Educar en casa

Cada vez somos más las familias que decidimos hacernos cargo de la educación de nuestros hijos de forma integral y adquirimos el compromiso de educarlos en casa sin pasar por el sistema escolar.

La decisión de no escolarizar a los hijos no es fácil en una sociedad que tiene tan arraigada la creencia de que la escuela es necesaria para el desarrollo de las personas. Sin embargo, cuando uno adquiere consciencia de cómo funciona dicho sistema y de la gran influencia que tiene sobre los niños debe necesariamente preguntarse si está dispuesto a asumir ese riesgo, a delegar la responsabilidad sobre los propios hijos durante tantas horas al día, durante tantos días al año y durante tantos años en la vida.

Me pregunto si queremos que vivan su infancia y juventud a golpe de timbre, limitados por el calendario y el horario; si queremos que pasen los días haciendo lo que otras personas les dicen que deben hacer; si queremos que sean obligados a dedicar su tiempo a asuntos que quizás no les interesan; si queremos que sus formas de ver, pensar y sentir sean sustituidas por las de sus profesores o las de sus compañeros; si queremos que tengan que pedir permiso para hablar, levantarse, beber agua o ir al baño; si queremos que estudien cuando les dicen que estudien, que jueguen cuando les dicen que jueguen y que coman cuando les dicen que coman; si queremos que pasen sus años encerrados en una clase con otros veintitantos niños de su misma edad preparándose para el futuro, para ser algo en la vida y para tener un lugar en el mundo.

Me pregunto todo esto y concluyo que quiero que mi hijo sepa escuchar a su cuerpo, que sepa tomar decisiones razonadas, que sepa reconocer a sus emociones y sentimientos, que sepa descubrir cuáles son sus intereses y sus pasiones, que sepa que tiene derecho a perseguirlos. Porque educar es más que enseñar a leer y a escribir. Educar es acompañar en el proceso de desarrollo de la personalidad, del intelecto, del espíritu y también del cuerpo. Quiero que mi hijo aprenda a relacionarse con todo tipo de personas estableciendo relaciones de igualdad. Quiero que sepa que no se está preparando para el futuro, sino que está viviendo el presente, que ya es alguien en la vida y que ya tiene un lugar en el mundo.

Los niños que son educados en casa saben cuándo tienen hambre, sed o sueño porque no tienen a su lado a ningún adulto que pretenda saber más que su propio cuerpo. El sistema educativo no permite la diferencia, no valora la individualidad sino que uniformiza. Se pretende que todos aprendan lo mismo al mismo tiempo sin respetar los intereses, las aptitudes ni los ritmos de cada uno. El estado no debería tratar de imponer un currículum igual para todos. A muchísima gente no le ha servido de nada en la vida saber hacer una raíz cuadrada o analizar una frase. La mayoría, de hecho, lo hemos olvidado. Si hubiera alguna catástrofe natural y tuviéramos que volver a vivir como en la edad de piedra, ¿nos salvaríamos? ¿Sabríamos qué plantas son comestibles y cuáles no? ¿Sabríamos construir una cabaña o una canoa? ¿Sabríamos hacer fuego sin mecheros ni cerillas? Desde luego, las habilidades que nos ayudarían a sobrevivir no serían las que aprendimos en el cole.

Pero educar en casa no significa que no hagamos nada, sino todo lo contrario. Nuestra clase es el mundo entero, y no dividimos el conocimiento en asignaturas. Esto va más allá de lo académico y creo que tiene mucho que ver con un estilo determinado de crianza. Considero fundamental que los niños se autorregulen, por eso en casa no hay horarios de comida ni sueño, por ejemplo. La autorregulación es una habilidad innata en todos los seres vivos. Sin embargo, los humanos empezamos a sofocarla desde el momento en que damos el biberón a nuestros bebés cada tres horas de reloj, en vez de dar lactancia materna a demanda. O cuando despertamos al niño porque consideramos, arbitrariamente, que ya ha dormido suficiente. O cuando les obligamos a dejar el plato vacío.

