Se podrá buscar petróleo en las costas de Balears

Es un hecho que la demanda de petróleo en el mundo supera la oferta. Cada vez es más difícil y caro encontrar pozos de petróleo, y las empresas están afilando los dientes y quieren hacer prospecciones en lugares que hasta ahora se descartaban.

En este contexto, el Parlamento Español, con los votos de PSOE, CIU y PNV, ha abierto la puerta a que empresas interesadas inicien estudios de prospección petrolífera en el mar Mediterráneo, cerca de Balears. A menos de 200 kilómetros de Mallorca ya hay 131 pozos, puntos de cata y sondeos de prospección autorizados por los sucesivos gobiernos desde 1974. La votación tumbó la iniciativa del senador Pere Sampol, cuyo objetivo era derogar los permisos aprobados por el Gobierno para la investigación de hidrocarburos en las proximidades de la reserva marina de las Islas Columbretes, frente a las costas de Valencia, hasta 35 millas de Eivissa, y frente a las costas de Málaga y Cádiz.

Sampol defendía que los pozos de petróleo en el mar, así como el tráfico de barcos petroleros y las conducciones marítimas, suponen un “grave” riesgo para las zonas de alto interés ecológico, para los ecosistemas marinos y para la industria pesquera y turística.

Los partidos que tumbaron la iniciativa se escudaron más en las formas de la propuesta que en el fondo.

A partir de ahora, las empresas con interés en extraer petróleo en las costas próximas a Balears pueden iniciar los estudios documentales. Sin bien es cierto que para poder ejecutar las prospecciones necesitarán de un informe de evaluación de impacto ambiental, este informe lo realiza la propia empresa que formula el proyecto. Posteriormente estará sometido a una fase de información pública en la que se podrán presentar alegaciones. El encargado de evaluar y aprobar este trámite es la Dirección General de Política Energética y Minas.

En caso de que la empresa superara estos trámites, se instalarían plataformas petroleras y comenzaría la extracción. Son muchas las voces que se han levantado contra el hecho de que una economía como la balear, que tanto depende de la calidad de sus costas y ecosistemas, pueda verse amenazada por un vertido. Aún permanece en la memoria de muchos el último gran desastre de este tipo ocurrido en el Golfo de México, en el que la plataforma DeepwaterHorizon de BP vertió millones de litros de crudo al mar, ocasionando una catástrofe ecológica y una sangría económica para EE.UU. Exponer a los ecosistemas marinos y a la economía de las Baleares a un riesgo de este tipo ha encendido las alarmas de los grupos ecologistas y de muchos ciudadanos sensibles.

La revolución silenciada en Islandia

Recientemente nos han sorprendido los acontecimientos de Túnez que han desembocado en la huida del tirano Ben Alí, tan demócrata para occidente hasta anteayer y alumno ejemplar del FMI. Sin embargo, otra “revolución” que tiene lugar desde hace dos años ha sido convenientemente silenciada por los medios de comunicación al servicio de las plutocracias europeas. Ha ocurrido en la mismísima Europa (en el sentido geopolítico), en un país con la democracia probablemente más antigua del mundo, cuyos orígenes se remontan al año 930, y que ocupó el primer lugar en el informe de la ONU del Índice de Desarrollo Humano de 2007/2008. ¿Adivináis de qué país se trata? Estoy seguro de que la mayoría no tiene ni idea, como no la tenía yo hasta que me he enterado por casualidad (a pesar de haber estado allí en el 2009 y el 2010). Se trata de Islandia, donde se hizo dimitir a un gobierno al completo, se nacionalizaron los principales bancos, se decidió no pagar la deuda que éstos han creado con Gran Bretaña y Holanda a causa de su execrable política financiera, y se acaba de crear una asamblea popular para reescribir su constitución. Y todo ello de forma pacífica: a golpe de cacerola, gritos y certero lanzamiento de huevos. Esta ha sido una revolución contra el poder político-financiero neoliberal que nos ha conducido hasta la crisis actual. He aquí por qué no se han dado a conocer apenas estos hechos durante dos años o se ha informado frívolamente y de refilón: ¿qué pasaría si el resto de ciudadanos europeos tomaran ejemplo? Y de paso confirmamos, una vez más, por si todavía no estaba claro, al servicio de quién están los medios de comunicación y cómo nos restringen el derecho a la información en la plutocracia globalizada de Planeta S.A.

Breve historia de los hechos

A finales de 2008, los efectos de la crisis en la economía islandesa son devastadores. En octubre se nacionaliza Landsbanki, principal banco del país. El gobierno británico congela todos los activos de su subsidiaria IceSave, con 300.000 clientes británicos y 910 millones de euros invertidos por administraciones locales y entidades públicas del Reino Unido. A Landsbanki le seguirán los otros dos bancos principales, el Kaupthing el Glitnir. Sus principales clientes están en ese país y en Holanda, clientes a los que sus estados tienen que reembolsar sus ahorros con 3.700 millones de euros de dinero público. Por entonces, el conjunto de las deudas bancarias de Islandia equivale a varias veces su PIB. Por otro lado, la moneda se desploma y la bolsa suspende su actividad tras un hundimiento del 76%. El país está en bancarrota.

El gobierno solicita oficialmente ayuda al Fondo Monetario Internacional (FMI), que aprueba un préstamo de 2.100 millones de dólares, completado por otros 2.500 millones de algunos países nórdicos.

Las protestas ciudadanas frente al parlamento en Reykjavik van en aumento. El 23 de enero de 2009 se convocan elecciones anticipadas y, tres días después, las caceroladas ya son multitudinarias y provocan la dimisión del Primer Ministro, el conservador Geir H. Haarden, y de todo su gobierno en bloque. Es el primer gobierno (y único que yo sepa) que cae víctima de la crisis mundial.

El 25 de abril se celebran elecciones generales de las que sale un gobierno de coalición formado por la Alianza Social-demócrata y el Movimiento de Izquierda Verde, encabezado por la nueva Primera Ministra Jóhanna Sigurðardóttir.

A lo largo del 2009 continúa la pésima situación económica del país y el año cierra con una caída del PIB del 7%.

Mediante una ley ampliamente discutida en el parlamento se propone la devolución de la deuda a Gran Bretaña y Holanda mediante el pago de 3.500 millones de euros, suma que pagarán todos las familias islandesas mensualmente durante los próximos 15 años al 5,5% de interés. La gente se vuelve a echar a la calle y solicita someter la ley a referéndum. En enero de 2010 el Presidente, Ólafur Ragnar Grímsson, se niega a ratificarla y anuncia que habrá consulta popular.

En marzo se celebra el referéndum y el NO al pago de la deuda arrasa con un 93% de los votos. La revolución islandesa consigue una nueva victoria de forma pacífica.

El FMI congela las ayudas económicas a Islandia a la espera de que se resuelva la devolución de su deuda.

A todo esto, el gobierno ha iniciado una investigación para dirimir jurídicamente las responsabilidades de la crisis. Comienzan las detenciones de varios banqueros y altos ejecutivos. La Interpol dicta una orden internacional de arresto contra el ex-Presidente del Kaupthing, Sigurdur Einarsson.

