8

enero

2012

Expectativas

Por

Escribía yo mi última estupidez sobre el fútbol, sobre la notable decepción entre aquellos aficionados madridistas que daban por hecho el triunfo… en realidad os importuné con el enésimo partido del milenio para hablar de las expectativas. Un tema que acostumbra a tratarse de un modo simplón, pero que bien mirado no es nada banal.

Siempre se nos dice que hay que vivir evitando las expectativas, que nos hacen más mal que bien, que contaminan nuestra mente y bloquean de algún modo nuestro devenir, pues ocupan un espacio energético valiosísimo, dificultando la llegada causal de lo que la vida tiene preparado para nosotros, etc etc etc.

Pero yo me pregunto: acaso nuestra maestría en este plano no consiste en proyectar nuestro futuro para crear y materializar nuestras ilusiones, viviendo con confianza para alcanzar todo aquello que nos gustaría? No es esa una forma de generar expectativas? Dónde está la sutil frontera que limita ambas cosas?

Supongo que podríamos hablar de la aceptación, de permanecer con la mente y el corazón abiertos, asumiendo que los resultados de nuestros deseos pueden coincidir o no con nuestro plan maestro (aquello que elegimos experimentar antes de nuestra llegada), y que a menudo la Vida se demuestra más sabia que nuestra caprichosa e inexperta mente creadora terrena. Como escribió Jorge Drexler (amo a ese hombre): “lo que tenga que ser, que sea. Y lo que no, por algo será”. Pero aún así, como animales materiales que somos, nadie nos salvará del mal trago de la decepción o la frustración…

La cosa se complica al pensar que vivimos en sociedad, compartiendo nuestra película con todos les demás actores. Entonces, cuando intentamos proyectar nuestros deseos, no vamos contra las proyecciones de los demás? Son muchas las voluntades y relaciones (evidentes o no) que están siempre en juego, en cualquier situación. Podemos encontrar un montón de ejemplos. Volvamos al bendito partido de marras: alguien podría desear que venza un equipo, con su mejor intención e inocencia, en plan “que gane el que más lo merezca por su buen juego”, pero… y si hay tropecientos seguidores del otro club que desean con más fervor que gane su equipo? Pongamos que además lo pretenden con cierta maldad, solo por el oscuro placer de fastidiar a la afición contraria, es decir “me da más placer que pierda el otro equipo a que gane el mío”? Qué deseo se impondrá, con qué criterios juega el Universo? Yendo más allá: cuánto influyen realmente los deseos de los aficionados en el resultado de un partido?

Segundo ejemplo: quiero proteger el medio ambiente, que Gaia triunfe y el planeta se regenere y viva en paz y armonía con todos los seres que lo integramos. Eso va contra los intereses de las compañías que están utilizando y explotando los recursos naturales (y de sus ejecutivos y trabajadores, que viven de ello), los cuales quieren más y más provecho y beneficio, a costa de la naturaleza. No es ingenuo pensar que mi voluntad, por más noble que sea, debe imponerse a la de los empresarios, con todo su poder y recursos?

Tercer ejemplo: chico conoce a chica, la ama con locura y quiere compartir su vida con ella. Pero tal vez su destino no sea ése, quizás incluso la voluntad de la damisela va por otro camino, y el deseo de ese chico está resultando una especie de imposición sutil sobre ella.

Cuarto y último ejemplo, muy adecuado a los tiempos que corren: quiero conseguir ese puesto de trabajo, me gusta y creo que yo encajaría perfectamente en esa función. Pero cuántos candidatos más estarán deseando lo mismo, cuántas energías luchando por lo mismo?

Seguro que podéis añadir infinidad de casos a diario en vuestras realidades…

 

 


    Facebook Twitter Meneame Digg del.icio.us Google Bookmarks email

La zona gris


Dejar un comentario

Solo se publicarán mensajes que:
- sean respetuosos y no sean ofensivos.
- no sean spam.
- no sean off topics
- siguiendo las reglas de netiqueta, los comentarios enviados con mayúsculas se convertirán a minúsculas.



W3Counter