Más allá de la neurosis de la normalidad
La vida es una aventura que nos lleva a lo desconocido
Por Zulma Reyo“No eres el efecto del mundo sino al contrario,
tu mundo es el resultado de lo que tu eres.”
El mundo no dicta lo que somos o en lo que nos convertimos. Lo decidimos nosotros usando el puro potencial que somos.
Con el paso del tiempo vamos adoptando, perfeccionando, refinando y adaptando formas de expresión que construyen la personalidad; un juego de imágenes superpuestas que llegamos a tomar muy en serio. Cristalizamos esas construcciones y nos definimos acorde a ellas, en perjuicio del sentimiento íntimo que declara algo que no acabamos de entender. Si por el contrario vamos contra la corriente, y en vez de responder a las exigencias externas escuchamos nuestra voz más íntima, salimos de las normas. El punto es que no se trata de ajustarse a las normas de la sociedad o manifestarse fuera de ellas. Se trata de algo mucho más serio y fundamental: tomar la referencia y consagrarse a la ilusión absurda de la normalidad.
¿Existe la “normalidad”? Sólo podemos definirla por lo que no es, nunca llegar a “lo” que es. Se considera normal a lo que es fácil y conveniente, lo que no corre riesgos y no incomoda a nadie. En contraste, la vida es una aventura permanente que nos lleva siempre a lo desconocido, hacia lo incierto. Es espontaneidad, movimiento perpetuo. Con la expectativa de intentar ser normales creamos una tensión fenomenal, angustia, falsedad y desconocimiento cada vez mayores.
Fuera de anestesiarnos, las prescripciones médicas no funcionan a nivel más profundo. Tampoco las alternativas nuevas que nos abren a sentimientos y sensaciones incontrolables y a una receptividad y fragilidad devastadoras. Ayer conocí un joven e inteligente profesional. Hablábamos del “después” de las terapias alternativas y me preguntó: “¿Y qué hace la gente después de que, según la ideología de la Nueva Era, han abierto su corazón?” Como buen psicólogo su preocupación es la reinserción en la sociedad.
Tanto en la psicología como en el esoterismo, la corriente clásica es la no interferencia, que defiende el respeto por el ritmo individual de una personalidad ya cristalizada y a menudo entumecida. En lugar de crear un sistema de re-educación masivo que conduzca a modalidades más sanas e inspire plenitud interior y exterior, se pretende ajustar la persona a la normalidad, o sea a las normas dictadas por los intereses dominantes de la sociedad. A esta entidad comercial multidisciplinaria no le conviene el estado despierto que incentiva a pensar y a sentir, a discernir, evaluar y proponer cambios, a tomarse tiempo, a cultivar cualidad en vez de cantidad. El propósito no es despertar la persona, algo que sería sumamente inconveniente y requeriría la presencia y el trato compasivo de un hermano o hermana, sino esperar que las propuestas broten por si solas en un terreno ya predeterminado. Se piensa que es peligroso agitar las emociones antes de que la persona sepa desempeñarse eficientemente en la sociedad, y en lugar de acompañar al individuo a entender y manejar esas energías productivamente, se evitan. Así se fortalece el estatus quo y se estrangula el impulso creativo de la verdadera individualidad.
La normalidad disfraza una fijación sobre el status quo que muy claramente rechaza la auto disciplina real. Como la mula que continúa su jornada habitual sin esfuerzo alguno de su amo, la personalidad que creamos sigue su rumbo automáticamente mientras tomamos la siesta que dura hasta la muerte.
Dormimos profundamente o soñamos que estamos despiertos. La desconexión es tal, que construimos un imperio en nuestra imaginación convenciéndonos que somos de tal y tal forma y que el mundo es tal y tal. Afirmamos muchas cosas, sabemos muchas cosas y hasta creemos muchas cosas que simplemente no vivimos. Por pereza. Por eso ninguno de los métodos o técnicas que se nos ofrecen del repertorio de enseñanza milenaria pueden funcionar. Preferimos continuar luchando y sufriendo a hacer un esfuerzo por cambiar radicalmente el modo como usamos nuestra mente y nuestras energías. Nos importa más aparentar que incorporar.
Esfuerzo, dificultad, sufrimiento son malas palabras. Pasamos meses reventando nuestros cuerpos en un gimnasio, en una dieta, o levantando pesas, pero cuando se trata de observar la respiración, el pensamiento, las acciones y (¡ni pensar!) las emociones… fuera de lamentarnos por lo difícil que es la vida, no hacemos nada. Es más fácil sentirse atacado o traicionado, o rendirse ante un desafío que reconocer cómo atraemos esas situaciones. Estamos lejos de ver cómo estos desafíos son regalos del cielo para mostrarnos el poder y las facultades que se esconden en los espacios muertos que llevamos dentro. Con tanto despilfarro energético, es obvio que no podemos comprender, tolerar o perdonar. Atacamos los obstáculos refunfuñando, en vez de con entusiasmo y buena voluntad. Y seguimos dejando pasar las oportunidades con las que podríamos aprender dominio y maestría.
Parejas viciadas en el sexo quieren probar técnicas meditativas como manera de prolongar del placer sensorial, pero claro, sin el ritmo, la abstinencia, y la concienciación necesaria para evocar un estado de Conciencia elevado. Muchos quieren sacar provecho del silencio de la meditación como forma de seguir durmiendo. Las psicoterapias que abordan el comportamiento usualmente tratan problemas de relación: “el otro” nunca es como queremos que sea. Y se toma siempre el camino más fácil: sustitución. En vez de comer carne, nos volvemos vegetarianos utilizando sustitutos de la carne. En vez de dialogar con la pareja, nos divorciamos y hablamos pestes de ella con otros. En vez de crear nuevas opciones y reformular propuestas, escogemos cambiar de trabajo y continuar quejándonos. Alimentamos la inercia y la complacencia. No queremos que nos digan lo que tenemos que hacer pero somos autoritarios en nuestro entorno y con nuestras parejas.
