Reprende al amigo en secreto y alábalo en público. — Leonardo Da Vinci

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Camino de Santiago

Camino hacia uno mismo

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Y en un momento dado, sin ser quizá conscientes de cómo ni porqué sucede, empezamos a absorber. Absorbemos cada paso, cada cambio de superficie, cada campo, cada animal, cada persona y cada vetusto edificio de aquellas minúsculas poblaciones que no aparecen en los grandes mapas. Nuestra cabeza se ha vaciado y convertido en una esponja virgen a empapar con todo lo que encontramos a lo largo del Camino. Es una sensación indescriptible. Un vaciado natural del pozo oscuro de la memoria. Un volver a empezar humilde pero tan gratificante que comenzamos a avanzar envueltos en una sonrisa.

No sabría decidir si el Camino nos cambia o sólo deja aflorar la humanidad que reposaba latente, a veces no requerida en un mundo superficial y ajetreado. Pero de alguna forma, como un imán de altruismo, nuestro recorrido nos presenta, jornada a jornada, grados de generosidad que ya no olvidaremos. En un contexto así, mezcla de reto, dificultad y descubrimiento, todos avanzamos bajo un designio común. Así, desaparece el concepto de desconocido pues cada nueva cara se convierte en un conocido al que aún no habíamos encontrado. De ahí valores como el compañerismo, la ayuda incondicional y la gratitud que se convertirán en el mejor regalo de este viaje.

Relativizar consiste en atenuar la importancia de las cosas. El Camino, de un modo tan natural como firme, se encarga de ello. Tensiones y dificultades de nuestra mochila inicial, la que no pesa en la espalda sino en la cabeza y en la naturaleza etérea que algunos llaman alma, van menguando, esparciéndose por el suelo con cada paso. La introspección obligada se convierte en una efectiva terapia que nos obliga a discernir entre lo que realmente es estructural y lo que sólo es accesorio. Aprendemos de nosotros mismos, de lo que somos y de lo que deberíamos ser. Reestructuramos necesidades y valores y, de alguna forma, mejoramos.

Sucumbimos felizmente ante el paisaje y el mosaico de gentes que éste nos depara. La variedad y la riqueza de lo que experimentamos nos abre los ojos y nos obliga a mimetizarnos con un universo excepcional e inexplorado. Con una sinceridad incuestionable, agradecemos y compartimos la humildad de las gentes de cada lugar y la existencia de cada árbol o animal que se cruza en nuestro camino. Cada uno de ellos nos da una pequeña lección. Cada río, bosque, viñedo o paisaje de montaña nos oxigena, conectándonos a un entorno del que, aunque lo desconocíamos, descubrimos con satisfacción que formamos parte.

La experiencia es, en toda su acepción, intensa. Debemos aprender a saborear todo momento y lugar para llegar a reconocer miles de instantes de verdadera magia. Debemos olvidar la prisa y dejar que nuestro cuerpo se dosifique. Así veremos, jornada a jornada, como las piernas se adecuan a la dureza del recorrido, nuestra espalda se acostumbra al peso del equipaje y cuerpo y mente se abandonan al sueño sin mayor problema cada noche en un nuevo pueblo o ciudad sobre una litera, cama o estera diferente. Simplemente, aunque al principio lo dudábamos, a medida que avanzamos, todo fluye.

Al llegar a la Plaza del Obradoiro nos invade una riada de sentimientos opuestos. Por un lado la explosiva felicidad de haber superado el reto y por otro el ligero pesar por el final de la aventura, por la conclusión de un nómada día a día al que nos habíamos gustosamente acostumbrado. Recordaremos con nostalgia cada vivencia, cada saludo y cada despedida. Guardaremos en la retina las miles de postales que nuestra mirada ha fotografiado y retendremos los sabores y olores de cientos de pueblos. Con cuidado, lo alojaremos todo en un lugar privilegiado de la memoria. Y al volver a casa, soñaremos con repetirlo.

Fotos: Javi de Esteban.


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Un comentario para “Camino de Santiago”

  1. Eloy dice:

    Interesantes los pensaminetos que se crean haciendo el Camino, sí. Cualquier día lo vuelvo a hacer.
    Saludos cordiales.

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