En este contexto de crisis, se elige una asamblea constituyente el pasado mes de noviembre para redactar una nueva constitución que recoja las lecciones aprendidas de la crisis y que sustituya a la actual, una copia de la constitución danesa. Para ello, se recurre directamente al pueblo soberano. Se eligen 25 ciudadanos sin filiación política de los 522 que se han presentado a las candidaturas, para lo cual sólo era necesario ser mayor de edad y tener el apoyo de 30 personas. La asamblea constitucional comienza su trabajo en febrero de 2011 y presentará un proyecto de carta magna a partir de las recomendaciones consensuadas en distintas asambleas que se celebrarán por todo el país. Deberá ser aprobada por el actual Parlamento y por el que se constituya tras las próximas elecciones legislativas.

Y para terminar, otra medida “revolucionaria” del parlamento islandés: la Iniciativa Islandesa Moderna para Medios de Comunicación (Icelandic Modern Media Initiative), un proyecto de ley que pretende crear un marco jurídico destinado a la protección de la libertad de información y de expresión. Se pretende hacer del país un refugio seguro para el periodismo de investigación y la libertad de información donde se protejan fuentes, periodistas y proveedores de Internet que alojen información periodística; el infierno para EEUU y el paraíso para Wikileaks.

¿Se nos ha hablado de esto en los medios de comunicación europeos?

¿Se ha comentado en las repugnantes tertulias radiofónicas de politicastros de medio pelo y mercenarios de la desinformación? ¿Se han visto imágenes de los hechos por la TV? Claro que no. Debe ser que a los Estados Unidos de Europa no les parece suficientemente importante que un pueblo coja las riendas de su soberanía y plante cara al rodillo neoliberal. O quizás teman que se les caiga la cara de vergüenza al quedar una vez más en evidencia que han convertido la democracia en un sistema plutocrático donde nada ha cambiado con la crisis, excepto el inicio de un proceso de socialización de las pérdidas con recortes sociales y precarización de las condiciones laborales. Es muy probable también que piensen que todavía queda vida inteligente entre sus unidades de consumo, que tanto gustan en llamar ciudadanos, y teman un efecto contagio. Aunque lo más seguro es que esta calculada minusvaloración informativa, cuando no silencio clamoroso, se deba a todas estas causas juntas.

Algunos dirán que Islandia es una pequeña isla de tan sólo 300.000 habitantes, con un entramado social, político, económico y administrativo mucho menos complejo que el de un gran país europeo, por lo que es más fácil organizarse y llevar a cabo este tipo de cambios. Sin embargo, es un país que, aunque tiene gran independencia energética gracias a sus centrales geotérmicas, cuenta con muy pocos recursos naturales y tiene una economía vulnerable, cuyas exportaciones dependen en un 40% de la pesca. También los hay que dirán que han vivido por encima de sus posibilidades endeudándose y especulando en el casino financiero como el que más, y es cierto. Igual que lo han hecho el resto de los países guiados por un sistema financiero liberalizado hasta el infinito por los mismos gobiernos irresponsables y suicidas que ahora se echan las manos a la cabeza. Yo simplemente pienso que el pueblo islandés es un pueblo culto, solidario, optimista y valiente, que ha sabido rectificar, plantándole cara al sistema y dando una lección de democracia al resto del mundo.

Editorial: ¿Necesitamos un nuevo contrato social?

“¿Cuál es el mejor gobierno? El que nos enseña a gobernarnos a nosotros mismos.” J. W. Goethe

Nuestro sistema institucional no está pasando por uno de sus mejores momentos. Constantes casos de corrupción, enfrentamiento destructivo entre partidos, escasez de propuestas estimulantes, alejamiento creciente entre el discurso político y las necesidades de los ciudadanos… El resultado es una mezcla de hastío e indignación que pone en peligro las libertades y derechos de los ciudadanos. La crisis económica que vivimos es también política, y sobre todo de valores éticos y de formas de pensamiento.

Es un hecho que la participación de los ciudadanos en la política es insuficiente y no está a la altura de los tiempos que corren. La configuración institucional actual no es capaz de abordar los grandes retos a los que como sociedad nos enfrentamos: desempleo, crisis ecológica, modelos energético y de consumo, fracaso escolar… Y cada día queda patente cómo las instituciones públicas no pueden más que ir a remolque de las coyunturas económicas que marcan el ritmo, beneficiando a las grandes corporaciones y los intereses especulativos en perjuicio de las personas y el medioambiente.

Muchos de los mecanismos de gestión y participación públicas han quedado obsoletos, hasta el punto que quizá sea necesario un nuevo contrato social que actualice la relación entre los ciudadanos y el estado.

Ante este escenario marcado por la sumisión de los gobiernos a las élites financieras, una crisis política y un retroceso del bienestar de los ciudadanos, la apuesta sólo puede ser una revolución ética. Sin caer en un localismo estrecho ni nacionalismos excluyentes, debemos apostar por la relocalización de la economía y la política, y una reinvención de lo común. El espacio perfecto para que emerja una cultura del compartir y de la diversidad como patrimonio, que permita nuevas formas de redistribución de la riqueza y del tiempo de trabajo.

Más allá del resultado electoral que nos encontremos tras las elecciones, cada uno de nosotros podemos en nuestro día a día hacer los cambios que queremos ver en el mundo, con pequeños gestos y decisiones en nuestra vida cotidiana que vayan calando en nuestros representantes públicos para que tengan en cuenta:

  • La soberanía alimentaria a través de la agricultura ecológica
  • Un nuevo modelo energético descentralizado basado en energías renovables.
  • La educación emocional y ecológica en las escuelas.
  • Tancar el conflicte lingüístic acceptant que som una comunitat lingüística mestissa i plural.
  • Modernización de las instituciones aplicando transparencia, eficiencia y honestidad. Y expulsando definitivamente la corrupción.
  • Agilización de la burocracia y apoyo a los emprendedores sociales.
  • Apuesta por la banca ética frente a la desregulación del sistema financiero.
  • Diversificación de la economía frente al monocultivo turístico para generar empleo y resiliencia.
  • Acabar con la especulación urbanística y financiera.
  • Apuesta valiente por la democracia participativa.

Entrevista: José Luis Escorihuela “Ulises”

Si hay alguien en nuestro país que sabe de ecoaldeas y comunidades sostenibles, ese es José Luis Escorihuela, ‘Ulises’. Es licenciado en matemáticas y filosofía y se dedica a la resolución de conflictos y a la educación. Empezó hablando de ecoaldeas y ahora se centra en las relaciones, porque si no se trabaja a ese nivel, no hay comunidad posible.

Fundador de Selba Vida Sostenible, desde donde difunde estilos de vida más respetuosos con el medio ambiente y las personas, Ulises vive en Artosilla, una pequeña aldea en los Pirineos Centrales. Recientemente ha publicado su primer libro: “Camino se hace al andar: Del individuo moderno a la comunidad sostenible”. Próximamente visitará Mallorca para participar en el primer curso de Gaia Education que se impartirá en la Isla.

¿Qué puede motivar a una persona a querer vivir en comunidad?

En realidad siempre hemos vivido en comunidad. El individualismo más reciente tiene su sentido, al reconocer que tenemos derechos como individuos que no se pueden violentar y al ofrecer muchas posibilidades de expansión creativa. El problema surge cuando llegas al extremo de la individualidad: hace que todo sea mucho más difícil. La vida es muy dura cuando vives aislado y desconectado de los demás. Todo se multiplica en cuanto a trabajo, gasto energético y material. Esto afecta al medioambiente, ya que se consume más viviendo atomizadamente que en comunidad, y a nuestra felicidad interior. Lo que mucha gente necesita y está buscando es cómo satisfacer su ansia de expresión individual y autónoma, en el marco de una comunidad que le apoye y le permita mejorar esas posibilidades de desarrollo.

