6

julio

2009

La magia del Albaycín, el flamenco del Sacromonte

Cuaderno de Viaje (4)

Por

Sábado 4 de Julio. Granada

Me pierdo por las calles del Albaycín. Mantiene el espíritu de un pequeño pueblo. Y sus estrechas calles están salpicadas de iglesias de ladrillo que miran a la Meca. Si te fijas un poco es fácil ver que fueron construidas sobre mezquitas. Aún pueden verse los restos de lo que fueron los antiguos templos árabes, sus antiguas entradas con arcos árabes están ahora clausuradas dejando a la vista la humillación que debieron sufrir los musulmanes en el siglo XVI. Los aljibes donde los fieles hacían las abluciones antes de entrar en el templo siguen allí ofreciendo su agua. Desde alguna ventana se escucha algún ‘quejio’ flamenco o alguna madre gritando al niño… La zona tiene un aire que podría recordar al Dalt Vila ibicenco, casas encalas y suelos de piedra.

Uno de los lugares más espectaculares de la ciudad es el mirador de San Nicolás. Un lugar magnífico para contemplar el esplendor de la Alhambra y palpar el espíritu bohemio y tolerante de la ciudad. El ex Presidente de EE.UU. Bill Clinton afirmó que desde este lugar había contemplado la puesta de sol más hermosaque jamás había visto.

alhambra horizonal

Cuando llego hay algunos ‘perros-flauta’ fumándose un canuto, unos artesanos callejeros vendiendo pulseras, turistas americanos buscando una sombra que les refugie un minuto del sol implacable… El olor a ‘pescaito’ frito de los chiringuitos de la frito ya empieza a inundar el ambiente.

Este barrio conserva la belleza de lo pequeño, la escala humana. Las paredes están llenas de pintadas contra la especulación. Esa ola de avaricia que ha acabado con casi todo. Paso por una inmobiliaria y al ver los precios de las casas veo que este reducto también a sucumbido.

Ya empieza a hacer mella el hecho de viajar solo. La soledad es la mejor manera de saber cuáles son tus obsesiones y de escuchar machaconamente tus propios pensamientos.

Flamenco en el Sacromonte

Al caer la tarde me acerco de nuevo al Sacromonte con la intención de escuchar flamenco en una cueva. Opto por la Cueva El Gallo, hecho un vistazo y me doy cuenta de que es un lugar que respira arte. Supongo que por el precio de la entrada su dueño ya se ha dado cuenta.

Una guitarra y la fuerza de sus palmas que suena como si hicieran chocar dos cantos rodados me pone los pelos de punta. La voz de la cantaora, una gitana rubia y alegre, rasga la sala. Al lado mío hay tres turistas colombianos que se quedan catatónicos por la rudeza del sonido. No hay concesiones rumberas, flamenco puro. Cante jondo.

A mitad de la primera canción salen tres bailaores. Dos chicas jóvenes y un chico. Nada que ver con los gitanos desarraigados de la ciudad a los que estoy acostumbrado a ver. Allí están ellos sobre el escenario, elegantes, alegres, profesionales.

En el segundo tema sale una bailara madura. Altiva. Los rasgos de su rostro picassianos. Se retuerce en el escenario tratando de expulsar algún demonio de su cuerpo con una pasión que asusta. El publico está sobrecogida. El sentimiento que irradia el escenario es poco habitual y ver a una mujer madura retorcerse con esa energía no es común.

Y se van sucediendo sobre el escenario uno tras otro las bailaoras y las canciones. Y al final caigo en la cuenta de que el flamenco consiste en poner a cantar y bailar las penas. Es una especie de exorcismo artístico. Emoción y poesía. Y eso es en gran medida esta ciudad emoción y poesía

Me gustaría compartir este viaje con alguien estoy un poco cansado de estar solo conmigo mismo. En la siguiente etapa, Londres, compartiré experiencias con Alex el programador de esta web un viejo amigo de experiencia inenarrables.


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