Y Leonard Cohen tocó en Mallorca.
Por Alberto D. Fraile Oliver
Veinte años después el cantante y poeta canadiense nos regaló su presencia, su música y su poesía. Fue un espectáculo elegante e intenso. A lo largo de tres horas desgranó su mejor repertorio con un entusiasmo y una entrega digna de un músico que comienza su carrera. En una declaración de intenciones al principio del concierto dijo no sabemos cuando volveremos así que vamos a dar todo lo que tenemos
. Y cumplió su palabra. Él y su banda dieron mucho. Cohen está en estado de gracia porque pese a que él siempre tuvo la profundidad de un anciano sabio, ahora su edad le acompaña, lo que le hace sintonizar su mensaje con su apariencia. Su voz ha alcanzado tal nivel de gravedad que a veces se rompe y no llega, pero a nadie le importa. Además allí está la deliciosa voz de Sharon Robinson y las hermanas Webb para acompañarle hasta las notas más altas.
No olvidemos que Cohen tiene 74 primaveras y si su manager no le hubiera desplumado estaría tranquilamente retirado y meditando. Pero la necesidad le ha hecho salir de gira y verle en concierto es una experiencia difícil de repetir. Un verdadero regalo para el público, porque cualquiera que asiste a un concierto de este judío-zen se da cuenta de que en el escenario hay algo más que música, hay algo místico. Hay algo extrañamente auténtico.
Hasta los críticos más estirados se entregan a un músico que ha ido un poco más allá que el resto en un extraño equilibrio entre lo sagrado y lo profano. Un mago que emite una hipnótica salmodia cargada de fuerza, que nace de la exquistez de las palabras escogidas y de la honestidad del corazón que las recita.
Así escribirá el propio Cohen en Beautiful Losers:
“¿Qué es un santo?. Es aquel que ha alcanzado una remota posibilidad humana. Es imposible decir lo que constituye esta posibilidad. Sin duda tiene algo que ver con la energía del amor. El contacto con esta energía provoca una especie de equilibrio en medio del caos de la existencia. Un santo no disuelve este caos; si lo hiciese, el mundo habría cambiado hace mucho tiempo. Yo no creo que un santo pueda disolver el caos del mundo, ni siquiera para sí mismo, porque hay algo de arrogante y belicoso en esta concepción de un ser humano poniendo él solo el universo en orden”.
Leonard Cohen ha acompañado durante décadas a adolescentes deprimidos, parejas de enamorados, filósofos aturdidos, buscadores espirituales y amantes del arte y la música en una camino tan largo que solo un verdadero bardo puede recorrer.
Ahora es un hombre mayor, delgado, que se arrodilla y recita, más que canta, sus canciones. En su vejez irradia un mensaje que resuena con el alma de cualquier persona sensible. Cuando uno ve a este tipo con sombrero y traje negros tiene la certeza que ha estado frente a uno de los Grandes.

El repertorio que tocó en Palma fue:
- Dance Me to the End of Love
- The Future
- Ain´t No Cure for Love
- Bird on the Wire
- Everybody Knows
- In My Secret Life
- Who By Fire
- Chelsea Hotel
- Waiting for the Miracle
- Anthem
(Descanso)
- Tower of Song
- Suzanne
- Sisters of Mercy
- The Partisan
- Boogie Street (cantada por Sharon Robinson)
- Hallelujah
- I´m your Man
- Take this Waltz
(Bis)
- So Long Marianne
- First We Take Manhattan
(Segundo bis)
- Famous Blue Raincoat
- If it Be Your Will (protagonizada por las hermanas Webb)
- Democracy
(Tercer bis)
- I Tried to Leave You
- Whither Thou Goest
No fue necesario pirotecnia audiovisual, la energía de Cohen y su música consiguieron llenar un lugar tan carente de alma como el Palma Arena. A la tercera canción ya había roto el hielo (el lugar no estaba lleno: asistieron unas 3.000 personas y la lejanía de las gradas hacía que mucha gente presenciara el concierto desde el más allá). Paradojas de la vida, el escenario estaba ubicado en el interior de un lugar corrupto (hay varias personas en prisión por supuesta corrupción en su construcción) e inútil (se construyó como velódromo y no ha recibido el beneplácito de los organismos internacionales para que se puedan celebrar pruebas homologadas). Un lugar podrido ha acogido a un artista excepcional. Pero no olvidemos que estamos hablando de Mallorca, una isla en la que el hormigón contagia una extraña enfermedad que pudre el alma de quien lo toca.
Ahora que ha actuado Leonard Cohen en este monumento a la corrupción, los 96 millones de los impuestos de los ciudadanos malgastados ya no duelen tanto. Aunque le dejan a uno la misma sensación de tristeza existencial que acompaña a Cohen desde siempre.
Por cierto, merece la pena leer lo que escribió Matías Vallés (otro tipo que cuando sea anciano también será sabio) sobre Leonard Cohen.















Esta entrada fue escrita el Viernes, agosto 14th, 2009 at 10:21 pm y está archivada bajo las categorías Música, Portada, Recomendaciones. Puede seguir los comentarios a esta entrada a través del RSS 2.0. Puede dejar una respuesta, o un trackback desde su sitio web.