¿Cómo serán las comunidades del futuro?

Van a ser comunidades de individuos. No podemos renunciar a algo que tanto nos ha gustado, pero hay que integrar la parte de comunidad. Y eso está todavía por explorar. La fuerza de una comunidad consiste en conjugar muy bien las necesidades individuales y colectivas, a través de un proceso grupal permanente. Sin líderes dogmáticos, ni normas estrictas, sino con flexibilidad y un liderazgo de servicio a distribuir. Cuando tienes esa comunidad, las posibilidades del individuo son mayores, ¡y esa es la clave! Lo que tú no puedes hacer solo, en comunidad lo puedes hacer. Puedes conseguir mucho más en cuanto a tus capacidades de desarrollo y de plenitud en un marco grupal.

Ahora es un buen momento: hay muchos individuos cuyo nivel de conciencia les permite ver esa necesidad. Imagino que a partir de ahora saldrán muchas más comunidades de este tipo.

¿Cómo es el sistema en el que estamos inmersos y que queremos cambiar?

Todos formamos parte del sistema. Unos estamos empujando por un lado, y otros por otro. No abogo por crear algo al margen del sistema – yo estoy involucrado y soy parte del sistema. Ahora bien, dentro de las líneas dominantes, la más dañina es ese proceso de individualización extrema que se convierte en atomización, desconexión y separación: supone una forma de vida muy costosa en cuanto a recursos humanos y energéticos. Hay que tener una casa y comodidades para cada persona, con todo el impacto que conlleva. Establecemos relaciones que se basan sólo en el mercado. Todo eso es bastante pernicioso.

¿Cómo hemos llegado a este punto tan deshumanizado?

El capitalismo ha influido bastante. Si cada miembro de la familia es un consumidor los beneficios se multiplican por 3 ó más. Antes, una familia extensa consumía una cosa para toda la familia; si ahora cada individuo tiene que consumir, ¡genial para el sistema económico! Quienes se benefician de ello han empujado en esa dirección. No considero malo el mercado, pero el sistema basado en la especulación es un desastre. Y la religión oficial ha contribuido muchísimo a que se mantenga un status-quo que sólo favorece a unos pocos. Si juntas una cultura que favorece la expresión individual exagerada, un sistema económico que favorece la acumulación de la riqueza en manos de unos pocos y el consumismo exacerbado, y unos sistemas religiosos que mantienen el actual status-quo… el resultado es algo que merece la pena cambiar.

¿Qué hace que un grupo de personas pueda vivir juntos en un lugar?

En el pasado el principal aglutinante era la necesidad de enfrentarse a un ambiente externo hostil. La gente en su pueblo estaba segura, y si tenía fortaleza y murallas, mejor. Después aparecieron las primeras comunidades espirituales que encontraron un aglutinante en la religión, en un conjunto de creencias. En el siglo XIX se intentaron las primeras comunidades utópicas laicas, que fracasaron. ¿Puede ser la razón un aglutinante válido? Mi respuesta es: claramente, no. Los intentos de comunidades que se basan en la razón dicen: somos personas racionales, nos juntamos, discutimos nuestros problemas y encontramos acuerdos. Esas comunidades han fracasado todas. Hace falta buscar algún otro elemento que realmente nos lleve hacia la unión. Para mí, solamente hay un aglutinante válido cuando se habla de buscar la unidad por debajo de todas las posibles diferencias: amor, compasión, espíritu… Lo puedes llamar de muchas maneras, pero si no hay algo así, no se une a la gente.

Creo que los individuos más conscientes van a descubrir esa capacidad amorosa para verse como seres participantes en una red de relaciones que es más amplia que ellos mismos. Esa fuerza unificadora o amorosa será el aglutinante del futuro.

¿Es pertinente hablar de tribus cuando hablamos de ecoaldeas?

Hay mucho que aprender de las tribus. Es una buena palabra para una comunidad familiar extensa, pero no vale para ecoaldea. La ecoaldea es un conjunto de tribus. Las tribus primitivas no llegaron a ese nivel de conciencia de conocimiento del individuo. Con nuestra condición de individuos desarrollada, no podríamos soportarlo. Hay mucho que aprender de todas las tribus que hay en el mundo, pero no es un modelo válido. Sea lo que sea la comunidad, tiene que ser una comunidad de individuos. Y ese es el reto.

¿Cuáles son otros retos y dificultades comunes a los que se enfrentan las ecoaldeas?

Los retos son crecer y servir como modelo para un cambio social. Para ello hay que desarrollar todos los aspectos que forman parte de una ecoaldea: la ecología, los aspectos sociales, la economía, la parte cultural y espiritual… y hace falta un grupo de gente grande para que todo eso esté completo. No es fácil crear una comunidad sostenible, saneada, que permita construir casas. El principal problema es la vivienda, la construcción, la habitabilidad… Tendría que ser más sencillo cubrir la necesidad básica de la vivienda, sin tener que hipotecarse durante 50 años.

Todas las ecoaldeas quieren crecer y a la vez no pueden. Si no crecen lo tienen difícil a la hora de hacer una economía local consistente y no tener que depender del sistema exterior. Eso lo han conseguido muy pocos proyectos. Incluso los grandes, mientras haya sólo unas 100 personas, dependen del sistema. Crear una economía más fuerte a nivel local, a nivel interno, es otro gran reto.

¿Los temas de los conflictos entre personas también deben ser un reto?

Yo empecé hablando de ecoaldeas y ahora sólo hablo de relaciones, porque si no arreglamos ese paso previo no hay nada que hacer en realidad. Todo mi interés, al principio, era difundir las ecoaldeas. Cuando encontré gente que lo había intentado, todos me decían lo mismo: habían fracasado por los conflictos interpersonales. Entonces pensé que había que dar un paso anterior: nos tenemos que arreglar a nivel de relaciones. No podemos afrontar un cambio social si no cambiamos también la manera de relacionarnos. La viabilidad de un proyecto depende de que se tengan herramientas para hacer que los conflictos, decisiones, relaciones y comunicaciones internas funcionen mejor. Trabajar la convivencia… ese sí que es un gran reto.

Otro reto más es contar con una visión holística. No se puede crear una comunidad sostenible si no somos capaces de integrar lo local dentro de un marco global. Hay muy pocas ecoaldeas que tengan esta visión tan global, pero si no piensas en el futuro, en las siguientes generaciones, no eres sostenible. En algunos proyectos de comunidad se vive demasiado apegado a lo local, a lo presente… y falta una visión más amplia, holística, que es la parte más espiritual, o como quieras llamarlo. La fe en el espíritu te abre la mente, mientras el apego a una identidad te la cierra un poco.

¿Qué nos está fallando en las relaciones interpersonales que hace tan difícil la colaboración?

Lo primero es la comunicación. Podemos querer crear muchos mundos alternativos, pero hemos sido educados con unos patrones de comunicación y de comportamiento que, quieras o no, vienen del viejo paradigma. Si nuestro trabajo personal no va acompañado de un trabajo interrelacional, choca con nuestras respuestas automáticas… Cuando estamos muy presentes en nuestro ser, muy centrados, somos muy capaces de mantener una relación, digamos, sana. ¡Pero eso no es tan normal! En los momentos de dificultad es frecuente que salga ese “yo” que se creó con un tipo de comunicación bastante violenta y agresiva.

