Quien de verdad sabe de qué habla, no encuentra razones para levantar la voz. — Leonardo Da Vinci

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El poeta celta de Deià

Robert Graves y Mallorca.

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Algo sucedió el siglo pasado en Deià. La tolerancia que se respiraba en el pueblo y la belleza extrema del lugar fueron las condiciones perfectas para que se convirtiera en un centro artístico de primer orden. Entre Nueva York, París y Deià se estableció un puente por el que transitó la vanguardia artística durante más medio siglo. Hasta que la epidemia de especulación y la escalada de precios de las casas de los años 90 terminaron por devorar el espíritu de libertad y los artistas levaron anclas y buscaron otro lugar donde crear y vivir libremente.

La especulación sustituyó a la autenticidad y le robó al pueblo su alma bohemia. Un alma forjada durante siglos por personajes de la talla de Ramón Llull o el Archiduque Luis Salvador.

Hay quienes dicen que el ocaso sucedió cuando se abrió ‘La Residencia’. Otros piensan que fueron las ambiciones de un alcalde, que estaba en contra de la imagen de hippies sucios de algunos de sus vecinos, y que pensaba que era su obligación pulir un poco la imagen y lo que hizo fue acabar fastidiándolo.

La historia de ese Deià del siglo XX, casi mítico, es paralela a la historia de un poeta que allí habitó: Robert Graves.

Nos acercamos a su figura de la mano de su hijo, Tomás[1]. Juntos paseamos por Ca N’alluny, el hogar donde Robert pasó los mejores años de su vida y donde escribió la mayoría de sus obras. Allí creció el propio Tomás. La casa está situada en la carretera que une Deià y Soller y ahora es un museo que recoge la vida y obra del poeta.

El sentido del ritmo y la voz pausada de Tomás son perfectos para ir conociendo la estela de su padre. Me cuenta, como testigo de primera mano y con total generosidad la historia de su familia. Lo hace como quien repasa un álbum de fotos familiar.

‘Adiós a todo eso’

La Primera Guerra mundial fue traumática para Robert. Bruscamente cambió los claustros de la universidad por las trincheras. Fue herido de gravedad e incluso se informó a su familia de su muerte. Para resistir el horror del campo de batalla se refugió en la poesía.

Junto a su mujer Nancy Nicholson invitaron a Inglaterra a Laura Riding una poetisa americana que estaba en la cresta de ola de lo nuevo en los años 20. Tenían mucho interés en su obra pero al final acabaron en una especie de ménage à trois. Oficialmente, Laura era la secretaria de Robert pero la cosa se fue complicando: entró otro hombre en la relación, Laura intentó suicidarse…

Paralelamente, Robert Graves tomó conciencia de que no podía vivir una vida de poeta en una sociedad tecnificada y en un país que ya no se regía por los ciclos agrícolas. Las musas huían. La expansión de la técnica tras la guerra le agobiaba. Estaba furioso por la dirección mecanicista que había cogido Inglaterra. Entendía que la poesía solo podía surgir en contacto con los objetos y la naturaleza así que decidió buscar un lugar más propicio para vivir y escribir.

En 1929 dijo “Adiós a todo eso”[2] y dejo a su mujer y sus cuatro hijos. Fue la comidilla para su familia y el establishment. Sin embargo, su otra familia, los artistas, lo encajaron muy bien. En aquellos años 20 la moralidad de los artistas era muy similar a la de los años 60. Por eso Graves conectaría muy bien con los artistas jóvenes del hippismo. Él fue un hippie de la primera hornada. La semilla de la generación Beat, que a su vez sería la semilla de la ‘Revolución del amor’.

Laura Riding y él fueron al sur de Francia buscando a Gertrude Stain donde vivía con otra mujer, que era su pareja y secretaria. Ella les contó que durante la Primera Guerra Mundial había vivido en Mallorca, en el barrio de ‘El Terreno’. Tras pasar muchos años en París, Mallorca había sido un destierro para ella. “El paraíso si lo puedes soportar”, les dijo.