Los niños que son dejados en libertad se autorregulan, también, en el estudio académico. Aunque mucha gente no lo crea, es posible que un niño estudie matemáticas porque le gusta y sin que nadie le obligue. La función del padre que educa en casa es la de hacerle ver todas las posibilidades que el mundo le ofrece. El niño no va a decirte que no le gustan las mates si no sabe que existen las mates. En cambio, si sabe que existen y, además, sabe que tienen una utilidad, él mismo va a querer aprenderlas. La automotivación es fundamental para que la educación en casa funcione. Y la automotivación es fundamental, también, para un correcto desarrollo integral de la personalidad.

Legalidad del homeschooling

En España existe un vacío legal respecto de la educación en casa: la ley no la reconoce expresamente pero tampoco la prohíbe. Las familias que no escolarizan se amparan, por tanto, en normas de rango superior como el Principio general de Permisión según el cual todo aquello que no esté expresamente prohibido se considera permitido y en la Constitución Española, cuyo artículo 27 reconoce la libertad de enseñanza. Además, la Constitución las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades reconocidas en este texto, se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España. Y dicha Declaración establece que los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos.

Todas estas normas son interpretadas por la jurisprudencia en el sentido de que educación y escolarización no son términos equivalentes. Los juzgados y tribunales españoles vienen dictando sentencias favorables a esta opción educativa desde hace años.

Desde la experiencia

Disfruta del poder y la belleza de tu juventud. Confía en mí: dentro de veinte años volverás a mirar fotos de ti misma y recordarás, de una manera que ahora no puedes captar, la cantidad de posibilidades tenías delante de ti y lo fabulosa que realmente estabas. No eres tan gorda como te imaginas. No te preocupes por el futuro. O preocúpate, pero has de saber que preocuparse es tan efectivo como intentar resolver una ecuación de álgebra a base de masticar chicle.

Los verdaderos problemas en tu vida probablemente sean las cosas que jamás atravesaron tu mente preocupada. Haz una cosa que te asuste cada día. Canta. Recuerda tus viejas cartas de amor. Tira tus viejos estados de cuentas. Estírate. No te sientas culpable si no sabes qué hacer con tu vida. Las personas más interesantes que conozco no sabían que hacer con sus vidas cuando tenían veintidós años. Algunas de las personas de cuarenta años más interesantes que conozco, todavía no lo saben.

Toma bastante calcio. Sé amable con tus rodillas. Las echarás de menos cuando se hayan ido. Quizás te cases, quizás no. Quizás tengas hijos, quizás no. Hagas lo que hagas, no te congratules demasiado, ni tampoco te regañes. Aquellas cosas que has elegido son la mitad de las probabilidades. También lo son las de todas las demás personas.

Baila, aunque sólo puedas hacerlo en tu propia sala de estar. No leas revistas de belleza. Sólo te harán sentir fea. Consigue conocer a tus padres. Nunca sabes cuándo se marcharán para siempre. Sé buena con tus hijos. Son la mejor conexión con tu pasado y las personas que probablemente más permanezcan a tu lado en el futuro.

Acepta algunas verdades inalienables: los precios subirán, los políticos mentirán, tú también envejecerás. Y cuando lo hagas, fantasearás que cuando eras joven, los precios eran razonables, los políticos eran nobles y los niños respetaban a sus mayores.
Respeta a tus mayores.

Entrevista a Laura Gutman

Laura GutmanNacida en Buenos Aires en 1958, a los 22 años se graduó en París en psicopedagogía clínica, especializándose más tarde en temas de familia. De orientación junguiana, se formó con la renombrada psicoanalista francesa Françoise Dolto y se dejó inspirar por el trabajo del ginecólogo y obstetra francés Michel Odent, padre del parto en agua.

En toda su obra insiste en que el período inmediato después del nacimiento es la etapa que más impresiona en la constitución del ser humano. Aquello con lo que se encuentra será lo que luego sentirá que es la naturaleza de la vida.