Otro punto clave es que podamos vivir con personas muy distintas a nosotros, y reconocer que bajo tantas diferencias hay algo que nos sigue uniendo. Eso que en la teoría nos parece cierto, en la práctica, no lo es. Podemos hablar de lo bonita que es la diversidad, pero luego queremos que se hagan las cosas como a nosotros nos gusta. Esa dificultad se supera si somos capaces de percibir continuamente la unidad, y no darle importancia a cómo se hagan las cosas, y decir: “pues yo lo haría así, pero no me importa que se haga asá…”.

Entre la mala comunicación y la dificultad que tenemos para concretar aquello que en teoría nos gusta, no es fácil gestionar la diferencia. Son dos puntos clave que hay que trabajar.

¿Las comunidades biorregionales son una posibilidad interesante donde hay dificultades para crear una ecoaldea?

El biorregionalismo se basa en difuminar las fronteras políticas y considerar otro tipo de fronteras, culturales o naturales. Si estoy en un lugar que se caracteriza a nivel geográfico por tener unos valles o unas montañas, a nivel cultural por una tradición, en vez de crear mi propia comunidad, voy a ocuparme de ese lugar, y buscar personas que, aunque no vivan conmigo, tengan interés en cuidar del lugar. Aunque hay que evitar los nacionalismos identitarios.

Establezcamos relaciones, creemos redes cuyo objetivo sea que la agricultura sea ecológica, que se respeten los ciclos naturales, que la contaminación sea cero… Así estamos creando una comunidad sin que sea una ecoaldea. Si las distancias no son grandes y existe un lugar de encuentro físico, la comunidad consiste en pequeños grupos dispersos en un espacio con capacidad de juntarse. Este es el modelo en el que estoy viviendo ahora mismo. En Artosilla (Huesca) somos 8 personas, al lado hay otro pueblo de 30 personas, otro de unas 10… y entre todos juntos podemos hablar de comunidad. Ese va a ser el modelo del futuro: una comunidad intencional o familia extensa con buenas y estrechas relaciones. En una finca, en un bloque de apartamentos, en una casa… creas el primer nivel de comunidad, que es una especie de familia extensa renovada. Si tenemos 3 ó 4 pueblos, y en cada pueblo hay 3 ó 4 familias conectadas creando su pequeña comunidad local, ya tenemos la comunidad biorregional donde las necesidades básicas se pueden satisfacer. En el nivel familiar satisfaces las relaciones afectivas, muy estrechas e íntimas; en el nivel local satisfaces otro tipo de relaciones, sobre todo con el trabajo, y después, en el nivel biorregional, satisfaces relaciones más sociales o espirituales.

Dada la imposibilidad de comprar tierras o de vivir juntas las personas, este es un modelo con mucho futuro.

Resiliencia Transformativa

La palabra “resiliencia” no se oye mucho en castellano, pero ahora, gracias al movimiento de las comunidades en Transición, está surgiendo su uso dentro del contexto de la sostenibilidad. Resiliencia en este sentido se refiere a la salud y la vitalidad de nuestras comunidades, a sus aptitudes de superar perturbaciones y mantener un funcionamiento básico de la sociedad.

No se puede separar a los sistemas sociales de los ecosistemas, porque son muy interdependientes. No existe un ecosistema que no haya sido afectado por las acciones humanas durante las ultimas décadas. Al fin y al cabo, nuestros sistemas sociales dependen de la bio-productividad del planeta y de los recursos naturales. La co-creación de una sociedad más sostenible depende de un mejor conocimiento de las dinámicas de cambio y de las interdependencias en los sistemas eco-sociales en que vivimos.

¿Cómo podemos integrar nuestras necesidades individuales y colectivas con las oportunidades y límites de los ecosistemas y del sistema planetario que habitamos? ¿Cómo podemos cultivar la resiliencia para responder de manera apropiada a cambios que no podemos evitar?

Responder al cambio de manera apropiada

Existen varias organizaciones y redes enfocadas en la investigación de la resiliencia. Una de las instituciones más prestigiosas es el Stockholm Resilience Centre . El trabajo de su director, Johan Rockström, sobre los ‘bordes planetarios’ es muy importante. La Resilience Alliance se formó hace más de 20 años y define la resiliencia así:

Resiliencia es la habilidad de absorber perturbaciones, de cambiar y después re-organizarse y seguir con la misma identidad (manteniendo una estructura básica y ciertos funcionamientos básicos).

Resiliencia incluye la habilidad de aprender de las perturbaciones. Si la resiliencia declina, también declina la magnitud de las disrupciones externas de las que el sistema puede recuperarse.

Valorar la resiliencia cambia el enfoque, desde perseguir sólo el crecimiento y la eficiencia, hacia la flexibilidad y la recuperación. Valorar sólo el crecimiento y la eficiencia en ecosistemas, negocios y sociedades puede resultar en sistemas muy rígidos y frágiles, que pueden ser victimas de transformaciones turbulentas. La capacidad de ser flexibles, de aprender y adaptarse, puede ofrecer innovaciones y nuevas oportunidades.

Existe una distinción importante entre la resiliencia de ecosistemas y la resiliencia de sistemas sociales. Como seres humanos y comunidades, tenemos la capacidad de anticipar y prepararnos para el futuro, aunque no podamos predecirlo exactamente. Cultivar la resiliencia transformativa nos prepara para responder a cambios inevitables.

¿Cómo se cultiva la resiliencia?

Según los investigadores de la ‘Resilience Alliance’, la resiliencia en sistemas eco-sociales depende de unas capacidades importantes:

La capacidad de resistir a disrupciones drásticas sin perder estructuras y funcionamientos básicos que mantienen la comunidad.

La capacidad de adaptarse ayuda a comunidades o biorregiones a mantener el funcionamiento de procesos clave durante periodos de cambios prolongados.

La capacidad de transformarse cuando es más apropiado crear nuevas estructuras y procesos porque las condiciones ecológicas, sociales, políticas y económicas del sistema existente son claramente insostenibles.

Por un lado, la resiliencia es la capacidad de mantener el “status quo” y, por otro, es la capacidad de transformar el “status quo” cuando ya no sirve como respuesta apropiada para las situaciones en que nos encontramos. Las crisis múltiples en los ámbitos sociales, económicos, ecológicos, incluso la crisis de consciencia, nos obligan a darnos cuenta de que lo que tenemos que cultivar es la resiliencia transformativa – no va a servirnos de mucho la resiliencia que mantiene el “status quo” porque trataría de mantener una situación profundamente insostenible. Rob Hopkins, co-fundador del movimiento de Transición, ha identificado tres principios sobre cómo podemos cultivar la resiliencia y diseñar comunidades más resilientes:

Cultivar más diversidad: una base económica más amplia que la actual, con diversas maneras de ganarse la vida, poner en uso las tierras, crear negocios y generar energía.

Cultivar la capacidad de aprender de los éxitos y fracasos locales: confrontar los resultados de nuestras acciones más a escala local, más cerca de nuestra vida cotidiana, donde no los podemos ignorar.

Cultivar más autodependencia local: sin abogar por la auto-suficiencia, es importante cultivar una mayor autodependencia y proteger a nuestras economías locales de las oleadas externas a través de la producción de alimentos locales y las energías renovables descentralizadas.

Por supuesto, la resiliencia transformativa no es solamente algo que tenemos que cultivar fuera, en nuestras comunidades – también la tenemos que trabajar en nuestro interior. El cambio hacia una sociedad sostenible nos exige cultivar ambas.