A Robert le atrajo de Mallorca que las cosas se hacían siguiendo el ritmo de las estaciones y no por el reloj…

Se decidieron por Deià porque era el lugar más barato de la Isla  para conseguir una casa y porque en esa época ya había una pequeña colonia de artistas. Había un grupo de pintores catalanes, otros alemanes… y la gente estaba acostumbrada a convivir con bohemios. Deià, tras el paso del Archiduque Luis Salvador de Austria, era un pueblo acostumbrado a ver gente rara.

En los años 30 la gente del pueblo estaba muy abierta. Comenzaron las fiestas y bailes. Laura Riding pinchaba discos de Louis Amstrong y un grupo local tocaba. Mucha gente de otros pueblos acudía porque a diferencia del resto de pueblos de la zona se podía bailar “agarrados”.

La red en torno a Deià se iba tejiendo y el pueblo iba cobrando vida. Escritores y artistas acudían a visitar a Graves y algunos se quedaban por allí. Cuando se rumoreó que se quería abrir un hotel, a los artistas no les gustó la idea. Sospechaban que el turismo acabaría con su utopía. Graves había comprado los terrenos que unían Deià con la cala y había abierto el camino que hasta entonces había sido un sendero de cabras. Propuso una idea alternativa: crear una comunidad de artistas y una universidad abierta. Pero un temporal de viento se llevó la carretera y con ella la idea.

El agujero de la guerra

Solo hubo un familia extranjera que aguantó la Guerra Civil en Deià, la familia del pintor Gites, que se pasó varios años sin pintar fuera de casa porque podía ser acusado de hacer croquis para el enemigo. Pintaba naturalezas muertas dentro de casa y comía algarrobas.

La situación política se puso tan fea en España que Graves y Laura tuvieron que salir. Embarcaron en un barco que la Royal Navy envió a Mallorca para repatriar a los británicos. Graves convenció al capitán para que dejase subir a bordo a un amigo suyo alemán y judío, Karl Gay. Si hubiera sido repatriado a Alemania hubiera acabado, probablemente, en un campo de concentración. En el año 56, Gay, regresó a Mallorca y trabajó como secretario del poeta hasta que en 1976 su producción literaria comenzó a menguar y se fue a trabajar como bibliotecario a Nueva York.

Al salir de Mallorca, Robert y Laura, estuvieron primero en Francia, pero otra guerra, la Segunda Mundial les empujó hasta Estados Unidos. Allí, Graves, conoció a Beryl Hodge, una mujer de izquierdas proveniente de una familia de abogados que había estudiado ciencias políticas y filosofía y con la que continuaría su andadura sentimental tras romper su relación con Laura. Robert y Beryl  regresaron a Inglaterra donde tuvieron tres hijos. En 1946 volvieron a Mallorca donde ocho años después nacería Tomás. La persona que hoy me cuenta esta historia.

La presencia de la ‘Diosa’

Los valores de Graves sintonizarían mucho con los actuales. Daba mucha importancia a la vida ecológica y hablaba de volver a respetar los ritmos naturales. Su principal interés era la inspiración poética, como una continuación de la presencia de la Diosa. A través de la Luna, los ciclos lunares… todo ello  fue la base de su libro “La diosa blanca”. Cuando esta obra vio la luz en los años 40 fue un poco incomprendida aunque con el nuevo movimiento feminista en Estados Unidos tuvo mucho eco. Había sectas que se basaban en “La diosa blanca” para justificar extrañas prácticas neopaganas. Cuando lo que revelaba el libro era cómo el patriarcado depuso al matriarcado en Europa y qué queda en nuestra cultura de la diosa. A parte del símbolo de la fertilidad, el resto de símbolos femeninos son tabú y dan mala suerte. Por ejemplo, el número trece que corresponde a las lunas del año y al periodo de la mujer.

Para Graves la auténtica poesía es la constancia de la presencia de la Diosa en cada uno de nosotros. Esa Diosa puede ser la virgen, la madre o la bruja. Las tres encarnaciones, que son la luna negra, la roja y la blanca. Y que puede pasar de una a otra sin avisar.

