son algunas etapas del camino. Allí, en las casillas de la Oca, donde vas de una a la otra sin tirar los dados, están entre otras Logróño, Ponferrada… ¿Pero qué relación tiene el Camino de Santiago con el Juego de la Oca? Ni siquiera se había desvanecido el eco de la pregunta de mi cabeza cuando oí a alguien decir: ¿Intrigado?
- Sí, – le confieso.
- No le des más vueltas, tú eres un jugador y el Camino es el tablero. Así de sencillo.
No salgo de mi asombro y digo:
- ¿Qué tiene que ver el infantil juego de la Oca con el Camino de Santiago?
- Los Templarios. La unión entre el camino y el juego son los Templarios.
Si quieres que te lo explique tendrás que acompañarme hasta un banco, estoy cansado y mis piernas no son tan fuertes como las tuyas. El hombre es muy anciano, tienes los dedos huesudos y los rasgos de la cara muy afilados. Ya sentados comienza su explicación:
- Las ocas han sido desde siempre el animal que guardaba las propiedades. Son mucho más fieras que los perros, el escándalo que organizan y su agresividad las convierte en fieles guardianes. Y esa es exactamente la labor que hacían los Templarios en la Edad Media, eran monjes-guerreros que protegían el Camino y a los peregrinos. Esa es la primera relación.
- ¿Hay más? –Pregunto.
- ¿Tienes prisa? -Dice él.
- No. En el Camino no hay prisas. – Contesto yo.
- Pues entonces, atiende. Las cofradías de constructores de Catedrales, Iglesias y demás edificios que trabajaron a lo largo del Camino en la Edad Media utilizaban al menos dos símbolos de reconocimiento: Uno era la pata de oca y el otro una espiral. La relación del primero con el juego es evidente y el segundo no es muy complicado: el tablero es una espiral. El Camino es una espiral. En los lugares del tablero donde hay ocas son sitios seguros, sitios donde los Caballeros del Temple protegían a los peregrinos. Un castillo templario sería, como una casilla oca, un lugar seguro, vigilado por caballeros guardianes donde el peregrino encontraría descanso. Otras podrían señalar lugares no seguros
o peligrosos para el peregrino. El puente de la casilla número 6, por el que ya pasaste en Puente la Reina, la cárcel, algún día me contarás si pasaste, y así otras… aunque con la vara que llevas estás bien protegido. Recuerda que lo más importante es ir de oca en oca.
Con esta curiosa información me voy al albergue. Al día siguiente tengo que 30 kilómetros de caminata y noto las piernas muy cargadas.
El día transcurre por la campiña riojana entre interminables campos de viñas. Al final alcanzo Nájera, ciudad que fue el reino de Navarra cuando los musulmanes alcanzaron Pamplona. Allí me encuentro con una pareja de entrañables alemanes, Tobías y Mireia. Ella habla español y nos traduce. Tobías es un músico especializado en la Edad Media que según me cuenta está disfrutando del arte románico que se ha encontrado en la Ruta. Hacemos juntos la compra, cocinamos una suculenta cena y compartimos mesa y mantel. Charlamos sobre la etapa del día siguiente, una de las más emblemáticas del Camino, que acordamos hacer juntos.
Echamos a andar muy pronto y llegamos al cabo de una hora a Azofra, un lugar donde un peregrino alquimista quizá se pare a buscar el azufre, nosotros simplemente paramos a comer un tentempié
matutino. La charla nos hace tomar una decisión: vamos a salirnos del Camino y nos acercaremos hasta el Monasterio de San Millán de la Cogolla. No sabemos muy bien como lo haremos pero nos ponemos en manos de la Providencia, la eterna acompañante de los peregrinos. Abandonamos las flechas amarillas y junto a la pareja de alemanes pongo rumbo a la Abadía de Cañas paso previo al Monasterio de San Millán, cuna del idioma castellano.
En esta abadía la luz no se ve como en cualquier sitio. Sus ventanales le proporcionan un torrente de luz, difícil de describir y que sólo puede apreciarse cuando se está allí. El ábside es un prodigio de luminosidad que permite palpar la pureza. Durante un rato me siento transportado. Una voz interior me dice: ¿No te resulta familiar esa pureza? Cierro los ojos y por un momento me veo rodeado de monjes vestidos de blanco, yo soy uno más entre ellos… abro los ojos y sigo siendo el peregrino de antes.
