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abril

2011

FZG1 – El ornitorrinco enano… y la madre que lo parió

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Comenzamos la recopilación de Fauna de la Zona Gris (FZG) abordando la vida y milagros de uno de los seres emblemáticos que pueblan estos mundos que pisoteamos: el ornitorrinco enano. Más de uno habréis tenido sendos encontronazos con tan simpático pero temible animalito.

Tras ese aspecto bonachón, incluso ciertamente gracioso y divertido, en realidad se esconde una criatura mortalmente peligrosa para la economía doméstica. Por lo general los animales nacen, crecen, se reproducen y mueren… y el ornitorrinco enano además gorronea, siendo ese su medio de subsistencia. Tú, la víctima  inocente, paseas tan ricamente cualquier jueves por la tarde por la célebre tundra caribeña, y al torcer por la tercera palmera a la derecha, dejando atrás los líquenes, te expones a cruzarte con tal bestia inmisericorde.

El procedimiento es siempre el mismo: el ornitorrinco enano, de un modo salvaje, cruel y despiadado, se planta de repente ante ti, pobre incauto, y te cuenta un chiste malísimo, antes de que puedas reaccionar. Qué malo es el cabrón contando chistes!!! Pero inmediatamente el bicho se descojona de risa delante tuyo, emitiendo unas contagiosas carcajadas afónicas, cual perro patán (léase “peggo patang”), mientras muestra sus dientezuelos dentro de ese ridículo pico de pato y se revuelca agitando sus cortas patitas (valga la rebuznancia). Frente a tal espectáculo, uno debe hacer auténticos esfuerzos para contenerse, pues el peor error que un ser humano puede cometer ante un ornitorrinco enano es, sin duda alguna, reír!

En cuanto uno de estos pequeños monstruos detecta el menor atisbo de risa, ataca sin piedad: suelta una retahíla de chistes si cabe peores que el primero y empieza una infalible sesión de cosquillas de la que nadie puede escapar. Si es necesario se ayuda de la vestimenta tradicional bielorrusa de payasete mikolor, con todos los complementos, hasta que acabas por el suelo con un tremendo dolor abdominal, entre convulsiones hilarantes. Tiemblo solo de pensarlo, no se lo deseo ni a mi peor enemigo… 

Justo entonces, el asaltante hace gala de un comportamiento que se viene repitiendo desde épocas inmemoriales. Siguiendo una tradición ancestral, el ornitorrinco enano se aprovecha de ese momento de debilidad para hacerte firmar un contrato que ni sabes de dónde ha sacado, según el cual le alquilas de gratis una habitación en tu casa.

En resumen, sin comerlo ni beberlo, tú ibas paseando por cualquiera de los hábitats naturales del ornitorrinco enano (a saber: la tundra caribeña, la vasta estepa chipriota o los glaciares ecuatorianos)… y una semana después te encuentras con un bicho gorrón en la habitación de al lado, vaciando tu nevera y ligándose a tu vecina. Y no lo puedes sacar de allí, bajo amenaza de volver a atacar con nuevos chistes aprendidos en el trayecto de avión (viaje que, por supuesto, también le has pagado tú).

Y es que el ornitorrinco enano, cuando está de buenas puede parecer un ser excepcional, pero a las malas… Solo hay un modo de librarse del implacable animal: sacarlo mucho de marcha, por locales de moda que él elige y exige (la entrada y las copichuelas van a tu cargo) y, en un descuido, endosárselo a un coleguita feo que estés dispuesto a no ver nunca más, en plena borrachera, con el pretexto de que no habrá mujer que se le resista con tan simpático bicho al lado.

Permíteme terminar este instructivo documento con un sabio consejo: ten siempre a mano un amigo feo, tonto y fácil de emborrachar para, en caso de apuro, enchufarle un ornitorrinco enano.


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La zona gris


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