21

marzo

2011

El límite de la infancia

Por

Recientemente, en uno de mis frecuentes zapping visuales en directo, vi a una niña dando vueltas de rodillas sobre un taburete en la barra de un bar, mientras su madre liquidaba la cuenta. Mirarla me causó cierta alegría, realmente se estaba divirtiendo. De repente me imaginé que quien acompañaba a aquella mujer, en lugar de su hija era su supuesta pareja, todo un hombretón adulto… y me eché a reir, pensando en la reacción que eso provocaría en el resto de la concurrencia. Por qué si hiciera lo mismo un adulto estaría mal visto, y muchos lo considerarían ridículo?

Es que ser adulto significa perder el derecho a practicar todos esos juegos en público? Caminar por la calle pisando solo las sombras, saltar en los pasos de cebra solo sobre las franjas blancas, llevar un jersey del revés a propósito, o un zapato de cada color, comerse de forma ostentosa una piruleta… Cualquiera que haga eso sería considerado un excéntrico. Pero qué es un excéntrico? Alguien que se sale de lo normal, y ahí llegamos a la pregunta clave: qué es “lo normal”? Podríamos definirlo como lo común, lo corriente, lo habitual, etc… pero eso no significa “lo correcto” o “lo único posible”.

Uno deja de hacer todo aquello que hacía tan ricamente de niño cuando un día, súbitamente, uno adquiere esa cosa llamada vergüenza. Por qué? Es otra forma de decirle al mundo: “Eh, mirad, yo pertenezco al sistema, no tenéis nada que temer, soy como vosotros”. Uno se uniformiza con el gris de la masa, domando su actitud y podando todos esos brotes que de vez en cuando aún pueda tener. Será por miedo? Parece que en ciertas etapas se nos inculca que necesitamos la aceptación de los demás, necesitamos formar parte de una manada nos arrope para sentirnos cómodos. Lo cual debe de ser un dogma antropológico, ya que ocurre en nuestra civilización y también en tantas otras culturas y formas de comunidad, desde tiempos ancestrales. 

Tendrá eso algo que ver, en nuestra sociedad moderna occidental, con la forma que tiene el márketing de minar nuestra confianza? O quizás el márketing solo se aprovecha de una tendencia que ya es natural en nosotros? El sistema trata constantemente de infundirnos miedo, y tal vez esa sea otra manera de hacerlo, cuando presuntamente dejamos atrás nuestra infancia. Algo, no sabemos qué, nos bombardea con mensajes del tipo “hey, ya no está bien que hagas eso”. Normalmente nos llega en boca de nuestros padres y educadores, pero también nos lo creemos nosotros mismos al plantearnos la entrada en el mundo “de los mayores”, ya sea laboral, universitario o qué sé yo. O puede que solo sea un asunto hormonal y la propia biología nos lleve por ese camino, cuando en nuestra pubertad, pensando que aquella joven personita que anhelamos, la que nos hace tilín y tratamos de impresionar, dejará de aceptarnos si no nos mostramos como mayores, como “se supone que debemos ser”. Pura selección natural darwininana, vamos.

Curiosamente, hay aves macho que para conquistar a la hembra muestran grandes papadas rojas, o plumajes de vistosos colores… y muchos de nosotros lo que exhibimos es una versión acartonada, responsable y gris de nuestra persona, alguien en quien parezca que se puede confiar (confiar? según qué parámetros?), un hombre de provecho, maduro, hecho y derecho. Y que en realidad va derecho… al fracaso: unos años después descubrimos que, a menudo, esto funciona precisamente al contrario, y que el otro sexo prefiere a alguien divertido, con chispa y cierto desmadre. Para entonces ya suele ser demasiado tarde, ya nos hemos apagado y nos supone un tremendo esfuerzo volver a sacar ese niño que, en el fondo, nunca dejamos de ser.

Antes he mencionado algo de dejar atrás nuestra infancia, como si existiera un punto tangible de transición. Pero bien pensado, qué es lo que determina el final de la infancia? Acaso la infancia es un estado físico, que se termina cuando nuestros huesos dejan de crecer? O quizás cuando pasamos a ser capaces a nivel reproductor (iba a decir sexualmente activos, pero eso en la actualidad suele ocurrir más tarde)? En cualquier caso, habría que ver si esos hitos vitales tienen consecuencias sobre nuestra mente y emociones. Tengo mis dudas sobre si cuando “somos adultos” ciertamente pensamos o sentimos diferente a cuando “éramos niños”, o si en realidad lo que hacemos es limitar la expresión de nuestra mente y de nuestos sentimientos, por toda esa parafernalia exterior que nos creamos y nos creemos.


    Facebook Twitter Meneame Digg del.icio.us Google Bookmarks email

La zona gris


Dejar un comentario

Solo se publicarán mensajes que:
- sean respetuosos y no sean ofensivos.
- no sean spam.
- no sean off topics
- siguiendo las reglas de netiqueta, los comentarios enviados con mayúsculas se convertirán a minúsculas.



W3Counter