Londres, un descanso en el viaje
Cuaderno de Viaje (7)
Por Alberto D. Fraile OliverMiércoles 8 de julio. Madrid
Cojo a primera hora de la mañana el tren para Madrid desde donde volaré a la siguiente etapa de mi viaje: Londres. Me he hecho con una copia del libro de Washington Irving, ‘Cuentos de La Alhambra’. Para llevarme un trozo de Granada conmigo. Disfruto mucho con su lectura y hay un párrafo en la introducción que subrayo tres veces porque me ayuda a comprenderme un poco mejor a mí mismo:
… el romanticismo, más que un módulo poético o una revolución literaria, es un concepto de la vida y de los hombres, no adscrito precisamente a un determinado momento o a una centuria decimonónica en que triunfa literaria y artísticamente, sino que es patrimonio privativo de todos los que valoran, en su esencia íntima, en su subjetivismo trascendente, el mundo idealizado y soñador del espíritu, ante el paisaje – proyección espiritual y confidente del romántico-, ante la mujer y el amor, ante la misma historia.
Subjetivismo trascendente… mundo idealizado… soñador del espíritu… Me identifico plenamente. A ver si es que voy a ser un romántico…
El día de viaje se presenta farragoso. Tras toda la mañana en el tren, como algo en Madrid y trato de pescar un wi-fi, sin mucho éxito y voy al aeropuerto donde me informan que el vuelo va con mucho retraso… Es posible que cuando llegue al aeropuerto de Gatwick haya salido el último tren para la ciudad. Las horas en Barajas se hacen eternas. Cargo el móvil furtivamente en el enchufe de una maquina que vende tarjetas para móviles.
El avión sale con 4 horas de retraso y aterrizo en Londres a la una de la mañana. Salgo corriendo con el corazón en un puño pensando en que si pierdo el último tren a Londres desde Gatwick tendré que dormir en el aeropuerto. Con las prisas me dejo el libro de los cuentos de la Alhambra en el avión. Pero esta mala noticia viene acompañada de una buena: llego a tiempo para coger el último tren. A las dos de la mañana (hora londinense) llego a la estación de Victoria y cojo un taxi que me lleva hasta Finsbury Park donde viven Javi y Alex, mis anfitriones en Londres. Llego completamente agotado tras 23 horas de viaje.
Jueves 9 de julio. Londres.
Pese a que Javi y Alex se levantan temprano para ir a trabajar y Javi se esfuerza en no dejarme dormir me paso la mañana descansando de la paliza del día anterior y cuando me recupero me tomo una taza de buen té inglés de la reserva de Alex y disfruto de una buena y confortable conexión a Internet. Pongo al día el correo que ya se había acumulado peligrosamente y leo los periódicos tranquilamente.
Mi estancia en Londres será corta y mi intención es que sea un descanso en el viaje. Ya conozco bien la ciudad. Y no tengo ganas de callejear como he hecho en Granada y como haré en París… mi intención es recuperar fuerzas y estar con amigos tras varios días de viaje interior.
Por la tarde quedo con Javi. Nos vamos a tomar una cerveza a un Pub y me presenta a su pareja, Geno. Una madrileña que está en un momento de grandes cambios en su vida. Se conocen desde hace poco pero se les ve muy enamorados. Charlamos un rato y cuando ella se va seguimos nosotros. Vamos a otro pub. La onda del lugar es bastante Gay. Detrás del bar tienen un teatro en el que programan obras de temática homosexual… El sitio parece muy moderno y la gente que hay en el lugar no es necesariamente gay. Comentamos un rato el hecho de que la última frontera de la modernidad y de la moda es lo gay. Parece que es por ahí por donde ahora rompe la cultura. Una moda más.
Se nos une un amigo italiano de Javi que está muy satisfecho de poder enseñarnos una moto que se ha comprado, es una BMW de hace treinta años. Al poco rato nos vamos a casa y sigo descansando.
Viernes 10 de julio. Londres.
Como me encuentro con fuerzas decido caminar un poco por la ciudad para recordar viejos tiempos. Creo que fue en el verano del 97 cuando estuve viviendo en Londres, pase un par de meses estudiando inglés… aunque aprendí de todo menos inglés. Acabé formando parte de un grupo de españoles, que habían aterrizado en Londres por diferentes motivos, en general huyendo de algo y la excusa de aprender inglés era muy útil para largarse. Había que huían de malas relaciones, problemas familiares… y yo, que por aquel entonces tendría 21 años, no era diferente.
