Si hay alguien en nuestro país que sabe de ecoaldeas y comunidades sostenibles, ese es José Luis Escorihuela, ‘Ulises’. Es licenciado en matemáticas y filosofía y se dedica a la resolución de conflictos y a la educación. Empezó hablando de ecoaldeas y ahora se centra en las relaciones, porque si no se trabaja a ese nivel, no hay comunidad posible.
Fundador de Selba Vida Sostenible, desde donde difunde estilos de vida más respetuosos con el medio ambiente y las personas, Ulises vive en Artosilla, una pequeña aldea en los Pirineos Centrales. Recientemente ha publicado su primer libro: “Camino se hace al andar: Del individuo moderno a la comunidad sostenible”. Próximamente visitará Mallorca para participar en el primer curso de Gaia Education que se impartirá en la Isla.
¿Qué puede motivar a una persona a querer vivir en comunidad?
En realidad siempre hemos vivido en comunidad. El individualismo más reciente tiene su sentido, al reconocer que tenemos derechos como individuos que no se pueden violentar y al ofrecer muchas posibilidades de expansión creativa. El problema surge cuando llegas al extremo de la individualidad: hace que todo sea mucho más difícil. La vida es muy dura cuando vives aislado y desconectado de los demás. Todo se multiplica en cuanto a trabajo, gasto energético y material. Esto afecta al medioambiente, ya que se consume más viviendo atomizadamente que en comunidad, y a nuestra felicidad interior. Lo que mucha gente necesita y está buscando es cómo satisfacer su ansia de expresión individual y autónoma, en el marco de una comunidad que le apoye y le permita mejorar esas posibilidades de desarrollo.
¿Cómo serán las comunidades del futuro?
Van a ser comunidades de individuos. No podemos renunciar a algo que tanto nos ha gustado, pero hay que integrar la parte de comunidad. Y eso está todavía por explorar. La fuerza de una comunidad consiste en conjugar muy bien las necesidades individuales y colectivas, a través de un proceso grupal permanente. Sin líderes dogmáticos, ni normas estrictas, sino con flexibilidad y un liderazgo de servicio a distribuir. Cuando tienes esa comunidad, las posibilidades del individuo son mayores, ¡y esa es la clave! Lo que tú no puedes hacer solo, en comunidad lo puedes hacer. Puedes conseguir mucho más en cuanto a tus capacidades de desarrollo y de plenitud en un marco grupal.
Ahora es un buen momento: hay muchos individuos cuyo nivel de conciencia les permite ver esa necesidad. Imagino que a partir de ahora saldrán muchas más comunidades de este tipo.
¿Cómo es el sistema en el que estamos inmersos y que queremos cambiar?
Todos formamos parte del sistema. Unos estamos empujando por un lado, y otros por otro. No abogo por crear algo al margen del sistema – yo estoy involucrado y soy parte del sistema. Ahora bien, dentro de las líneas dominantes, la más dañina es ese proceso de individualización extrema que se convierte en atomización, desconexión y separación: supone una forma de vida muy costosa en cuanto a recursos humanos y energéticos. Hay que tener una casa y comodidades para cada persona, con todo el impacto que conlleva. Establecemos relaciones que se basan sólo en el mercado. Todo eso es bastante pernicioso.
¿Cómo hemos llegado a este punto tan deshumanizado?
El capitalismo ha influido bastante. Si cada miembro de la familia es un consumidor los beneficios se multiplican por 3 ó más. Antes, una familia extensa consumía una cosa para toda la familia; si ahora cada individuo tiene que consumir, ¡genial para el sistema económico! Quienes se benefician de ello han empujado en esa dirección. No considero malo el mercado, pero el sistema basado en la especulación es un desastre. Y la religión oficial ha contribuido muchísimo a que se mantenga un status-quo que sólo favorece a unos pocos. Si juntas una cultura que favorece la expresión individual exagerada, un sistema económico que favorece la acumulación de la riqueza en manos de unos pocos y el consumismo exacerbado, y unos sistemas religiosos que mantienen el actual status-quo… el resultado es algo que merece la pena cambiar.
¿Qué hace que un grupo de personas pueda vivir juntos en un lugar?