Vive en Buenos Aires, donde en 1990 fundó Crianza, Institución que dirige y donde funciona una Escuela de Capacitación para profesionales de la salud y la educación, grupos de crianza para madres, un equipo de doulas a domicilio para mujeres puérperas, terapias individuales y de pareja y publicaciones sobre maternidad y crianza. Es autora de tres libros que exploran el universo de la maternidad y los vínculos familiares: La maternidad y el encuentro con la propia sombra, Puerperios y otras exploraciones del alma femenina y Crianza, violencias invisibles y adicciones. Su cuarto libro La revolución de las madres está en preparación.

¿En qué medida el ritmo vertiginoso de la sociedad en qué vivimos afecta a la relación madre-hijo?

Efectivamente el ritmo vertiginoso es el mayor depredador de la unión madre-hijo. Justamente porque el ritmo del niño es originalmente lento, suave, silencioso, fusional. Todo niño necesita tiempos largos para entrar o salir de situaciones, como despedirse de la madre, reconocer nuevamente la llegada de la madre, ingresar en ámbitos diferentes, reconocer a otras personas que ingresan en su abanico de percepciones, aunque sean personas que haya visto en otras ocasiones. Una semana es un siglo en las percepciones del niño pequeño. Si visita a sus abuelos los domingos, necesitará cada domingo un tiempo prolongado de adaptación hasta incluir en su universo funcional la presencia de dichas personas. Cada vez que nos apuramos con los niños pequeños, el resultado esperado será un fracaso.

Un término central en tu obra y que ya se ha identificado con tu mensaje y con tu persona es maternaje. ¿Nos quieres explicar a que te refieres exactamente con esta palabra?

Pues al hecho materno, que no tenemos muy claro qué es porque lo hemos perdido después de tantos años de cultura de consumo. El acto altruista de cuidar al otro, de fundirnos en las necesidades del otro, de darles prioridad por sobre nuestras propias necesidades, se ha convertido en una rareza. Sin embargo, la crianza del niño humano depende de la calidad del maternaje recibido.

¿Qué pasa con las mujeres de hoy, las de múltiples identidades difíciles de ensamblar en un solo cuadro: las mujeres, madres, profesionales, parejas, hijas, amigas, hermanas, amantes…¿Cómo encajamos la maternidad en este ser mujer?

Laura GutmanLa única identidad que no encaja es la de madre. Todas las demás identidades o funciones son compatibles. Por eso podemos ser exitosas en el plano laboral, tener relaciones de pareja, múltiples relaciones sociales, amistades, proyectos y viajes; sin que se resienta nuestro rol en el mundo. Todas estas maneras de ser mujer suceden en el mismo plano: en la visibilidad del intercambio social. En cambio, la función materna sucede en otro plano; en un mundo invisible, silencioso, resguardado, fuera del intercambio económico y difícilmente reconocido según los parámetros que hoy circulan en la sociedad.

¿Cómo encaja tu aportación sobre la importancia del maternaje con la apuesta por la equiparación de las mujeres en el mundo laboral?

Pues yo creo que el problema no es trabajar. Yo trabajo desde los 15 años, me siento orgullosa, y además soy feminista de la primera hora. El problema es la valoración que le otorgamos al desempeño en el mundo laboral suprimiendo toda valoración a cualquier actividad que no sea rentable o visible. En este sentido, le hemos quitado toda visibilidad a la maternidad, y ése es el motivo por el cual sentimos que si permanecemos con los niños, quedamos devoradas por un túnel oscuro. Por eso, el problema no es trabajar, el gran problema es regresar a casa y tener disponibilidad emocional para entregar al niño, ya que en ese momento entramos en una dimensión desconocida, invisible, desvalorizada, por lo tanto inexistente. Nadie quiere vivir en la invisibilidad. Muchas veces el trabajo es nuestro refugio, nuestra identidad, nuestra valoración. Pero profundamente, no es el trabajo lo que entra en contradicción con el maternaje, es el uso que hacemos de él.

