Cada vez somos más las familias que decidimos hacernos cargo de la educación de nuestros hijos de forma integral y adquirimos el compromiso de educarlos en casa sin pasar por el sistema escolar.
La decisión de no escolarizar a los hijos no es fácil en una sociedad que tiene tan arraigada la creencia de que la escuela es necesaria para el desarrollo de las personas. Sin embargo, cuando uno adquiere consciencia de cómo funciona dicho sistema y de la gran influencia que tiene sobre los niños debe necesariamente preguntarse si está dispuesto a asumir ese riesgo, a delegar la responsabilidad sobre los propios hijos durante tantas horas al día, durante tantos días al año y durante tantos años en la vida.
Me pregunto si queremos que vivan su infancia y juventud a golpe de timbre, limitados por el calendario y el horario; si queremos que pasen los días haciendo lo que otras personas les dicen que deben hacer; si queremos que sean obligados a dedicar su tiempo a asuntos que quizás no les interesan; si queremos que sus formas de ver, pensar y sentir sean sustituidas por las de sus profesores o las de sus compañeros; si queremos que tengan que pedir permiso para hablar, levantarse, beber agua o ir al baño; si queremos que estudien cuando les dicen que estudien, que jueguen cuando les dicen que jueguen y que coman cuando les dicen que coman; si queremos que pasen sus años encerrados en una clase con otros veintitantos niños de su misma edad preparándose para el futuro, para ser algo en la vida y para tener un lugar en el mundo.
Me pregunto todo esto y concluyo que quiero que mi hijo sepa escuchar a su cuerpo, que sepa tomar decisiones razonadas, que sepa reconocer a sus emociones y sentimientos, que sepa descubrir cuáles son sus intereses y sus pasiones, que sepa que tiene derecho a perseguirlos. Porque educar es más que enseñar a leer y a escribir. Educar es acompañar en el proceso de desarrollo de la personalidad, del intelecto, del espíritu y también del cuerpo. Quiero que mi hijo aprenda a relacionarse con todo tipo de personas estableciendo relaciones de igualdad. Quiero que sepa que no se está preparando para el futuro, sino que está viviendo el presente, que ya es alguien en la vida y que ya tiene un lugar en el mundo.
Los niños que son educados en casa saben cuándo tienen hambre, sed o sueño porque no tienen a su lado a ningún adulto que pretenda saber más que su propio cuerpo. El sistema educativo no permite la diferencia, no valora la individualidad sino que uniformiza. Se pretende que todos aprendan lo mismo al mismo tiempo sin respetar los intereses, las aptitudes ni los ritmos de cada uno. El estado no debería tratar de imponer un currículum igual para todos. A muchísima gente no le ha servido de nada en la vida saber hacer una raíz cuadrada o analizar una frase. La mayoría, de hecho, lo hemos olvidado. Si hubiera alguna catástrofe natural y tuviéramos que volver a vivir como en la edad de piedra, ¿nos salvaríamos? ¿Sabríamos qué plantas son comestibles y cuáles no? ¿Sabríamos construir una cabaña o una canoa? ¿Sabríamos hacer fuego sin mecheros ni cerillas? Desde luego, las habilidades que nos ayudarían a sobrevivir no serían las que aprendimos en el cole.
Pero educar en casa no significa que no hagamos nada, sino todo lo contrario. Nuestra clase es el mundo entero, y no dividimos el conocimiento en asignaturas. Esto va más allá de lo académico y creo que tiene mucho que ver con un estilo determinado de crianza. Considero fundamental que los niños se autorregulen, por eso en casa no hay horarios de comida ni sueño, por ejemplo. La autorregulación es una habilidad innata en todos los seres vivos. Sin embargo, los humanos empezamos a sofocarla desde el momento en que damos el biberón a nuestros bebés cada tres horas de reloj, en vez de dar lactancia materna a demanda. O cuando despertamos al niño porque consideramos, arbitrariamente, que ya ha dormido suficiente. O cuando les obligamos a dejar el plato vacío.
Los niños que son dejados en libertad se autorregulan, también, en el estudio académico. Aunque mucha gente no lo crea, es posible que un niño estudie matemáticas porque le gusta y sin que nadie le obligue. La función del padre que educa en casa es la de hacerle ver todas las posibilidades que el mundo le ofrece. El niño no va a decirte que no le gustan las mates si no sabe que existen las mates. En cambio, si sabe que existen y, además, sabe que tienen una utilidad, él mismo va a querer aprenderlas. La automotivación es fundamental para que la educación en casa funcione. Y la automotivación es fundamental, también, para un correcto desarrollo integral de la personalidad.
En España existe un vacío legal respecto de la educación en casa: la ley no la reconoce expresamente pero tampoco la prohíbe. Las familias que no escolarizan se amparan, por tanto, en normas de rango superior como el Principio general de Permisión según el cual todo aquello que no esté expresamente prohibido se considera permitido y en la Constitución Española, cuyo artículo 27 reconoce la libertad de enseñanza. Además, la Constitución las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades reconocidas en este texto, se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España. Y dicha Declaración establece que los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos.
Todas estas normas son interpretadas por la jurisprudencia en el sentido de que educación y escolarización no son términos equivalentes. Los juzgados y tribunales españoles vienen dictando sentencias favorables a esta opción educativa desde hace años.




Los verdaderos problemas en tu vida probablemente sean las cosas que jamás atravesaron tu mente preocupada. Haz una cosa que te asuste cada día. Canta. Recuerda tus viejas cartas de amor. Tira tus viejos estados de cuentas. Estírate. No te sientas culpable si no sabes qué hacer con tu vida. Las personas más interesantes que conozco no sabían que hacer con sus vidas cuando tenían veintidós años. Algunas de las personas de cuarenta años más interesantes que conozco, todavía no lo saben.
Nacida en Buenos Aires en 1958, a los 22 años se graduó en París en psicopedagogía clínica, especializándose más tarde en temas de familia. De orientación junguiana, se formó con la renombrada psicoanalista francesa
La única identidad que no
Ah… esa es la gran pregunta. Creo que circula pésima información al respecto. El embarazo debería ser un período en que la pareja debería prepararse para la renuncia a las necesidades individuales, comprendiendo que son necesidades infantiles, es decir, que en el fondo, no hay nada personal demasiado importante, salvo para nuestra vivencia infantil (sobre este punto he desarrollado mi libro
Hay un paralelismo entre las pequeñas guerras emocionales que libramos todos los días y especialmente todas las noches contra los niños, y cómo vamos organizando mecanismos de supervivencia desde que somos pequeños para hacer frente al abandono, al punto de entender que la vida es una batalla constante. El desprecio por el otro, la humillación, la manipulación, las obsesiones, las adicciones, la negación de los deseos del otro son parte de nuestra vida diaria. Luego, es sólo una cuestión de escala. Lo que pasa en cada hogar es lo mismo que sucede en la comunidad, en la ciudad, en el país o en el mundo.
La capacidad de amar surge en la etapa primal, continúa en la etapa perinatal y durante el primer año de vida. Es una de las causas por la que es tan necesario humanizar el embarazo, el parto, el nacimiento y la crianza.
El Médico obstetra, Michel Odent, nos recuerda que los últimos avances científicos entorno al parto evidencian que todo lo que rodea al nacimiento puede afectar en la posterior capacidad de amar. Algo que hasta ahora se descartaba totalmente. Después del nacimiento, hay que dejar a la mamá y al bebé tranquilos y calentitos, piel con piel.

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