Pregonamos la paz y fomentamos la contienda, la competencia malsana y el orgullo que separa. Hablamos de salto diferencial y nos inmovilizamos ante el ordenador. Mejor lamerse las heridas en este mundo supuestamente grosero y violento. Mejor añorar ser amado que examinar la lista de condiciones que ponemos para amar a alguien. Sin acceso a los sentidos sutiles, no tenemos cómo saber que el aislamiento que sufrimos es ilusorio y que existe otra Realidad que subyace a ésta.
Hacemos campaña por la ecología y los niños en lo abstracto sin hacer nada con el minuto-a-minuto de nuestras vidas. Queremos cambiar el mundo, si, pero no a nosotros mismos. Decimos: no tenemos tiempo. Estamos cansados. No tenemos dinero. La política es un asco. La economía es un juego de ricos. Las terapias y meditaciones son para mujeres (que somos supuestamente “histéricas”) o para “los que ‘tienen problemas’”. Lamento informarles que “los que tienen problemas” son la mayoría de la sociedad.
Como dijo un buen amigo recientemente, es mucho más fácil el no-pensar que emitir un pensamiento positivo para reconstruir nuestro mundo. Porque para que un pensamiento positivo afecte la realidad material se necesita esfuerzo, disciplina y observación. Porque para que algo cambie hay que optar por la inteligencia sobre la sensación. Lejos de ser auto-indulgente, la pasión se extiende más allá de lo personal y el deleite del otro vale tanto o más que el nuestro, si aprendemos a valorar lo que tiene real valor.
La alternativa sana es optar por la vida. Los obstáculos, la dificultad, el esfuerzo y la atención sustentada nos obligan a ejercer los músculos del discernimiento y desarrollar la fuerza y la resistencia necesarias para la manifestación permanente de una realidad mejor. No hay atajo al dolor humano que expande el corazón.
En vez de contribuir al garabato de una sociedad que se llama conservadora pero que lo que conserva es la comodidad, podríamos atrevernos a implementar el nuevo orden que empieza por si mismo y termina con un mundo más humano que acomoda diferencias reales, no reactivas. En vez de ajustarnos al mundo, construyamos un mundo que se ajuste a lo que nosotros realmente somos.
Llegó el momento de vivir lo que sabemos ser: la fuerza y la conciencia. Y esa fuerza tiene poder ilimitado. Nos dijeron que “el mundo ES así o asado”, pero el mundo es la suma de tú y yo. El mundo lo vamos creando concienzuda y concientemente. Procuremos que nos revele como sabemos Ser.
Trabajemos juntos, mirándonos a los ojos e importándonos lo que vemos y lo que sentimos. No es tan difícil como alimentar la neurosis de la normalidad.
2 comentarios para “Más allá de la neurosis de la normalidad”
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Hay sociedades en las que es normal andar desnudo y pintado con colores vegetales. En otras, lo normal es andar completamente tapado y el cuerpo completamente ignorado. (en teoría). Los humanos del primer grupo celebran la vida allí donde el impulso los sorprenda. Los del segundo viven en función de horarios,agendas , fechas y onomásticos. Para cierta gente es normal colocarle cercas a la tierra y declararse dueños de ella. Para la mentalidad de otros, pretender ser propietarios del milagro viviente que llamamos mundo , no solo es absurdo sino ridículo. La llamada normalidad es una creación siniestra de los dominadores para encarcelar el alma de los hombres. Todo es posible y admisible, excepto aquello que tu conciencia conectado con TODO te señale como inconveniente o dañino. Pero, para quienes la conexión está rota, se creó la normalidad. A tal edad harás esto o lo otro y lo harás de tal o cual modo. La innovación y la creatividad se verán como tabúes. Tomar decisiones es impropio. Hay que preguntarle al sacerdote, gurú, profesor o consejero qué es lo “normal” en estos casos. Decía Ambrose Bierce en su célebre “Diccionario Del Diablo” que una persona es declarada loca por funcionarios que carecen de pruebas que avalen su propia cordura. Esto para hablar del transgresor de la normalidad, el llamado “loco”, personaje independiente, con criterio propio, capaz de ver la injusticia e incapaz de tragar enteros los gruesos ladrillos que la normalidad ofrece en su menú habitual. Locos han sido grandes artistas y científicos. Locas las mujeres que se atrevieron a sentirse iguales al hombre. Anormales que pensaron diferente, que atentaron contra lo establecido ( Por quién y para qué?) que se atrevieron a desobedecer la norma y a realizar actos independientes, libres , a disponer de sus cuerpos como a bien tuvieron. La reflexión sobre este engendro cultural denominado normalidad lo pulveriza absolutamente, lo cual sería excelente si de la reflexión pasáramos a la acción. Pero….las cadenas que nos han puesto desde la cuna, las cadenas interiores, impiden que hagamos algo nuevo, diferente. El miedo a perder esas cadenas es la mejor arma de la normalidad. Somos esclavos de la norma y nuestra vida ha sido predispuesta en su recorrido y objetivos. Descubrir e inventar no son enseñados en la escuela. Obedecer y seguir la fila, si.
Y qué difícil es simplemente vivir sin dejar que los demas te impongan sus normas… Qué fácil te etiquetan como “raro” solo porque no quieres entrar en el circo. Aunque siempre es más fácil vivir sin criterio colgando de otros que toman las decisiones por tí, así nunca te equivocas… y nunca aprendes!