Todo pasa; sólo la serenidad permanece. — Leonardo Da Vinci

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Historias de la Tramuntana I

Sa Foganya de Son Rul·lan

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Son Rul·lanDesde la cristalera del salón de Son Rul·lan se ve cómo unas nubes cargadas de lluvia y truenos se acercan a la costa norte mallorquina desde el mar. Desde esa cristalera también se ven las laderas de la montaña. Esa imagen que tengo ahora mismo delante de mis ojos, la imagen de los bancales de Son Rul·lan, es uno de los paisajes más bellos que uno pueda contemplar. La fusión de los viejos olivos, la piedra de los bancales, la tierra arcillosa, las hierbas y el musgo, la montaña y el mar crean un conjunto que evoca el esfuerzo del hombre por extraer fruto de la naturaleza luchando contra el paso del tiempo y los elementos. En este lugar, ese proceso se ha cristalizado en un paisaje que alcanza una belleza sublime, una belleza melancólica, nostálgica, que se zarandea entre un atardecer de verano y un fría mañana de invierno. Una nostalgia que le hace a uno reflexionar sobre el paso del tiempo, sobre el constante cambio, sobre la gente que siglos atrás colocó las piedras de los bancales que ayer la lluvia derrumbó. Nada permanece. El hombre construye, el tiempo destruye, el hombre construye, el tiempo destruye. El hombre muere. El tiempo pasa. Y así, días tras día, siglo tras siglo.

Este lugar rústico y elegante de la serra de Tramontana ofrece la posibilidad de observar la impermanecia de la vida. Si uno consigue mantener la mirada incluso puede contemplar su propia mortalidad. Todo ello evoca una soledad existencial y una delicada tristeza. Y la constatación de que toda la existencia comparte el mismo destino.

Son Rul·lanEl suelo del salón está hecho de grandes y robustas losas de piedra, que un día formaron parte de la vieja tafona en la que se hacía aceite. En Son Rul·lan se hace aceite desde mucho antes de que Cristóbal Colón pisase tierras americanas. Ahora se ha retomado esa vieja tradición, una moderna tafona vuelve a producir aceite. Son Rul·lan despierta de nuevo.

L’Amo Toni

L’Amo Toni ahora tiene 92 años, vive tranquilo en Deià. Su memoria permanece intacta y al pasear con él por Son Rul·lan cada rincón cobra vida y hacer un viaje en el tiempo resulta fácil con él. Cuando pisa el suelo del salón se encienden sus recuerdos. Esas losas que pisamos, eran las que formaban una enorme pica en la que se almacenaba el aceite.

Año 1935: Por esas fechas aún está de pie la torre de defensa de la que a día de hoy apenas queda algún recuerdo. La tafona estaba en pleno rendimiento. Seis personas trabajaban para que todo estuviera a punto: la caldera para calentar agua, la prensa, el trui movido por una mula… En este momento el joven Toni y otro hombre están cambiando las juntas de las gigantescas picas. -Las losas que ahora pisamos-. Toni está haciendo una pasta a base de estopa, cal y aceite. Y su compañero se encarga de introducirla en las juntas para sellarlas. Cuando el engrudo se seca no se escapa ni una gota de aceite.

OlivosLas foganyas, las tradicionales chimeneas mallorquinas, como ésta, no son solo chimeneas, son habitáculos con bancos en los que se enciende un fuego en el suelo, lo que las transforman en el corazón de la casa, el hogar. El refugio en las frías noches como la de hoy, en la que un fuego alimentado con madera de olivo calienta.

En sus paredes rebotan los sonidos de grandes tertulias y de profundas confesiones. L’Amo Toni vuelve a recordar. Al caer la noche, en el mismo banco blanqueado con cal y algo ennegrecido de la foganya están sentados algunos jóvenes de Deià -de esto hace 73 años- pero l’amo Toni lo cuenta hoy con tal viveza que el paso del tiempo pierde importancia. Están algo nerviosos porque han subido a la finca unas chicas del Plà como refuerzo para coger olivas. Han estado todo el día trabajando y al caer la noche se reúnen en la foganya a calentarse y a comer un pamboli muy parecido al que me estoy comiendo yo ahora. Para ellos es un oportunidad fantástica que no sucede tan a menudo como a ellos les gustaría. No pocos enlaces surgían de estos encuentros. La noche se alarga más de lo recomendable teniendo en cuenta que al día siguiente el trabajo empieza muy pronto. Pero unos vasos de vino han distendido un poco el ambiente y las canciones, las risas y alguna mirada furtiva se suceden.

Una de las paredes de la foganya tiene una mirilla desde la que se controla la puerta. Cuando el capataz entra la fiesta termina, por suerte tienen tiempo de esconder el vino. Al día siguiente hay muchas olivas que recoger.

La casa, la Belleza

Cuando entras a la casa de Son Rul·lan, lo primero que encuentras es la capilla. Junto a la iglesia de Deià y Ca l’Abat, son los únicos lugares consagrados del municipio. Junto a ella en el pasamanos de una pequeña escalera puedes ver grabada una pequeña cruz templaria. A la derecha una escalera que sube a los dos pisos superiores. Y si sigues de frente llegas a la cocina, donde está la foganya, en la que ahora me encuentro. Si atraviesas la cocina llegas a una bella sala que antiguamente era la sala de picas en las que se vertía en aceite que salía de la tafona. Una cristalera ofrece una salida al jardín, que es un gran balcón sobre el Mediterráneo. En las tardes de primavera una brisa hace sonar un carillón de metal y el sonido, la vista y las plantas del jardín inspiran hasta a las piedras.

CapillaEl interior de la casa es muy bello. Elegante, rústico, quizá necesite algún retoque, todo llegará. El paraíso también necesita mantenimiento, sobre todo cuando los siglos van pasando. Pero el presente de este lugar está a la altura de su historia. Sybilla tiene ahora el testigo en sus manos y su idea es que este proyecto se convierta en un referente de agricultura ecológica, artesanía y formación. Henar, la guardiana de Son Rul·lan, se encarga de que se materialice.

La cal de las paredes se tiñe de naranja por las mañanas. Cuando el sol está alto el blanco de las paredes es tan intenso que dan ganas de asomarse a las ventanas para llenarse de azul y verde. Las ventanas, cada una un cuadro digno de estar colgado en el mejor museo… aunque no hay museos dignos de este arte. La vista de cada una es la Belleza. Alguien dirá que exagero, que se me ha ido la mano con los adjetivos, tal vez, pero me da igual. La objetividad no le llega a la suela de los zapatos a la Belleza y aquí hay Belleza.

El temporal que amenazaba desde el horizonte ya ha llegado; el viento y la lluvia golpean los cristales. El aire ulula desde lo alto de la chimenea. Sopla fuerte y la casa cuyas puertas de madera centenaria tienen mil rendijas se entrega sin resistencia. Poco puede hacer más que permanecer impasible, como ha hecho desde hace por lo menos seiscientos años. La vivienda se encuentra en el alto de un pico, como un nido de águilas, totalmente expuesta a los azotes, tanto, que se la conoce como la colina de los siete vientos.

Próximo capítulo: Historias de la Tramuntana II


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Un comentario para “Historias de la Tramuntana I”

  1. cat dice:

    Ja m’agradaria canviar la vista de la pantalla d’ordinador per aquesta panoràmica que aquí descrius. La vida de l’Amo en Toni, com la del meu padrí, un passat per admirar i per lligar amb el nostre present.

    Per xerrar de templaris, és quasibé imprescindible LA CONTRA d’avui (21 Oct)a La Vanguardia. Sabràs com es va inventar el Xec

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