Con Joshua Podro, un experto judío, escribió, “El Evangelio Nazareno Restaurado” del que sólo se editaron mil ejemplares. Era un intento de desenmarañar los errores de todos los traductores de la Biblia y los censores de la Iglesia a lo largo de la historia. Graves y Podro se basaban en las leyes y tradiciones judías para averiguar lo que realmente querían decir los evangelios y “restaurarlos”. Este interés surgió a raíz de su novela histórica que escribió en los años  40, el “Rey Jesús”, que era como una visión nueva de Jesús y su relación con la tradición femenina. Temas que se adelantaron a “El Código Da Vinci”.

Un día en la vida de Graves empezaba muy pronto. Trabajaba sin parar hasta mediodía. Después de comer, una siesta de unos breves minutos. Luego seguía escribiendo hasta las cuatro. Hora en la que iba a buscar el correo; mantenía correspondencia con mucha gente. En el pueblo tenía un poco de vida social. A veces contestaba el correo sentado en el café y normalmente volvía a casa. Tomaba el té, charlaba un poco y luego iba a la cala a nadar. Estaba en forma, daba unos pasos muy grandes. La gente tenía que correr para seguirle.

Robert había heredado el gusto por la poesía de su padre irlandés, un bardo honorífico de la sociedad celta.  Y la disciplina de su madre alemana. A lo largo de su vida escribió unos 8 millones de palabras a mano. Con 115 libros editados. Cada 5 o 6 años volvía a sacar una poesía selecta. Incluía poemas nuevos, sacaba viejos,  rescribía algunos. Era un canon movible.

A parte de la faceta de poeta, Graves. tenía la de novelista histórico, que era la que pagaba las facturas. “Yo, Claudio” fue el máximo exponente. No contaba historias sino que más bien descifraba enigmas históricos. No escribía un libro simplemente por el placer onírico de inventarse un mundo, si no para resolver algun problema y satisfacer su propia curiosidad. Cuando intentaba desentramar algún enigma le gustava toquetear objetos de la época. Tanto si era de un emperador romano, como de un asesino inglés del siglo XVIII o de la Odisea de la de la mitología griega.

Solo escribió un libro de ciencia ficción, en el que hablaba de un mundo futuro que estaba basado en las leyes poéticas titulado Siete días en Nueva Creta’. Después estaban los ensayos como “Los dos nacimientos de Dionisio”.

Cuando estudió en Oxford había estado conectado con un filósofo indio llamado Basanta Mallik y en los últimos años de su vida se interesó mucho por el Sufismo.

Llegan los 60

Después de la Segunda Guerra Mundial el Gobierno Estadounidense pagaba becas a ex soldados para estudiar y muchos fueron a París. Como el invierno era bastante duro, algunos acababan en Mallorca. En los años 50 apareció por la Costa Nord gente como George Sheridan y William Waldren. Hubo un grupo de artistas que se llamó “Els Deu del Teix”, compuesto por 8 o 9 americanos, 1 australiano y un par de mallorquines. Detrás de ellos llegaron algunos de los que luego se conocieron como “beatniks”, la generación de Jack Keruac.

Mati Klarwein, “el pintor desconocido más famoso del mundo” llegó a finales de los 50. A pesar del franquismo, el ambiente que se vivía en Deià era de libertad y creatividad. No eran gente colgada, también había disciplina de trabajo. Aunque por supuesto había fiestas. El coñac estaba muy barato y también había un jarabe para la tos que colocaba.

Empezó a cuajar un grupo de artistas semi-permanente. Ingleses, franceses…  gente que iba a Estados Unidos, trabajaba 6 meses y luego con ese dinero podían vivir 6 meses en Deià sin trabajar. Deià-New York connection. Se podía cuidar una casa durante el invierno y vivir en ella a cambio de mantenerla limpia y caliente. En el verano, el pinar y la bóveda celeste acogían a más de uno.

En los años 60 sucedió algo que Graves ya había vivido en los años 20. Hubo una reacción a la guerra. Fue una contestación al materialismo que provocó la búsqueda de algo más espiritual y filosófico. Robert Graves y Matti Klarkwein eran las figuras más conocidas de Deià pero en esa época recalaron en Deià pintores (Domenico Gnoli) poetas (Robert Bly o W. S. Merwin) y músicos (Robert Wyatt, Kevin Ayers, David Allen).