Anticipar el cambio y preparar la transición

Todavía tenemos tiempo para prepararnos para los cambios tormentosos que ya estamos vislumbrando. ¡Es hora de cultivar la resiliencia transformativa dentro de nuestras comunidades! Tenemos la responsabilidad – la habilidad de responder – de transformar nuestra sociedad hacia la sostenibilidad, creando estructuras y procesos más duraderos, que al mismo tiempo sean mucho más capaces de adaptarse a los cambios externos e incluso puedan ayudarnos a cultivar una calidad de vida más alta, que no esté basada en el consumismo.

La permacultura, la red europea y global de ecoaldeas, la red ibérica de ecoaldeas, los programas educativos de Gaia Education, el florecer del movimiento de las comunidades en Transición, la red de Slow Food, los innovadores y emprendedores del movimiento de los Bioneros (www.bioneers.org), los proyectos de la Blue Economy promovidos por Gunther Pauli , o los proyectos de Cradle to Cradle, son algunos ejemplos de la respuesta de la sociedad. Una respuesta comprometida a empezar el largo proceso de re-diseñar la presencia humana en el planeta, participar en la transición hacia una civilización sostenible y cultivar la resiliencia transformativa en nuestras comunidades y biorregiones.

El curso de ‘Diseño para la sostenibilidad: Educación de diseño de ecoaldeas y comunidades sostenibles’ creado por Gaia Education es una introducción idónea a la complejidad de conceptos, prácticas y aspectos integrados que forman parte de la transición hacia la sostenibilidad. Es más importante entender el marco holístico y la integración que enseña, que hacerse especialista en todos los campos. Para una colaboración más efectiva, necesitamos este marco holístico que nos ayuda a entender cómo encajan todas las dimensiones de la sostenibilidad, y qué aportamos cada uno de nosotros. El curso es un primer paso y un profundizar en el peregrinaje hacia un mundo más sostenible.

Este año (mayo 19-22, junio 23-26, septiembre, 15-18, y noviembre 3-6) el curso se realizará por primera vez en Mallorca, en Son Rul-lan, cerca de Deiá. www.sonrullan.es/gaia ó 971 734 990 (Mandy)

¿Qué hacemos con la energía en Balears?

Ante la situación de crisis energética que estamos viviendo, es necesario plantearnos en qué gastamos la energía en Balears y cuáles son nuestras fuentes de suministro. La realidad en cifras es la siguiente: tenemos una industria raquítica que consume menos del 6 %, casi una cuarta parte se utiliza en transporte aéreo (23%) y el resto está dividido a partes casi iguales entre el transporte terrestre (33%) y el resto de sectores (39%).

La energía eléctrica que generamos es ambientalmente muy costosa

Del total de combustibles que gastamos en Balears para generar electricidad, dos tercios los consumimos en los procesos de generación, transformaciones de tensión, transporte en el cableado y consumos necesarios para hacer posible la distribución.

Debemos ser conscientes de que por cada 100 toneladas equivalentes de petróleo usadas como combustible para producir electricidad, se pierden 68. De la energía en forma de combustibles fósiles que traemos a las Balears, casi la mitad se destina generar electricidad. El 33% del total de la energía contenida en los combustibles transportados a las Balears se ‘evapora’ en las centrales eléctricas.

El consumo eléctrico crece vertiginosamente

Entre 1999 y 2009, el consumo energético global de las Balears creció un 24%. El tirón más importante fue el de los productos petrolíferos que crecieron un 35%. Prácticamente todo este incremento se dedica a producir electricidad, cuya demanda ha crecido en un 32% en este período.

La electricidad es una fuente insustituible para algunas aplicaciones, especialmente las tecnológicas (electrónica, informática, telecomunicaciones, imagen y sonido) y el alumbrado (es difícil pensar en alumbrado por gas, antorchas o velas, existiendo la iluminación eléctrica de bajo consumo). Sin embargo, es un disparate usar electricidad para aplicaciones térmicas como calefacción, cocinas o agua sanitaria.

El imparable crecimiento de la población de las islas, unido al cambio de estilo de vida y a condicionantes como la moda o la falta de alternativas, hacen que resulte muy complicado contener el crecimiento del consumo.

Al no haber directrices claras en los códigos de edificación, se han equipado de manera masiva con electricidad los miles de viviendas construidas recientemente, porque resulta más simple y económico proyectar las promociones con electricidad que con una combinación de gas, electricidad y energías alternativas. Como resultado, los propietarios se encuentran con facturas elevadísimas porque tienen que recurrir a la electricidad en lugar de utilizar la fuente de energía más apropiada para cada uso.

¿Por qué no consideramos los RSU como ‘locales y renovables’?

La mayor parte de los residuos que se queman en la incineradora de residuos de Son Reus son restos de los envases y productos que se transportan a las islas por vía aérea o marítima.

Los principales avalistas de la incineración son las empresas de tecnología que las construyen, que las presentan como ecológicas con el argumento de que ‘sacan electricidad de la basura’.

Sin embargo, se trata de un flujo de materia unidireccional, no renovable. Además, en el caso de papel y plásticos, la energía que se recupera al incinerarlos no es más que una pequeña fracción de la energía necesaria para fabricar la misma cantidad de papel o plásticos. Al destruir recursos que se podrían reciclar, se convierten en un obstáculo para la sostenibilidad.

El desarrollo de las energías alternativas en las Balears

Hubiera podido ser mayor, pero ha topado con obstáculos, especialmente los paisajísticos y territoriales, que han dificultado su implantación.

Puede parecer paradójico que el principal grupo ecologista local, el GOB, se haya opuesto a la instalación de generadores eólicos, pero así ha sido. La oposición tiene un sentido: se ha visto con recelo la previsible proliferación descontrolada de instalaciones que implican un importante impacto paisajístico. Se ha visto la oportunidad de forzar un debate para definir en qué circunstancias sería aceptable su implementación: si fuera asociada a políticas de contención del crecimiento urbanístico, ahorro de energía y de cierre de centrales convencionales.

Análogamente, la instalación de huertos solares ha sido menor que en otros puntos del estado español por lo reducido del territorio y las normativas de protección del suelo rústico.

Conectados al continente

Hasta ahora éramos una isla. A partir de ahora, seremos un centro de consumo de electricidad conectado al continente. La ejecución de los megaproyectos del gasoducto y del cable eléctrico, aparte de un jugoso negocio para las empresas que los instalan y las que los explotarán, ha acabado con un modelo existente, basado en la generación local de electricidad. A partir de ahora, parte del consumo de electricidad que realicemos en Balears vendrá de las nucleares, principalmente de las españolas y las francesas.

Mientras se mantuvo un esquema de producción local a partir de combustibles foráneos, se materializó una discusión social intensa – y muy productiva – cada vez que se pretendía impulsar alguna ampliación de las instalaciones de generación eléctrica en las islas. La escasez de lugares idóneos y el deseo generalizado de conservar los lugares vírgenes, tanto del litoral como del interior de las islas, pusieron trabas a diferentes proyectos, que se abandonaron por oposición de colectivos de vecinos y de grupos ecologistas.

Esta mentalidad de aceptar los límites de un espacio finito es la que se precisa para plantear y resolver retos de sostenibilidad, pero conduce a planteamientos ‘peligrosos para el desarrollo’ que pueden conducir a la ‘paralización del crecimiento económico’.

