12

julio

2011

Fuera de la oficina (y 4)

Por

En un reciente viaje de trabajo terminé un intenso día de reuniones con una invitación a cenar. Por supuesto, siendo yo el cliente, mis anfitriones quisieron quedar bien y llevarme a un sitio prestigioso.

Con este sencillo encabezamiento se me encendió la máquina de preguntarme cosas, que ya llevaba un tiempo en standby…

Cuarta cuestión: Acaso los ricos son unos inútiles? Ir a un sitio caro, pretendidamente lujoso y exclusivo (o debería decir excluyente?) es toda una experiencia. Te aparcan el coche, te abren las puertas, te acompañan, te llevan los bultos, te pulsan los botones del ascensor, te encienden las luces… si se trata de un restaurante, te separan la silla y te la sitúan después debajo del trasero, te despliegan la servilleta y te la ponen en el regazo, te llenan las copas… un montón de cosas que tú harías de forma natural, pero en cambio te invitan a quedarte quieto, incómodo y sin saber qué hacer con tu cuerpo mientras un empleado cumple ese ritual por ti.

Cuantas menos cosas tienes que hacer por ti mismo, parece que más lujoso es el establecimiento. Y más fuera de lugar te encuentras… No me sorprende que luego esos mismos usuarios aparentemente privilegiados se vayan a quemar adrenalina practicando deportes de riesgo, o a ejercitar el cuerpo al gimnasio… si es que lo deben tener atrofiado!

Admito que al mirar los rostros de todos aquellos trabajadores tan serviciales (diría serviles), no sé bien qué pensar. Todos ellos son personas como tú, con sus familias y sus problemas cotidianos, y su labor consiste en adoptar posturas propias de los tiempos feudales. Ejecutar una y otra vez acciones que sus clientes podrían hacer solitos, y con esas poses sumisas, debe ser cuanto menos extraño. Qué debe pasar en ese instante por su cabeza? Es un trabajo que no debería existir, al menos de ese modo… pero que es su forma de ganarse la vida.

Los aviones, tan nocivos para el medio ambiente, son una especie de bálsamo social en este aspecto. En los aeropuertos se puede ver a esos mismos ricos arrastrando sus maletas, andando las mismas distancias, sufriendo los mismos fríos y calores, las mismas colas y los mismos controles policiales denigrantes y absurdos.

Volviendo a los restaurantes, tema aparte es el de las cartas en otros idiomas. El ámbito culinario es todo un máster lingüístico, en el que yo rara vez doy la talla. Los camareros no siempre tienen las ganas, el tiempo o la habilidad de explicarte el recetario, así que al final, si no eres un aventurero tipo Lonely Planet (o si ya te has cansado de experimentos decepcionantes), te aprendes cuatro platos y acabas repitiendo un limitado menú…

Termino ya con mi viaje. Después de la cena a la que fui invitado, evidentemente siguieron los ofrecimientos e invitaciones: a tomar unas copas, a salir de marcha y conocer la vida nocturna de la ciudad… Y evidentemente las rehusé con mucha amabilidad: yo solo quería, ya incluso antes del ágape, irme a descansar a mi confortable y enoooorme cama de hotel.


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