10

mayo

2011

FZG4 – El blanduzco colmillero… y la madre que lo parió

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Le toca el turno hoy a ese curioso espécimen conocido como blanduzco colmillero, que se desenvuelve en las cálidas llanuras siberianas, aunque quedan algunos ejemplares en los confines de la selva de la China septentrional, según bajas por la Muralla a la izquierda.

Se trata de un impresionante felino, uno de los mayores y más feroces que pueblan el planeta. Nadie osaría hacer tal afirmación cuando se les ve siendo aún tiernos cachorrillos, jugando entre retozos y dulces gruñidos, con sus patitas, sus expresivos ojitos, su piel pálida… cuchi cuchi, ay qué cosita… rorrorrorroooo… guliguliguli…

Ejem… a lo que íbamos: el blanduzco colmillero adulto supera en tamaño al tigre de bengala y ostenta una dentadura tan peligrosamente armada, pero asimismo posee la agilidad y la velocidad de un leopardo, y la misma voracidad que una leona joven. Es, en definitiva, una auténtica máquina natural de cazar.

No hay víctima que se le resista: en cuanto un blanduzco colmillero pone su persistente y vivaracha mirada sobre un antílope, bóvido o cualquier otro rumiante de los que componen su selecta dieta, pone en marcha su temible mecanismo óseo-muscular (un dechado de fuerza, velocidad y coordinación) para abalanzarse a la carrera sin piedad sobre la presa y destrozarla a golpe de zarpas y mandíbula.

Si un avispado explorador osara introducirse en el hábitat del blanduzco colmillero, observaría no obstante la gran falacia natural que envuelve al mito de tan impresionante depredador. En cuanto un ejemplar adulto detecta la presencia de un humano observándole, el felino hace gala de su brutal y ostentoso poderío lanzándose a la caza de alguna víctima imaginaria… para caer de repente de bruces ante el aventurero, simulando una dolorosa lesión muscular que en teoría le impide el desarrollo de su actividad. 

Por lo general aparenta adolecer de un esguince en el tobillo anterior derecho, y se lamenta amargamente acompañando los revolcones de dolor con sonoros sollozos e incluso soltando unos lagrimones de un tamaño inverosímil. Ante tan patética imagen, el explorador no puede más que abrir su corazón y cargar con el enorme animal en su espalda hasta el dispensario más próximo, donde le recetan reposo y atenciones diversas.

Un caso habitual es el siguiente: ante los continuos lamentos del blanduzco colmillero (que recibe su nombre por la aparente fragilidad de sus extremidades, en esa farsa que atrapa sin remedio a los intrépidos pero sensibles aventureros), el explorador se lo acaba llevando a su país y, tras la firme y amenazante negativa del felino de someterse al cuidado de la Seguridad Social, se ve moralmente obligado a ingresarlo en carísimas clínicas privadas a su cargo, donde bellas enfermeras le miman y abastecen de todo lo que necesita.

Y es que el blanduzco colmillero esconde tras su poderío físico una más poderosa vagancia natural, que combina con sus artimañas y su talento artístico para vivir del cuento en cuanto le sale la menor oportunidad.

Concluimos el reportaje con un impagable consejo: recomendamos a los fornidos exploradores que se encuentren con un blanduzco colmillero que, cuando el animal comience su actuación simulando un esguince, le demuestren la diferencia entre esguince y desgarro… y que se deje de historias.


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