Para seguir manteniendo el ‘status quo’ de crecimiento continuo, se tomó la decisión política de crear una conexión con el continente, con lo que se evita que la sociedad balear tenga que tomar decisiones que puedan conducir a la destrucción del territorio por construcción de nuevas centrales. Con ello se transfieren los impactos de la generación a otras zonas, a otros ciudadanos. La exportación del impacto permite alimentar un crecimiento continuado en las islas sin afrontar la discusión de una manera responsable, y se rompe la barrera del espacio físico como frontera al ‘desarrollo’. No se habla ya de si hay que ahorrar energía o de cómo hacerlo, con lo que se alimenta la destrucción del territorio por otros medios, al haber energía eléctrica para nuevos equipamientos y desarrollos.

Editorial: Las enseñanzas de JAPÓN

“La naturaleza no tiene prisa; sin embargo, en ella todo se consuma” Lao Tse

El pueblo japonés es admirable en muchos aspectos. Han superado en su historia grandes retos, y ahora les toca comenzar un nuevo capítulo de su historia. La magnitud de la catástrofe que hemos presenciado dificulta el análisis y nos enfrenta a cuestiones de gran calado. La exposición del ser humano a las fuerzas de la naturaleza, el camino de progreso que hemos escogido en los países industrializados, el suministro energético, el modelo económico, la crisis ecológica…

Deseamos que el impacto colosal que han padecido sea utilizado como palanca de cambio e inicien una reconstrucción hacia la sostenibilidad. Si aprovechan para rediseñar sus sistemas de una manera más respetuosa con las personas y el medioambiente, se podrán convertir en una potencia mundial del siglo XXI, resiliente y con capacidad para adaptarse a un escenario de escasez de combustibles fósiles y de crisis ecológica. Si Japón toma ese rumbo, es posible que otras partes del mundo lo tomen como referente y lo imiten. Todo ello puede significar el comienzo de una revolución global hacia la sostenibilidad.

En un contexto como el que vivimos de crisis sistémica, los colapsos se van sucediendo unos a otros, alimentando una megacrisis. Tras el batacazo del sistema financiero global en 2010, del que no somos capaces de recuperarnos, los acontecimientos en el norte de África y la catástrofe de Japón de 2011 han puesto encima de la mesa la crisis energética de nuestra civilización.

Estamos en un momento incierto, y tenemos muy poca perspectiva y demasiada velocidad para ver hacia dónde nos dirigimos. Poca reflexión y aprendizaje se observa en el cortoplacismo de los políticos, y la ciudadanía comienza a dar muestras serias de indignación.

Sin embargo, nunca en la historia se habían dado las condiciones para iniciar una transición global que rediseñe los sistemas humanos hacia un modelo nuevo y más respetuoso con las personas y el medioambiente. Una transición en este sentido no tiene precedentes en la historia de la humanidad. Pero es inevitable.

¿Cuántos puestos de trabajo se crearían al iniciar un cambio del modelo energético? ¿Cuántos empleos se pueden crear desmantelando centrales nucleares y construyendo instalaciones de energías renovables? Podemos hacerlo. El obstáculo son las grandes compañías eléctricas que se benefician de un sistema centralizado de distribución de la energía que les produce sustanciosos beneficios a costa de nuestro bienestar y posible desarrollo sostenible y los políticos incapaces de apostar por un cambio de modelo.

No estamos contra la tecnología, el progreso o el desarrollo. Apostamos por la tecnología apropiada. Aquella que contribuye al desarrollo del ser humano sin comprometer su salud ni la del planeta.

Es el momento. Hagamos el cambio. Hay mucho en juego. Y la opinión pública está ahora demasiado informada como para que le tomen el pelo descaradamente.

¿Ha comenzado la crisis energética?

La ola de empatía y solidaridad que ha sacudido el mundo como una réplica del terremoto de Sendai en Japón y sus dramáticas consecuencias posteriores, ha puesto sobre la mesa el debate de los modelos económico y energético a escala local y global. Es imposible no hacer reflexiones y tratar de sacar conclusiones sobre lo ocurrido.

Pese a la reticencia de los políticos, el debate está abierto, y son muchos los ciudadanos que quieren hablar de ello. Los grandes intereses económicos y muchas de las fuerzas que mueven nuestro mundo están implicadas y tratan de condicionarlo. Megacompañías petroleras como Exxonmobile o BP, lobby nuclear o compañías eléctricas con más poder e influencia que grandes estados así como el lobby nuclear juegan sus cartas y defienden su negocio. Sus modelos privilegiados y centralizados hacen que muchas veces tomen decisiones en contra de los ciudadanos a los que prestan servicios y al planeta del que se nutren para hacer caja. Los gobiernos, como el español, atrapados en una crisis económica, y cuya prioridad es activar la economía a toda costa para generar empleo, no están preparados para afrontar el reto de una transición hacia un sistema energético más seguro y ecológico.

La gigantesca industria petrolera que funciona a modo de sistema sanguíneo de nuestra civilización empieza a afrontar el hecho del pico del petróleo. Millones de coches, calefacciones, fertilizantes, tejidos sintéticos y un muy largo etcétera de productos y servicios existen gracias al petróleo. De hecho, nuestro concepto de progreso y nuestro estilo de vida dependen del petróleo. Nuestra civilización es adicta a esta sustancia y es difícil imaginar un desmantelamiento de esta industria descomunal.

Sin embargo, las complicaciones en el norte de África han hecho saltar las primeras señales de alarma. La desestabilización ocasionada por unos pueblos sometidos evidencia la vulnerabilidad de nuestra sistema energético. E incluso estamos viendo cómo los tentáculos de las dictaduras petroleras están enraizados en nuestros sistemas democráticos. Recientemente, el hijo de Gadafi afirmaba tener pruebas de que su padre había financiado la campaña electoral de Nicolas Sarkozy, presidente de Francia. Y los vínculos del ahora denostado dictador con las potencias europeas son notorios.

Fukushima noquea a lobby nuclear

Este panorama estaba dando alas al lobby nuclear, que ofrecía la energía atómica como alternativa a la crisis del petróleo. La catástrofe de Chernobil ocurrida en 1986 ya casi se había borrado del imaginario colectivo y todo soplaba a favor de este peligroso recurso. Sin embargo, el desastre de Fukushima Dai-Ichi ha supuesto un hito en este proceso, ya que ha evidenciado de nuevo el peligro nuclear. La catástrofe cuestiona abiertamente la alternativa nuclear al petróleo y hace más evidente la necesidad de un sistema global energético sostenible y limpio.

La crisis de Japón

Lo sucedido en Japón es de una magnitud tan impresionante que es muy difícil valorar las consecuencias que tendrá sobre nuestra civilización en términos económicos, ecológicos y energéticos. Basta decir que Japón es la tercera economía mundial y que el golpe que ha recibido afecta a todo el conglomerado económico planetario. Su protagonismo en la industria automovilística y electrónica es de primer orden, y parece evidente que el colapso en su industria afectará al precio de estos productos. Si en tierra se ha vivido un terremoto, algo similar ha sucedido en las bolsas y mercados de todo el mundo. La paralización parcial de la industria nipona es un mazazo para las economías mundiales que ya venían tocadas.

Para entender la crisis financiera de 2010 tuvimos que remitirnos a 1929; para entender la situación de Japón hoy tenemos que acudir al año 1945, fecha en la que cayeron dos bombas nucleares en su territorio, aniquilando las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. No deja de ser paradójico que un pueblo que fue azotado por el armamento nuclear, se convirtiera después en una potencia de la energía nuclear. Kenzaburo Oé, Premio Nobel de Literatura japonés, decía pocos días después de la tragedia: “Reincidir, dando muestras con las centrales nucleares de la misma incoherencia respecto a la vida humana, es la peor de las traiciones al recuerdo de las víctimas de Hiroshima.” Y hablaba de que Japón “entra en una nueva era”.