Allí conocemos a unos maños que deciden llevarnos en coche hasta San Millán. En el bosque que envuelve el monasterio, Tobías enciende una pequeña hoguera y prepara un té. Mireia extiende un pequeño mantel y yo saco algo de queso y pan. Allí sentado sobre las hojas caídas de los árboles todo está bien. Nada falta ni nada sobra. Sólo importa el ahora, este momento. Mi mente está aquí, mi cuerpo está aquí y mi alma está aquí. Unidos. Es posible que no vuelva a ver nunca más a los dos alemanes que me acompañan pero en este momento les considero más que amigos, compañeros. El Camino une en el presente. Quizá mañana nos despidamos y no volvamos a vernos, pero hoy somos compañeros y lo mío es suyo y lo suyo en mío.
En la entrada de San Millán de la Cogolla me llevo una maravillosa sorpresa. Me encuentro de nuevo con Antonio. Un peregrino muy especial con el que ya me he encontrado en otras ocasiones a lo largo del camino y que cada vez se parece más a un ángel de la guarda y cada vez menos a un caminante.
Uno de los monjes le conoce. No es extraño, Antonio ha recorrido el Camino 10 veces para cumplir una promesa. Gracias a su contacto entramos con él en el sancta sanctorum
del monasterio. Allí donde se guardan los tesoros más preciados que pocos tienen la oportunidad de ver. Unas miniaturas talladas en marfil de más de mil años de antigüedad. El monje nos enseña con cariño todos los escondites del magnifico monasterio Patrimonio de la Humanidad. Incluidos los códices donde se registraron las primeras palabras en castellano.
Regresamos al trazado del Camino. Antonio, que ya se ha convertido en una especie de maestro, me da una nueva lección: El Camino se puede dividir en tres fases que se repiten en todos los peregrinos. La primera es la de expiación, la segunda es la de integración y la tercera la de gozo. En la primera se sufre y se expían los pecados a través de las ampollas, del dolor de espalda y de las durezas del comienzo. En la segunda, el ritmo del peregrino se armoniza con el ritmo del Camino y el caminante se convierte en el agua que fluye por un río. En la última fase, la del gozo, es donde se alcanzan lo que yo llamo
.orgasmos espirituales
. Tú ya has superado la primera -en ese momento me vino a la memoria el dolor de espalda que padecí los primeros días por el peso de la mochila- y empiezas a fluir
Pasamos la noche en Santo Domingo de la Calzada y al día siguiente continuamos hasta Grañón. El último pueblo de La Rioja. En apariencia no tiene nada especial, uno de tantos pueblos… pero para el peregrino no es un pueblo cualquiera. El albergue está dentro de la Iglesia. Una puerta escondida detrás del coro conduce a un lugar especial. A la entrada hay un cartel que dice: Peregrino, coge lo que necesites y deja lo que te sobre
. Ese es el verdadero espíritu del Camino pese a que sea difícil encontrarlo. Una chimenea con algunos troncos y comida en abundancia son suficiente argumento como para decidir quedarnos allí pese a que sólo hemos caminado hoy 6 kilómetros, una pequeñez frente a la media de 30 diarios que suelo hacer.
En aquel lugar la hospitalidad cobra su verdadera dimensión. El cura de Grañón, el responsable de este albergue, es toda una institución en el Camino, un personaje al que merece la pena conocer. Él se encarga de formar a los hospitaleros de otros albergues para que den la atención correcta a los peregrinos. Sin duda esa es una casilla oca
en el tablero del Camino.
Tomamos un café con galletas y nos sentamos junto al fuego a charlar con otros peregrinos. A la hora de la comida nos sentamos doce personas en la mesa y se produce un bonito ritual que cada día se lleva a cabo. Cada uno de los comensales coge un trozo de pan, lo parte por la mitad y le entrega un trozo al que tiene a la izquierda y otro al que tiene a la derecha. De esta manera da pero también recibe. Tobías me explica a través de la traducción de Mireia que en muchos idiomas, incluido el castellano, la misma palabra lo dice: compañeros
son aquellos que comparten el pan. Mientras comemos vemos a través de las vidrieras de este albergue sagrado (está dentro de la iglesia) que comienza a llover, todo un presagio de que hemos hecho bien en quedarnos en Grañón.















Esta entrada fue escrita el Miércoles, septiembre 16th, 2009 at 11:21 am y está archivada bajo las categorías Viajes. Puede seguir los comentarios a esta entrada a través del RSS 2.0. Puede dejar una respuesta, o un trackback desde su sitio web.