¿No queda la madre con demasiada responsabilidad en la crianza?

Ese es el problema hoy. Toda madre que pretende hacerse cargo emocionalmente de sus hijos, queda sola. No hay colectividad, tribu, aldea ni comunidad, que avale y se haga cargo en conjunto del maternaje que los niños necesitan. A lo sumo, el problema queda en manos de la pareja de padres. Sin embargo una sola mamá y un solo papá son demasiado pocos para criar un niño. Tenemos que darnos cuenta que una madre puede sostener, criar, cobijar, amamantar y permanecer con un niño pequeño, sólo en la medida en que ella misma esté suficientemente cobijada, amparada, sostenida y valorada por la comunidad. Claro que el papel de la madre es fundamental, pero para que cada niño esté en excelentes condiciones para crecer, depende de toda la comunidad.

¿Cuál es el papel del padre en este contexto?

No podemos hablar del padre sin tomar en cuenta que estamos todos, hombres y mujeres atrapados en la cárcel de la familia nuclear. Hoy suponemos que el padre moderno debe cumplir múltiples funciones: ser moderno, ocuparse de los niños, ayudar en las tareas domésticas, asistir al parto, (sobre todo eso, cualquier hombre adelanta muchos casilleros en la valoración del vecindario si presencia el parto de su mujer…). Sin embargo los matrimonios fracasan en la mayoría de los casos cuando hay niños pequeños. ¿Por qué? Porque estamos demasiado solos. Los padres lo pasan tan mal como las madres: estresados, solos, aislados, confundidos y exigidos. Hay una cosa que sí podemos hacer, para que el panorama no resulte tan desalentador: dialogar dentro de las parejas. Contarnos lo que nos pasa. No exigirnos ni pedir al otro algo que no estaba firmado en el contrato original (en letra chica, como todos los contratos). Decirnos con claridad lo que estamos en condiciones de ofrecer. Darnos aliento. Reconocer las limitaciones que tenemos. Pedir ayuda y conversar, nunca dejar de conversar, pero sin acusar, sino diciendo qué es lo que nos pasa.

¿Cómo se pueden preparar los padres para la renuncia que supone tener un hijo?

FamiliaAh… esa es la gran pregunta. Creo que circula pésima información al respecto. El embarazo debería ser un período en que la pareja debería prepararse para la renuncia a las necesidades individuales, comprendiendo que son necesidades infantiles, es decir, que en el fondo, no hay nada personal demasiado importante, salvo para nuestra vivencia infantil (sobre este punto he desarrollado mi libro Crianza, violencias invisibles y adicciones). Es importante que la preparación a la maternidad y paternidad se sitúe en este nivel de búsqueda personal. De todas maneras, difícilmente podamos abordar la inmensidad de la entrega, hasta que el niño no esté efectivamente en nuestros brazos. Una cosa es imaginarlo y otra muy distinta es tener la experiencia. Eso lo sabemos todos los que hemos tenido hijo hace poco tiempo… porque luego ¡esos aspectos los olvidamos!

¿Cuál ha sido tu experiencia con adultos, madres y padres vacíos de mamá, que arrastran este abandono emocional?

Casi todos llegamos a la adultez relativamente carentes en el terreno emocional, lo sepamos o no. Por eso nos resulta tan difícil hacernos cargo de la crianza de los niños pequeños. Sin embargo tenemos dos opciones: echarle la culpa a los niños quejándonos de que son demasiado demandantes, demasiado caprichosos o demasiado exigentes, o bien intentar un trabajo de indagación personal: reconocer, recordar, asumir de dónde venimos, comprendernos más. Y luego, asumiendo nuestras carencias, buscar ayuda para que el niño no tenga que seguir pagando los precios por desamparos transgeneracionales.

¿Qué consecuencias tiene el abandono emocional en nuestra capacidad de amar de forma respetuosa y genuina y, finalmente, en nuestra calidad de vida?