El riesgo latente de la energía nuclear

La Comisión Europea ha llegado a calificar la situación de “apocalíptica” y la aldea global sigue en vilo la amenaza atómica, hasta el punto de que la energía nuclear ha quedado en entredicho. A raíz de lo sucedido, las redes sociales echan humo, la opinión pública se ha movilizado y cada vez son más las voces que claman por el desmantelamiento de esta peligrosa fuente energética.

La energía nuclear no es segura. Esta evidencia que tanto tratan de ocultar las personas con intereses económicos en el asunto, desgraciadamente se ha impuesto. Si hay un país preparado para catástrofes naturales, ese es Japón. La disciplina de sus ciudadanos y los magníficos planes preventivos hacen que sean el referente mundial en la materia. Ello ha permitido que el impacto del tsunami, pese a lo devastador, no se convirtiera en la tragedia que asoló las costas del Océano Índico en 2006. En aquella ocasión, las cifras de muertos se elevaron a 250.000 por la falta de protección de la ciudadanía. Si lo sucedido en Japón hubiera pasado en cualquier otro país del mundo industrializado, las consecuencias hubieran sido muchísimo peores. En España se encuentran en funcionamiento 8 reactores nucleares repartidos en 6 centrales. La más antigua, la de Santa María de Garoña, entró en funcionamiento en 1971. El Gobierno ha mostrado una actitud ambigua respecto al asunto. Su programa electoral descartaba cualquier prórroga en el funcionamiento de las centrales, pero su actuación de gobierno ha demostrado lo contrario. Se baraja la posibilidad de ampliar la vida de esta central caducada (en el 2011 ya ha cumplido sus 40 años de vida). La razón: ya está amortizada y las compañías que la administran obtendrán suculentos beneficios (250 millones de euros al año). Cabe recordar que la central de Fukushima, foco del desastre japonés, obtuvo una prórroga de funcionamiento un mes antes del accidente que ahora todos lamentamos. En nuestro país el debate está abierto. Las posiciones son las siguientes: el PP apoya las nucleares y el PSOE continúa ambiguo, lo que viene a significar un apoyo en los hechos. En este momento, un movimiento político en gestación, Equo, está liderando junto a los grupos ecologistas y la izquierda el discurso antinuclear. El hecho de que este tema se haya colado sin invitación en la campaña electoral de mayo es una situación muy incómoda para los partidos mayoritarios. Si miramos el asunto desde Baleares veremos que hay dos centrales a 200 kilómetros de nuestras costas, en Tarragona, y que un suceso como el de Fukushima nos expondría a un riesgo inasumible de catastróficas consecuencias ecológicas, sanitarias y económicas.

La energía nuclear en el mundo

A día de hoy, en el planeta hay 442 reactores nucleares repartidos en 29 países. 104 de ellos están en EE. UU. Francia es el país con mayor dependencia de la energía nuclear y posee el mayor número de reactores en relación a su población, con 58. Por otra parte, 65 plantas están en construcción en el planeta. Hay planes en marcha para doblar el número de ellas en las próximas décadas: solo China tiene planes para construir 332 centrales nuevas.

¿Rectificación de la política nuclear alemana?

Pese a lo sucedido en Japón, la mayoría de países se han reafirmado en la necesidad del uso de la energía nuclear: EE. UU., Rusia, Francia, España… Sin embargo, en Alemania, un país con 17 reactores operativos y con una fuerte conciencia ecológica, su presidenta Angela Merkel anunció la paralización de las siete centrales atómicas más antiguas. Merkel, doctora en física, hizo un planteamiento muy claro: “Los acontecimientos en Japón suponen un corte en la historia del mundo tecnificado, y las fugas radiactivas como consecuencia del terremoto y posterior tsunami han mostrado que la energía atómica no está preparada para hacer frente a la violencia natural”.

La postura de Merkel ha sorprendido y, pese a tener motivaciones electorales, no deja de ser una llamada al sentido común en un asunto que nos afecta a todos. De paso, ha sido un mazazo para el lobby nuclear, muy activo en nuestro país y con portavoces tan importantes y bien remunerados como los expresidentes del Gobierno Felipe González y José María Aznar, ambos en nómina de compañía energéticas con intereses, entre otros, nucleares. Pese a sus esfuerzos, Merkel ha sufrido un batacazo electoral y por primera vez en la historia, un ecopacifista gobernará Baden-Württemberg, el corazón económico de Alemania.

La seguridad nuclear es indefensible

En una central nuclear es imposible garantizar que no se ponga en riesgo la salud pública, y ninguna compañía aseguradora puede asumir la responsabilidad de un accidente y mucho menos de una catástrofe. Los riesgos de la energía nuclear no los asumen las compañías que se lucran con ella sino todos los ciudadanos.

No podemos predecir ni controlar los movimientos de nuestro planeta hasta el punto de afirmar que no pueda volver a suceder lo de Japón. No podemos tratar de ser más poderosos que un terremoto, un tsunami, un huracán o un meteorito. En los últimos años el planeta ha sufrido al menos cuatro grandes catástrofes: el tsunami del Índico, el huracán Katrina en Louisiana, el terremoto de Haití y ahora el desastre de Japón. Y otras muchas crisis naturales han salpicado diversas esquinas del globo. No sabemos si esta situación se va a mantener o incluso incrementar.

Por mucho que se empeñen las personas que se ganan la vida con esta industria, es obvio que lo peor sucede una y otra vez. Ya lo hemos vivido. Y sabemos cada vez con más claridad que la energía nuclear es sucia, peligrosa y muy cara.

Se ha repetido muchas veces, pero pese a lo lógico del razonamiento a los que se lucran con estas centrales no les cabe en la cabeza: los residuos nucleares son una herencia muy tóxica que les dejamos a nuestros hijos, nietos, biznietos… que tendrán que lidiar con ellos durante milenios. Somos unos irresponsables y unos egoístas respecto a las futuras generaciones al usar la energía nuclear.

Editorial: Pinchando la rueda del consumismo

“La vida es en realidad muy simple, pero los hombres insisten en hacerla complicada” Confucio

