Taller de meditación integrativa

Cuaderno de Viaje (6)

Lunes 6 de julio. Granada.
Aún queda nieve en Sierra Nevada pese al sol abrasador de julio.

Pasar la tarde en el mirador de San Nicolás es como formar parte de una coreografía espontánea con la Alhambra como decorado, que allí permanece, mil veces fotografiada. Aunque hay que aclarar que los toscos muros del edificio nada tienen que ver con la sutileza de sus yeserías interiores. Cumple bien la regla árabe de no hacer exhibicionismo de las riquezas en el exterior de los edificios.

Allí, en el Mirador de San Nicolás, están propios y extraños. Los vendedores de artesanía, el pintor de acuarelas, los gitanos flamencos, los perros-flauta, las mujeres del barrio, el chaval con la bici… Van y vienen bajo las sobras de unos pocos árboles compartiendo escena con turistas y curiosos. Es un lugar de granizados y porros y niños gritando junto al aljibe. Y, por supuesto, de cámaras digitales.

La Policía tensa la escena

Es la hora de la siesta y todo está tranquilo y lento. De repente irrumpe la Policía Local en la escena y todo se tensa. Los porros se contraen. Una chica con el pelo verde se va. El pintor guarda las acuarelas.

El chaval sigue con su bicicleta. Kamikaze. Desafía a la autoridad. El perro del perro-flauta se enfrenta. La escena se pone fea. Los turistas pasan con sus maletas, algunos no se dan ni cuenta.

Requisan la artesanía de los vendedores ambulantes que viven al día, o sea que hoy no viven. Entre los artesanos cuentan la leyenda urbana que han visto algunas piezas requisadas en el cuello de alguna mujer por las calles de Granada ¿la señora de un policía? Cuentan esta historia mientras maldicen su mala suerte de hoy. Aunque no hay nada que un porro no arregle, dice uno. Me viene a la imagen un graffiti que he leído al subir las cuestas del Albaycín: “El porro apollarda”. Al cabo de media hora el mirador de San Nicolás recupera su ritmo. El ritmo de la Alhambra y la litrona.

De repente encuentro mi sitio en aquel lugar. Es el sitio de observador. Salgo de la escena y me pongo a escribir pequeñas instantáneas. Mi cuaderno es mi caballete y mi bolígrafo el pincel:

Hay muchos tatuajes en las paredes del Albaycín

¡Qué bonita eres chica de rojo con el pelo tan largo!

Te llega hasta el final de la falda.

Y te suenan los cascabeles cuando caminas.

¿Perteneces al indio elegante el del gorro de paja?

Y sigo observado y escribiendo.

El gitano con cara de diablillo entra en escena.

Lleva su guitarra y su camiseta nueva.

Chulo y simpático con dos aros en las orejas.

Bigote retocado.

Le acompaña otro gitano con camisa negra.

Ríen y beben agua en el aljibe.

Si tocan flamenco esto va a merecer la pena.

Tres mujeres y tres perros charlan en una esquina.

El perro-flauta hoy acaba en la trena.

¡qué guapa eres morena!

Porros, rastas y cervezas

Quiyo, ¿dónde está el profeta?

El pintor fuma y garabatea.

Con la Alambra como decorado y yo estoy fuera.

Velázquez échame una mano;

Hazme un retrato del gitano, del pintor y de la morena.

¡Por el amor de Dios que no crezcan más las ciudades!

¡Qué arte tienes gitano, con tus llaves colgando!

Va cayendo la tarde ¡cómo me gusta miraros!

Va cayendo la tarde y el mirador se va llenando.

Unos guiris se sacan la botellita de vino

y el gitano ya está tocando.

Ole mi alma, que buen rollito me está entrando.

La Alhambra se va anaranjeando

Y venga fotografías. Antes de la cámara ¿cómo sería?

La luna sale como un sol inverso tras Sierra Nevada.

El perro ladra sin saber que la furgoneta de la perrera ya está llegando.