En el pasado el principal aglutinante era la necesidad de enfrentarse a un ambiente externo hostil. La gente en su pueblo estaba segura, y si tenía fortaleza y murallas, mejor. Después aparecieron las primeras comunidades espirituales que encontraron un aglutinante en la religión, en un conjunto de creencias. En el siglo XIX se intentaron las primeras comunidades utópicas laicas, que fracasaron. ¿Puede ser la razón un aglutinante válido? Mi respuesta es: claramente, no. Los intentos de comunidades que se basan en la razón dicen: somos personas racionales, nos juntamos, discutimos nuestros problemas y encontramos acuerdos. Esas comunidades han fracasado todas. Hace falta buscar algún otro elemento que realmente nos lleve hacia la unión. Para mí, solamente hay un aglutinante válido cuando se habla de buscar la unidad por debajo de todas las posibles diferencias: amor, compasión, espíritu… Lo puedes llamar de muchas maneras, pero si no hay algo así, no se une a la gente.
Creo que los individuos más conscientes van a descubrir esa capacidad amorosa para verse como seres participantes en una red de relaciones que es más amplia que ellos mismos. Esa fuerza unificadora o amorosa será el aglutinante del futuro.
¿Es pertinente hablar de tribus cuando hablamos de ecoaldeas?
Hay mucho que aprender de las tribus. Es una buena palabra para una comunidad familiar extensa, pero no vale para ecoaldea. La ecoaldea es un conjunto de tribus. Las tribus primitivas no llegaron a ese nivel de conciencia de conocimiento del individuo. Con nuestra condición de individuos desarrollada, no podríamos soportarlo. Hay mucho que aprender de todas las tribus que hay en el mundo, pero no es un modelo válido. Sea lo que sea la comunidad, tiene que ser una comunidad de individuos. Y ese es el reto.
¿Cuáles son otros retos y dificultades comunes a los que se enfrentan las ecoaldeas?
Los retos son crecer y servir como modelo para un cambio social. Para ello hay que desarrollar todos los aspectos que forman parte de una ecoaldea: la ecología, los aspectos sociales, la economía, la parte cultural y espiritual… y hace falta un grupo de gente grande para que todo eso esté completo. No es fácil crear una comunidad sostenible, saneada, que permita construir casas. El principal problema es la vivienda, la construcción, la habitabilidad… Tendría que ser más sencillo cubrir la necesidad básica de la vivienda, sin tener que hipotecarse durante 50 años.
Todas las ecoaldeas quieren crecer y a la vez no pueden. Si no crecen lo tienen difícil a la hora de hacer una economía local consistente y no tener que depender del sistema exterior. Eso lo han conseguido muy pocos proyectos. Incluso los grandes, mientras haya sólo unas 100 personas, dependen del sistema. Crear una economía más fuerte a nivel local, a nivel interno, es otro gran reto.
¿Los temas de los conflictos entre personas también deben ser un reto?
Yo empecé hablando de ecoaldeas y ahora sólo hablo de relaciones, porque si no arreglamos ese paso previo no hay nada que hacer en realidad. Todo mi interés, al principio, era difundir las ecoaldeas. Cuando encontré gente que lo había
intentado, todos me decían lo mismo: habían fracasado por los conflictos interpersonales. Entonces pensé que había que dar un paso anterior: nos tenemos que arreglar a nivel de relaciones. No podemos afrontar un cambio social si no cambiamos también la manera de relacionarnos. La viabilidad de un proyecto depende de que se tengan herramientas para hacer que los conflictos, decisiones, relaciones y comunicaciones internas funcionen mejor. Trabajar la convivencia… ese sí que es un gran reto.
Otro reto más es contar con una visión holística. No se puede crear una comunidad sostenible si no somos capaces de integrar lo local dentro de un marco global. Hay muy pocas ecoaldeas que tengan esta visión tan global, pero si no piensas en el futuro, en las siguientes generaciones, no eres sostenible. En algunos proyectos de comunidad se vive demasiado apegado a lo local, a lo presente… y falta una visión más amplia, holística, que es la parte más espiritual, o como quieras llamarlo. La fe en el espíritu te abre la mente, mientras el apego a una identidad te la cierra un poco.
¿Qué nos está fallando en las relaciones interpersonales que hace tan difícil la colaboración?