¿Por qué las neveras ya no duran lo mismo que antes? ¿Por qué las impresoras dejan de funcionar al poco tiempo? ¿Por qué cambiamos tanto de teléfono móvil? Detrás de estas situaciones cotidianas para todos nosotros se esconde una de las trampas de nuestro sistema: la obsolescencia programada. Estas dos palabras quieren decir simple y llanamente que la estrategia de muchas empresas consiste en fabricar productos que al poco tiempo se rompen o dejan de ser útiles. Es algo que todos experimentamos cotidianamente, pero cuando queda desenmascarado nos deja con una sensación de no ser más que hámsters que giramos en la rueda del consumo sin sentido. Querámoslo o no, nos empujan a comprar y tirar de una manera programada, acelerando artificialmente y con objetivos puramente mercantiles la rueda del consumismo.
Sin duda, la obsolescencia es una estrategia económicamente muy rentable para el fabricante, pero tiene dos grandes perjudicados. El primero: el ciudadano, que es engañado y forzado a comprar y a tirar sin poder hacer nada para evitarlo. Y la otra gran víctima es el medioambiente, que es expoliado para obtener materias primas que mantienen el ritmo alocado del consumo forzado. Además, la naturaleza es incapaz de digerir la dramática cantidad de residuos que este proceso inmoral y despilfarrador provoca.
La obsolescencia programada fue la idea brillante para salir de la última crisis de las dimensiones de la actual, la de 1929. La reflexión tenía su lógica: “las fábricas continuarían produciendo, la gente seguiría comprando y todo el mundo tendría trabajo”. Pero 1929, no es 2011. En este tiempo hemos descubierto algunas cosas: los recursos del planeta no son ilimitados, la obsolescencia programada no garantiza el trabajo para todos y el consumismo no nos hace más felices.
La alternativa a este fraude es la durabilidad y las reparaciones. ¿Por qué cuando un moderno dispositivo electrónico deja de funcionar no se puede reparar y tiene que ir a la basura para ser sustituido por otro que durará poco? Sobre todo, es de justicia exigir a los fabricantes que desarrollen productos creados para durar.
¿Qué hace que sea tan difícil romper este círculo vicioso? Es el resultado de sumarle a la aberración de la obsolescencia programada otros factores, como la publicidad y la creación de modas – ya tenemos la ecuación perfecta para que este sistema cobre coherencia y sea difícil de cuestionar. Sin embargo, en este momento hay un factor que permite poner en duda este tipo de prácticas: la crisis sistémica que padecemos. De repente, prácticas tan interiorizadas por nuestra civilización como ésta chirrían, y, efectivamente, han quedado obsoletas… Una vez más nos damos de bruces con el reto de nuestro tiempo: la ética.

No te pierdas el documental “Comprar, tirar, comprar” de Cossima Dannoritzer.

La Responsabilidad Social Corporativa

Si usted se está planteando, como empresario/a, cómo hacer mejor el mundo en que vivimos, seguramente la responsabilidad social corporativa sea el mejor enfoque para materializar su inquietud. O posiblemente esté haciendo ya algo en materia de responsabilidad, aún sin ser consciente de ello, porque la responsabilidad social corporativa (en algunos contextos utilizan, como sinónimo, responsabilidad social empresarial, para hacer el término más cercano a las pequeñas empresas) no es sino integrar en la gestión diaria y en las operaciones de la organización las preocupaciones sociales y medioambientales de sus grupos de interés.
Así, la RSC surge, en primer lugar, del compromiso personal del empresario/a con la sociedad, y de su convicción de que su contribución a un entorno social y medioambientalmente sostenible hará que su empresa sea también más sostenible. Tal y como manifiesta el World Business Council for Sustainable Development, asociación de 200 empresas internacionales, las empresas no pueden triunfar en sociedades que fracasan.
Conocer qué es lo que preocupa a nuestros grupos de interés es la base de cualquier plan de responsabilidad social. Por grupos de interés entendemos todos aquellos individuos o colectivos que pueden verse afectados por la actividad de nuestro negocio, tanto dentro de la organización (empleados/as, órganos de dirección, accionistas) como en su exterior (clientes o consumidores, proveedores, competidores, administraciones, organizaciones sociales, medios de comunicación, etc.).

RSC en las PYMES

Para una microempresa, en contraste con una gran empresa, la relación con sus grupos de interés es directa, no mediatizada por departamentos de marketing, atención al cliente o reputación institucional, y eso facilita un mayor conocimiento de sus expectativas, así como un deseable intercambio de ideas. Además, la cercanía propicia una mayor transparencia y, por tanto, más confianza por parte de la sociedad.
“La microempresa tiene una relación inmediata y cotidiana con su entorno, y eso es sin duda una ventaja considerable para desarrollar actuaciones de responsabilidad social”, afirma Bernat Vicens, presidente de Eticentre. Esta asociación balear de empresas y organizaciones se creó en 2003 con el objetivo de incorporar criterios éticos al mundo de los negocios y es pionera en nuestra comunidad en la difusión del concepto de RSC. En la actualidad cuenta con más de 30 empresas asociadas, y se dedica a la transmisión de buenas prácticas empresariales y a la creación de instrumentos de gestión y evaluación de RSC aplicables específicamente por PYMES y microempresas.
El gerente de Eticentre, Jordi López, destaca otra de las ventajas de las pequeñas organizaciones a la hora de planificar actuaciones de RSC: una intención ‘no cosmética’ en su desarrollo. Si en el caso de algunas medianas y grandes empresas, los planes de responsabilidad social corporativa sólo se justifican por su aportación a la estrategia de reputación corporativa, las microempresas permanecen ajenas a estos grandes planteamientos y están marcadas por las inquietudes personales de sus propietarios/as. “La motivación que predomina entre los asociados a Eticentre son las inquietudes sociales de sus propietarios/as, no creo que reforzar la reputación corporativa sea muy importante”, señala López.
En este sentido, Eticentre evita cualquier enfoque monetarista de la responsabilidad empresarial. Para López, “la RSC no hace que facturen más, sino que hace a la empresa más sólida en el mercado, más sostenible a largo plazo”. De hecho, la crisis ha provocado el abandono de ciertas actuaciones que ocultaban objetivos de marketing y la desaparición de acciones no estratégicas para las empresas. En cambio, en aquellas empresas en las que la RSC está integrada en toda la cadena de valor, la crisis no ha afectado la forma de entender y desarrollar la responsabilidad social.

Llevar la RSC a la práctica

¿Cuáles son las actuaciones que una microempresa puede desarrollar para ser socialmente responsable? Cada organización, en función de la naturaleza de su negocio y de las expectativas de sus grupos de interés, debe identificar aquellas actuaciones que le proporcionarán a la larga mayor solidez. Centrándonos en lo que hacen las PYMES de Baleares, encontramos los mejores ejemplos en el Catálogo balear de empresas socialmente responsables, que está a punto de publicar la Dirección General de Responsabilidad Corporativa del Govern de les Illes Balears y que detallará las mejores prácticas de unas 200 empresas baleares.
En este inventario, las prácticas de RSC se sitúan en cuatro ámbitos de actividad:
el medio ambiente, donde se incluyen desde las más sencillas medidas de reducción y reciclaje de residuos y de ahorro de energía, a la implantación de las normas ISO 14001 y EMAS;
las políticas laborales de igualdad, como la elaboración de planes de igualdad y de carrera profesional, la formación de los trabajadores/as, y la prevención de riesgos laborales;
la conciliación, que incluye prácticas como la flexibilidad horaria por necesidades familiares y la jornada continua;
la política social, donde las medidas más extendidas son ofrecer prácticas a jóvenes y personas con dificultades de inserción laboral, participar económicamente en proyectos culturales y solidarios, y comprar productos locales.
Ahora bien, cualquiera de estas iniciativas, cuando se articulan en un plan de RSC o bien se plasman en un conjunto de medidas singulares, deben estar concretadas al máximo y ser evaluables, con indicadores objetivos y verificables por los grupos de interés. Éste es el parecer de María Durán, directora general de Responsabilidad Corporativa del Govern de les Illes Balears. Este departamento facilita a las empresas interesadas herramientas de diagnóstico e indicadores, así como un servicio de asesoría, con el objetivo de incentivar la implantación de la RSC en las PYMES.
Los principales agentes impulsores de la RSC se encargan de recordarnos que este esfuerzo y compromiso personal tendrá recompensa, y entre los principales réditos destacan una mayor productividad, un impacto positivo sobre la marca, la fidelización de clientes, mejoras en la gestión, mayor credibilidad ante la sociedad, contribución al desarrollo sostenible y un mejor clima en el seno de la organización.