En esa época, Graves, se había concentrado en depurar la poesía de amor. Siempre estaba enamorado, la musa acudía a visitarle y esto le creó una imagen en consonancia con los tiempos del hippismo. Si le hubiera pasado antes hubiera sido un viejo verde, pero como era una época muy libre y toda una generación sintonizaba con sus ideas, se convirtió en una especie de gurú. Algo que le hacía gracia hasta cierto punto.

El tamaño del Deià era suficientemente pequeño para que hubiera mucho contacto y su geografía permitía que la gente que se llevaba mal, pudiera evitarse. Aunque solo había un bar, más o menos se sabía a qué hora iba cada cual y en el pueblo siempre había dos rutas para llegar a cualquier sitio. Había muchos egos. También influyó el hecho de que fue un pueblo que se había quedado casi vacío.  Pasó de 1.400 habitantes a finales del siglo XIX a 500 en los años 50 del siglo XX. Se habían ido a Francia, Argentina o Venezuela. Había muchas casas vacías y los precios eran muy baratos. Y viviendo allí no se podía gastar mucho más que en café y en coñac.

Graves quiso llevar una vida poética y artesanal. Hacerlo todo a mano, estar muy en contacto con la tierra y los ritmos. Lo primero que enseñaba cuando venía alguien a visitarle, ya fuera un periodista para entrevistarle o algún político para agasajarle, era el montón de compost de su jardín y les decía: “¡mira, mira, ves que está caliente, tócalo mete la mano!”. Como estaba sentado muchas horas, tenía que quemar calorías, y lo hacía caminando y trabajando en el jardín. Le gustaba hacer mermeladas y hasta experimentaba con comer plantas y raíces silvestres al vapor como parte de su investigación histórica.

En Ca Nalluny cada vez que salía la luna nueva se hacían nueve reverencias. Investigó las supersticiones y averiguó el origen de muchas de ellas. Conocía muy bien la tradición sajona y celta. Creía mucho en la magia y tenía muchos objetos fetiche. Uno de ellos era una campana africana que cuando había sequía, la hacía sonar sobre el agua corriente. A parte de vivir con los pies en la tierra, Robert Graves se sentía muy protegido y arropado por los dioses y las diosas. A parte de vivir con los pies en la tierra…

[1] Tomás Graves. Maestro Artesano Impresor, bajista de Pa amb Oli Band y escritor (‘Volem Pa amb Oli’, ‘Un hogar en Mallorca’, ‘Tuning up at Dawn’).

[2] En 1929 publicó su autobiografía Goodbye to All That (‘Adiós a todo eso’, revisada por él mismo y publicada de nuevo en 1957), obra que tuvo un gran éxito pero le costó muchas de sus amistades.


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2 comentarios para “El poeta celta de Deià”

  1. Toni dice:

    He encontrado muy interesante este artículo, ya que indaga en aquellos años en los que el nombre de Mallorca iba asociado a la cultura mediterránea, a la literatura y arte, a los saberes tradicionales y a la acogida de turistas de pedigrí que nos mostraban, con su presencia y su modo de vivir, las infinitas posibilidades de aprendizaje y de disfrute de la vida de nuestra isla. Lástima que todo eso sea historia, pero espero que nuestros hijos y nietos algún dia puedan volver a tan sentirse orgullosos de su tierra como nosotros lo estábamos de nuestros antepasados y sus ilustres visitantes.

  2. Gracias por este articulo tan interesante sobre la autenticidad de Deia, aunque la sociedad evoluciona no es siempre para bien y no es necesario pulir la imagen de nada, como bien defines en tu articulo, gracias a las personas que han venido a vivir a este pueblo como Arturo Rhodes, Robert Graves, George Sheridan, Mati Klerwein, Thomas Graves por hacerme sentir bien artisticamente en mi propia isla…tuve la ocasión de participar en una colectiva en la galeria Max con la presencia de Mati, lo recordaré siempre.

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