Como disfruto mirando y escribiendo. Me desahogo garabateando con mi mala caligrafía hojas y hojas de mi libreta. Describiendo lo que veo, jugando, sin mayores pretensiones. Y noto como me va relajando como si hubiera encontrado la válvula de escape de mi olla a presión.

Cuando me pica el hambre, me acerco a un bar situado detrás del Mirador llamado ‘El cafetín de la porrona’ donde una mujer muy simpática me convence de que pruebe su comida. Me como unas patatas a lo pobre y unas habas con jamón. Regadas con cerveza. Es muy difícil no beber cerveza en Granada. Así que sucumbo. La cerveza es algo inherente a esta ciudad, como la Alhambra o el flamenco.

La salida de la Luna

Luna Alhambra

Cuando cae la noche. Presencio un fenómeno nuevo para mí. La salida de la luna. Aparece tras las montañas de Sierra Morena como solo el Sol puede hacerlo. Es un amanecer lunar. Las cámaras digitales echan humo. Y las litronas corren como la pólvora. Los turistas flipan y todos nos quedamos anonadados, menos un gallego que me da la paliza mientras intento captar toda la belleza de lo que estoy viendo.


Los músicos flamencos ya han empezado a tocar en serio. Se han juntado el trío de rigor bajo la cruz de la plaza: un cantaor, un guitarrista y el palmero, que tras cada canción hace la ronda a ver si caen algunas monedas. Y allí, en esa plaza, palpo de cerca la famosa picaresca española, que en Granada sigue más viva que nunca.


El indio elegante que citaba arriba se me acerca y me acusa de trabajar para la Policía. Le ha sorprendido mi desfachatez a la hora de mirar y escribir. Me viene a la cabeza esa teoría científica que afirma que el observador siempre condiciona a lo observado. Y claro, yo me creía invisible, como si estuviera fuera de la escena. Mientras ellos se preguntaban: “El tío ese que hace ahí, mirando fijamente y escribiendo”. Le enseño lo que he escrito y se tranquiliza. Le gusta la parte que habla de él. Eso del “indio elegante” le hace cosquillas en la vanidad. Es un ratero peruano. Un simpático buscavidas. Un compadre suyo, llamado el Chato, también peruano, que hace bisutería de alambre y que habla hasta por los codos se une a nuestra conversación y acabamos yéndonos de cañas. Pasamos una noche muy divertida por los bares de la calle Elvira.

Martes 7 de julio. Granada


Hoy es mi último día en la ciudad. Decido caminar y me acerco hasta La Cartuja que está cerca del Campus Universitario. Una zona que todavía no he pisado. La verdad es que el Sacromonte y el Albaycín me tienen cautivo. Es un edificio sobrio en cuyo interior hay una joya. Tiene una sacristía que bien merece la pena visitar. Las baldosas ajedrezadas del suelo y los colores del mobiliario y los mármoles hacen que el lugar vibre. Las sensaciones son como un cosquilleo y merece la pena sentarse un rato y sentir. Se me cargan las pilas.

Me siento con ganas de andar y voy desde allí hasta el Sacromonte. Llego hasta la Abadía que hay en su cima. Cuando culmino la caminata, toda una paliza bajo el sol justiciero, me la encuentro cerrada. Cuando he digerido la decepción, busco un banco bajo una sombra para recuperar el aliento. Me siento muy relajado. El cansancio calla mi ruido mental y el lugar me mece. Dejo que los colores me empapen. Son muy intensos; el color tierra roja, el verde militar y el amarillo cerveza. Me doy cuenta que la zona energética del cuerpo que más se activa es el plexo solar, sobre la boca del estómago. La zona de las emociones. Me concentro un rato en esta maltrecha parte de mi cuerpo y veo como se va relajando. Es como un masaje interno. Al terminar me siento como nuevo. Y bajando las cuestas del Albaycín por enésima vez me despido de Granada.

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