Lo primero es la comunicación. Podemos querer crear muchos mundos alternativos, pero hemos sido educados con unos patrones de comunicación y de comportamiento que, quieras o no, vienen del viejo paradigma. Si nuestro trabajo personal no va acompañado de un trabajo interrelacional, choca con nuestras respuestas automáticas… Cuando estamos muy presentes en nuestro ser, muy centrados, somos muy capaces de mantener una relación, digamos, sana. ¡Pero eso no es tan normal! En los momentos de dificultad es frecuente que salga ese “yo” que se creó con un tipo de comunicación bastante violenta y agresiva.
Otro punto clave es que podamos vivir con personas muy distintas a nosotros, y reconocer que bajo tantas diferencias hay algo que nos sigue uniendo. Eso que en la teoría nos parece cierto, en la práctica, no lo es. Podemos hablar de lo bonita que es la diversidad, pero luego queremos que se hagan las cosas como a nosotros nos gusta. Esa dificultad se supera si somos capaces de percibir continuamente la unidad, y no darle importancia a cómo se hagan las cosas, y decir: “pues yo lo haría así, pero no me importa que se haga asá…”.
Entre la mala comunicación y la dificultad que tenemos para concretar aquello que en teoría nos gusta, no es fácil gestionar la diferencia. Son dos puntos clave que hay que trabajar.
¿Las comunidades biorregionales son una posibilidad interesante donde hay dificultades para crear una ecoaldea?
El biorregionalismo se basa en difuminar las fronteras políticas y considerar otro tipo de fronteras, culturales o naturales. Si estoy en un lugar que se caracteriza a nivel geográfico por tener unos valles o unas montañas, a nivel cultural por una tradición, en vez de crear mi propia comunidad, voy a ocuparme de ese lugar, y buscar personas que, aunque no vivan conmigo, tengan interés en cuidar del lugar. Aunque hay que evitar los nacionalismos identitarios.
Establezcamos relaciones, creemos redes cuyo objetivo sea que la agricultura sea ecológica, que se respeten los ciclos naturales, que la contaminación sea cero… Así estamos creando una comunidad sin que sea una ecoaldea. Si las distancias no son grandes y existe un lugar de encuentro físico, la comunidad consiste en pequeños grupos dispersos en un espacio con capacidad de juntarse. Este es el modelo en el que estoy viviendo ahora mismo. En Artosilla (Huesca) somos 8 personas, al lado hay otro pueblo de 30 personas, otro de unas 10… y entre todos juntos podemos hablar de comunidad. Ese va a ser el modelo del futuro: una comunidad intencional o familia extensa con buenas y estrechas relaciones. En una finca, en un bloque de apartamentos, en una casa… creas el primer nivel de comunidad, que es una especie de familia extensa renovada. Si tenemos 3 ó 4 pueblos, y en cada pueblo hay 3 ó 4 familias conectadas creando su pequeña comunidad local, ya tenemos la comunidad biorregional donde las necesidades básicas se pueden satisfacer. En el nivel familiar satisfaces las relaciones afectivas, muy estrechas e íntimas; en el nivel local satisfaces otro tipo de relaciones, sobre todo con el trabajo, y después, en el nivel biorregional, satisfaces relaciones más sociales o espirituales.
Dada la imposibilidad de comprar tierras o de vivir juntas las personas, este es un modelo con mucho futuro.












Aceptado este dato, estamos en condición de formular una salida para nuestras sociedades. Hay que hacer de la cooperación, conscientemente, un proyecto personal y colectivo, cosa que no se vio en Copenhague en la COP-15 sobre el clima. En vez del intercambio competitivo donde sólo uno gana y los demás pierden, debemos fortalecer el intercambio complementario y cooperativo, el gran ideal del «bien vivir» (sumak kawsay) de los andinos, mediante el cual todos ganan porque todos participan. Hay que asumir lo que la mente brillante del Nóbel de matemáticas John Nesh formuló: el principio gana-gana, por el cual todos, dialogando y cediendo, salen beneficiados sin que haya perdedores.






Si bien todas las empresas citadas se llevan mal con el medio ambiente, los trabajadores y las comunidades, Buades, se ha centrado en su investigación en el Grupo Barceló. Según sus propias palabras destaca
Otra cosa que queda clara en



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