Yo creo que la verdadera prevención y la posibilidad de hacer cambios profundos hacia el futuro, podemos implementarla en ese momento: cuando tenemos niños pequeños. Es menester tener mayor conciencia sobre nuestras carencias y limitaciones, trabajar con nosotros mismos, comprendernos más, tocar los lugares dolorosos que el alma desechó de la conciencia y poner especial énfasis en escuchar al niño y responder absolutamente a sus necesidades. Y si nos resulta demasiado costoso, pedir ayuda. Los niños llegan al mundo sabiendo amar. Pero lo van olvidando a medida que sufren el desamparo y el abandono emocional. No me cabe ninguna duda de que los adultos tenemos que aprender de los niños y también del niño que hemos sido.

¿Qué cambios sociales permitirían que la relación padres-hijos pudiera ser más tranquila?

Pues yo creo más en los cambios individuales… que luego, sumando experiencias positivas en el interior de cada familia… se vayan constituyendo en cambios colectivos. Si cada madre o cada pareja comienza a sentir su necesidad personal de escuchar al niño, de permanecer con él la cantidad de tiempo que el niño requiera, de atender sus necesidades sin menospreciarlas… pues no permitiremos en el mundo social, que en el jardín de infantes por ejemplo, los maestros nos digan que ese niño necesita límites o que ya es demasiado grande para reclamar a su madre cuando apenas tiene tres años. Y al ver que es un niño conectado con su ser interior, habrá algún maestro, alguna otra madre, algún niño que querrá saber cómo lo hace. Definitivamente, creo que es mejor operar en los pequeños cambios individuales que reclamar a la sociedad que cambie.

¿Cómo tenemos que entender un puente entre la falta de maternaje y la violencia social?

NiñaHay un paralelismo entre las pequeñas guerras emocionales que libramos todos los días y especialmente todas las noches contra los niños, y cómo vamos organizando mecanismos de supervivencia desde que somos pequeños para hacer frente al abandono, al punto de entender que la vida es una batalla constante. El desprecio por el otro, la humillación, la manipulación, las obsesiones, las adicciones, la negación de los deseos del otro son parte de nuestra vida diaria. Luego, es sólo una cuestión de escala. Lo que pasa en cada hogar es lo mismo que sucede en la comunidad, en la ciudad, en el país o en el mundo.

¿Qué soluciones ves? ¿Cuál es el primer paso que deberíamos dar los adultos de hoy para sanar estos vacíos, salvar a nuestros hijos y ver el futuro con más optimismo?

Trabajar sobre uno mismo, recordar, poner la inteligencia al servicio de nuestros recuerdos dolorosos, dar la razón a los niños, hacer una práctica permanente de introspección, escuchar, hacer silencio, dar prioridad a los demás.

Amor y respeto en el parto

Nos encontramos en un momento crucial donde la Humanidad debe inventar nuevas estrategias de supervivencia. Actualmente estamos llegando al límite de las viejas tradiciones. Tenemos que hacernos nuevas preguntas del tipo ¿Cómo se desarrolla el amor y el respeto por la Madre Tierra? Para no seguir destruyendo nuestro Planeta, necesitamos más que nunca la energía del Amor. Tenemos nuevas razones para dejar de una vez de interferir en los procesos fisiológicos y para redescubrir las necesidades básicas de las mujeres que dan a luz y las necesidades de sus bebés.

Michel Odent, médico obstetra.

BebéLa capacidad de amar surge en la etapa primal, continúa en la etapa perinatal y durante el primer año de vida. Es una de las causas por la que es tan necesario humanizar el embarazo, el parto, el nacimiento y la crianza.

Durante el embarazo se realizan controles prenatales que buscan posibles anomalías y nos olvidamos completamente de devolver a la madre la confianza en su cuerpo, la seguridad emocional y la paz que necesita en esta etapa tan maravillosa. La mayoría de las madres, durante estos nueve meses, se sienten preocupadas y con miedo (miedo a lo desconocido, al dolor, a las complicaciones, etc…).

