7
mayo
2011
FZG3 – El soliplautus angasiforme… y la madre que lo parió
Por Xavier PujadasTras un paréntesis temporal, retomamos la publicación de las investigaciones del Tío Chema Ventura, estudioso de la Fauna de la Zona Gris. Tenemos a bien hoy abordar el desconocido, por extenso y variopinto, mundo de los insectos.
Por motivos ajenos a nuestra voluntad, debemos cancelar el reportaje que habíamos previsto sobre la libélula kamikaze. Una desgraciada lluvia accidental de aceite sobre los vetustos apuntes, precedente de un suculento bocadillo de caballa, lo ha imposibilitado. Lamentablemente la ciencia no es inmune a las circunstancias cotidianas… Así pues, pasamos a hablar de ese pizpireto bichejo que es el soliplautus angasiforme. Cuántos buenos momentos de entretenimiento ha proporcionado este pequeño animal a los exploradores, paseando su zumbido ante sus anteojos!
El soliplautus angasiforme consta de cabeza, torso y abdomen, a saber: la cabeza es descomunal, desproporcionada a juzgar por el tamaño del resto de su cuerpecillo. En ella destacan dos ojos polioftálmicos de visión ultravioleta y dos largas antenas aleatorias (o sea, que van a su bola: nadie sabe con certeza qué función tienen las antenas del soliplautus, que se mueven como quieren, sin responder a ningún patrón ni estímulo concreto… siendo además de tamaños distintos, al azar). No podemos olvidar el enorme bocarrón mostachudo que alberga una trompa succionadora, por la que el insecto sustrae su alimento. Sin embargo, en tan singular cabezón no encontramos más que un minúsculo cerebelo, con el que el animal a duras penas puede cumplir con sus funciones vitales, de forma más bien limitada, desordenada y confusa. Vamos, que no hay en el mundo un bicho más tontaina que el soliplautus!
Del pequeño torso nacen seis cortas extremidades, pero musculadas porque deben soportar el peso del cabezón y el abdomen sin tambalearse en exceso (nada reseñable se puede decir de ese triste abdomen, que por no tener no contiene ni aguijón), amén de dos poderosas alas que despliega con elegancia y velocidad para levantar el vuelo. Y es que el soliplautus angasiforme pasa la mayor parte del tiempo pasa volando, sin rumbo fijo.
De hecho el soliplautus sólo se posa si por casualidad encuentra alguna fruta en su camino, en ese vuelo desordenado y desconcertante que acostumbra a mostrar. Más que encuentros son encontronazos, puesto que el insecto volador choca con las frutas sin quererlo ni saberlo. En tal instante su trompa se activa instintivamente y succiona, a ver si sale algo de provecho…
Así se comprende la diversidad de longevidades que caracteriza a esta especie: los soliplautus angasiformes que tienen la fortuna de ir hallando alimento en su vuelo errante van sobreviviendo, copulando y reproduciéndose… los que no, pues caen como moscas (nunca mejor dicho).
Y ojalá se diera el caso de que ningún soliplautus encontrara comida, porque al digerirla y procesarla sueltan un inaudito gas que contagia de su poco cerebro a quien lo respira, erratizando los comportamientos. Es fácil para un explorador comprobar dónde hay soliplautus angasiformes, basta con observar a personas y animales caminando sin rumbo, topando con los árboles y objetos con inocentes caras de felicidad, y copulando en un orgiástico descontrol.
Finalizamos este documento con un práctico consejo: si de repente os encontráis en medio de un desbarajuste errático y sexual, buscad al posible soliplautus angasiforme y eliminadlo… pero antes preguntad si es en efecto una orgía, en cuyo caso mejor añadíos y no hagáis el gilipollas buscando bichos voladores!


Esta entrada fue escrita el Sábado, mayo 7th, 2011 at 6:00 pm y está archivada bajo las categorías La zona gris. Puede seguir los comentarios a esta entrada a través del RSS 2.0. Puede dejar una respuesta, o un trackback desde su sitio web.