Cojo el metro y decido ir en primer lugar a Covent Garden. Uno de los lugares más frecuentados de la ciudad. Es un antiguo monasterio que con el paso de los siglos se ha ido convirtiendo en un mercado y ahora es una especie de mercado y centro comercial, repleto de bares y restaurantes. Está muy animado por músicos y artistas callejeros. Después de deambular un rato me pego un salto hasta Trafalgar Square y entro en la National Gallery. Y hecho un vistazo a esta gran pinacoteca que por cierto, tiene el mérito de no cobrar entrada. Opto por centrar mi atención en pocas obras. ‘La Venus del espejo’ de Velázquez, ‘Un baño en Asnieres’ de Seurat, y las obras de Vincent Van Gogh, ‘Los girasoles’, ‘La Silla’ y ‘Campo de trigo con ciprés’.
Las calles están repletas de gente, la marea de turistas es abrumadora. El metro de Londres es muy humano. Allí quieras o no, tienes que apretujarte y entrar en contacto con todo tipo de personas, razas, colores, clases sociales. Los vagones son muy estrechos y siempre van hasta arriba Todos nos fusionamos en los vagones del Tube y pasamos por el tubo. Es curioso que en un cultura tan poco dada al contacto físico como la anglosajona tengan un metro tan masificado.
Al salir a la superficie en la parada Gloucester Road todo me resulta familiar. Es exactamente la parada que desemboca en el lugar donde está Regina House, la residencia de estudiantes donde me alojé en mi estancia en Londres años atrás. Doy un paseo nostálgico e incluso me asomo por la puerta y entro hasta el hall del edificio. Todo sigue más o menos igual. Me vienen a la mente un cúmulo de recuerdos, vivencias y personas… de un verano muy especial que pase en ese lugar. Camino hasta High Street Kensington y voy desde allí a Hyde Park, un trayecto de 5 minutos a pie que hice muchas veces aquel verano. Doy un paseo por el parque y me doy una vuelta por Kensigton Palace, el Palacio en el que se alojaba la Princesa Diana después de separarse del Príncipe Carlos y hasta su muerte que está ubicado dentro de Hyde Park. Aún le siguen llevando flores y escribiendo poemas en su memoria.
Paseo por el jardín del palacio y luego continúo por el parque que está precioso. Los parques de Londres merecen todo tipo de halagos. De hecho, sin los parques la vida en Londres no sería justa. Su majestuosos árboles, sus verdes prados y flores y su lagos son un regalo para los habitantes de una ciudad en la que parece que sin dinero no puedes hacer nada (salvo ir a la National Gallery). Sin embargo allí están aquellos grandes remansos de naturaleza en medio de la urbe.
En Londres el consumismo es algo inherente a la cultura de la gente. En la ciudad de los mercados todo se monetariza. Todo se compra y se vende. El dinero corre a toda velocidad en Londres. La rueda del dinero gira muy rápido aquí. Las libras corren de mano en mano. Se palpa que hay mucha gente que vive en la abundancia… la que no vive en la abundancia también está pero no se ve por el centro.
No muy lejos de donde estoy ahora, en la City, el corazón financiero de Londres y uno de los paraísos fiscales del mundo, se ha forjado la crisis económica mundial. Los hombres de finanzas que están en este momento tomando una cerveza en el pub de enfrente han visto como en los últimos meses las pantallas de sus monitores mostraban cifras que no se recordaban desde 1923.
Me siento algo resfriado y me tumbo en el parque a dormir un rato. La siesta es un bien cultural digno de ser exportado. Aunque por lo que veo a mi alrededor mucha gente ya la practica por aquí.
Javi me invita a una fiesta que se va a celebrar en casa de un amigo de su pareja.
Pasamos por un pub donde nos unimos a un grupo de unas diez personas que celebran un cumpleaños. Acabamos en un lujoso piso londinense donde todo se controla por un mando a distancia bebiendo Moët & Chandon. El dueño es un joven de origen hindú que trabaja en finanzas… uno de esos magos de la especulación que han puesto su granito de arena para que la burbuja se infle… a él no parece haberle perjudicado. Se nota que la casa ha pasado por las manos de un decorador. Llevaba tantos días con ganas de pasarlo bien que no desaprovecho la ocasión y me pongo a bailar y pasarlo bien para despedirme de Londres. Al salir de la casa frente a nosotros en plena noche londinense se planta frente a nosotros un zorro. Nos mira unos segundos y cruza sigiloso en dirección a un callejón plagado de contenedores de basura.






















Esta entrada fue escrita el Martes, Julio 14th, 2009 at 11:57 am y está archivada bajo las categorías Blog, Viajes. Puede seguir los comentarios a esta entrada a través del RSS 2.0. Puede dejar una respuesta, o un trackback desde su sitio web.