El miedo genera adrenalina y la adrenalina es incompatible con la oxitocina. Es importante recordar que el estado emocional de la madre en el embarazo, afecta en el desarrollo y crecimiento del bebé.

La oxitocina es la hormona básica del parto. Juega un papel trascendental, pues es necesaria para la contracción del útero, lo que facilita el nacimiento del bebé y la expulsión de la placenta. También se la conoce por inducir el amor maternal.

Las mujeres segregan un cóctel de hormonas del amor cuando traen al mundo a sus bebés, pero en la actualidad, la mayoría de mujeres dan a luz a sus hijos bajo los efectos de sustitutos farmacológicos de estas hormonas (epidural, oxitocina sintética, etc…).

Estos sustitutos jamás alcanzarán el cerebro de la mujer y por lo tanto no desarrollarán el instinto maternal, el profundo vínculo con el bebé y es más posible que haya dificultad en el inicio de la lactancia.

Para que la mamá y el bebé puedan beneficiarse de este cóctel, debemos respetar la fisiología del parto.

Para ello, debemos mantener un ambiente de intimidad en el que la mamá se sienta segura sin sentirse observada, respetar sus tiempos, mantener una luz tenue, una temperatura adecuada y silencio para no activar su neocortex (el cerebro racional, el que piensa, el que nos permite comunicarnos).

En el parto, la parte activa del cerebro es la parte primitiva. El chorro de hormonas nace de ahí.

Mano de bebéEl Médico obstetra, Michel Odent, nos recuerda que los últimos avances científicos entorno al parto evidencian que todo lo que rodea al nacimiento puede afectar en la posterior capacidad de amar. Algo que hasta ahora se descartaba totalmente. Después del nacimiento, hay que dejar a la mamá y al bebé tranquilos y calentitos, piel con piel.

Justo después de dar a luz la madre puede liberar un pico muy alto de oxitocina (mucho más alto que el del parto, lactancia, orgasmo, etc ). Este pico de oxitocina evita hemorragias en el desprendimiento de la placenta.

Si respetamos las necesidades básicas de mamá y bebé (silencio, respeto, no-separación, etc) conseguiremos ese vínculo tan maravilloso y tan mágico. Les daremos el tiempo de enamoramiento que necesitan y que tantos meses llevan esperando, además de un buen inicio en la lactancia.

Al nacer, ambos necesitan ese tiempo de enamoramiento.
En la llegada al mundo, según como se sienta el bebé así será su imagen del mundo.
El bebé realiza un gran esfuerzo en el momento del parto y lo mínimo es recibirle con un abrazo, con mucho amor.

Si hay un parto complicado, pero luego se da el tiempo de amor absoluto antes de que el niño tenga su primer sueño, todo se suaviza y no se queda anclado en lo más profundo.

Cuando el proceso de nacimiento se vea como un periodo de suma importancia en el desarrollo de la capacidad de amar, ocurrirá la revolución en nuestra visión de la violencia.

Escucha profunda para niños

Cuando uno se plantea cuál sería el modo de proporcionar una escucha de máxima calidad a sus hijos o a los niños de su entorno, vienen a la mente conceptos como: atención completa, respeto a las ideas y necesidades del niño, olvidarse de todo lo demás y dedicarse al niño 100%… suena muy bonito, pero si alguien consigue hacer esto durante un día completo, seguramente al llegar la noche tendrá dificultades para arrastrarse hasta la cama.

Lo cierto es que los niños necesitan recibir una atención de calidad para crecer y desarrollarse. Justamente si ponemos el enfoque en la calidad, la cantidad no tiene tanta importancia. La escucha profunda es una técnica que incorpora conocimientos de la permacultura (observación de la naturaleza para aplicar su sabiduría a las relaciones). En el caso de la atención de calidad, lo que se ha demostrado es que todos los sistemas tienen la capacidad de sanarse a sí mismos, si se dan unas circunstancias favorables. Los niños pequeños son los maestros de este arte; no tienen ninguna inhibición a la hora de expresarse con llantos, gritos, timidez, pataletas y todo un abanico de reacciones emocionales que se pueden leer fácilmente en su cara y su cuerpo. Y a los dos minutos, como si nada hubiera pasado, ya han sanado su dolor o su disgusto. Si permitimos al niño expresarse en el momento que lo necesita, este puede descargar la emoción totalmente y en seguida volver a su estado normal.

Sin embargo, no siempre es fácil hacer esto. Hemos aprendido a consolar a los niños con frases tipo: “No llores, no es nada, esto no ha dolido” o también tratando de desviar su atención hacia algo que les haga olvidar su emoción: “Mira el pajarito, qué bonito!” Pero lo que el niño necesita en este momento es que se reconozca su emoción y de esta forma se le transmita seguridad: “Uy, ¡esto sí que ha dolido!” o “Ya veo que te da pena que no podamos quedarnos más en el parque.” Esto ayuda al niño a identificar y reconocer sus propias emociones, y a la vez le proporciona un espacio para sanarlas. En su libro El niño feliz, Dorothy Corkille Briggs resume muy bien este fenómeno cuando dice: “Los sentimientos negativos que se expresan y aceptan pierden su poder destructivo.”

Pero, ¿qué pasa si el niño necesita descargar un sentimiento negativo justo cuando hay que salir para no llegar tarde, o en una cena en un restaurante? El niño ha de entender que existen limitaciones realistas respeto al lugar y el momento para expresar ciertos sentimientos. El lugar: la privacidad de la familia. El momento: las horas que resultan apropiadas. Mientras el niño sepa que existen estas salidas, podrá controlarse temporalmente. Por ejemplo, justo al salir de casa en dirección al colegio con el tiempo justito, el niño se cae y se golpea la rodilla con el suelo. Vas con las manos llenas de mochilas y tal vez el hermano menor a cuestas, no es un momento para dedicar atención de calidad al niño. En este tipo de casos, bastaría con decir: “Ya veo que te has hecho daño, pero tienes que subir al coche ahora y cuando estés sentado me lo cuentas todo.” Volviendo al libro de Dorothy Corkille Briggs: “Jamás tratemos de ayudar al niño a expresar sus sentimientos cuando nuestras presiones externas o internas no nos permitan escuchar honestamente.”

ESCUCHA SANADORA

Es evidente que no se puede dar a los niños nuestra atención todo el tiempo (cantidad), pero existe una forma de dar una atención durante el tiempo que cada uno dispone y que esta atención sea sanadora para el niño (calidad).

Un tiempo.

La técnica consiste en dedicarle al niño unos “bloques” de tiempo a lo largo de la semana, siendo realistas con nuestras capacidades. No existe ningún ideal, cualquier cosa es mejor que nada. Si uno dispone de media hora o una hora cada día, es perfecto. Y si son 2 minutos al día, también es perfecto. Se trata de ponerse una meta alcanzable y dentro de nuestras posibilidades. La mayor dificultad es conseguir que este tiempo de calidad lo podamos dedicar al niño, a solas, y sin interrupciones. También hay que conseguir dejar de lado todas las preocupaciones y estar totalmente presente con el niño.

Suelta las riendas.

Durante este tiempo que le dedicamos al niño, no es necesario explicarle nada. No hay que hacer nada, justamente, solo se trata de hacerle caso. Hay que dejarle al niño las riendas durante un ratito. Después de unos minutos el niño fácilmente se dará cuenta y querrá jugar con sus juguetes favoritos, que te conviertas en un niño como él, deja que te guíe. Es posible que el niño, al sentir este espacio seguro, cree unas circunstancias “accidentales” en las que se haga daño y empiece a llorar para descargar sentimientos acumulados. No le des consejos. Sé todo oídos. Verás como el tiempo pasa volando y te acabas pasando del tiempo que tenías previsto.

Con esta técnica, a la vez sanadora y preventiva, el niño podrá estar emocionalmente “al día”, libre de acumulaciones listas para saltar en momentos inoportunos, y así se consigue un mayor nivel de armonía en las relaciones familiares.