20

noviembre

2011

Momentos para una vida

Por

Después de 17 días ingresada, Arlet estrenó esta semana felizmente en casa. Hogar, dulce hogar!

Un angelito que vino a este mundo desde un cielo que no pudo ver hasta el día que salió. Más de dos semanas de vida, pero lo único que había vivido era un universo artificial y aséptico, de luz fluorescente, monitores y pitidos, de hormigón y cristal: un enorme hospital con pinta de aeropuerto. Demasiado triste, como para no luchar y poder ver las maravillas que había ahí afuera!

Arlet peleó y ha ganado esa batalla, ayudada por un montón de almas y energías. No obstante, fueron la tecnología de ese colorido hospital y los conocimientos y cuidados de su personal quienes en la práctica salvaron su vida. Qué paradoja, tanto como yo critiqué en su día la absurda (y sospechosa) decisión de construirlo! Otro gris asalto inesperado al doblar una esquina de la vida… Por lo menos me ha servido para reforzar mi teoría de que, como tantas otras creaciones humanas, la tecnología no es mala en sí misma, sino que en todo caso, lo pérfido es el mal uso que se le dé.

Gracias de corazón a todas y todos los que de alguna manera han apoyado a Arlet desde la distancia, y también al personal de la UCI de neonatos de la Clínica Rotger, y sobretodo del Hospital de Son Espases.

Hoy todo ha quedado en lo que resumiría como un mal recuerdo, aunque se componga de un montón de momentos imborrables, y curiosamente no todos malos. De hecho, de pronto en mi memoria prevalecen rotundamente los buenos. Permitidme compartir unos cuantos:

La expresión del doctor responsable de la UCI de neonatos, al darme los primeros partes sobre la situación de la pequeña. Un hombre compungido, que veía el caso realmente complicado, y al que yo animé a ser optimista. Un hombre cuyo trabajo (junto a su equipo) es salvar vidas recién iniciadas, con un empeño muy alejado del simple cumplimiento de su deber. Algo que invita a valorar más la función laboral de ciertos puestos y responsabilidades…

La primera vez que pude ver a Arlet con los ojos abiertos. Esos ojazos en los que ahora me pierdo, intentando reconocer algo que no logro describir.

El momento realmente mágico cuando Arlet se re-conoció con su mamá, que no pudo verla hasta 3 días después de nacer. En el mismo instante en que Mami rompió a llorar en silencio, de pie junto a la cuna, el corazoncito de Arlet se disparó a 204 pulsaciones/min, de forma inexplicable (o no?).

El alivio de verla sin intubación, respirando por sí misma. Y por supuesto, escuchar por fin su llanto. Unos días más tarde, verla con el cuerpecito limpio, ya sin sondas ni cables estropeando su imagen, o su primer cambio de pañal.

Termino con la primera vez que Arlet pudo estar en brazos de Mamá, con aquella expresión de placer somnoliento, emitiendo unos ronroneos y gemiditos que me llevaron al cálido recuerdo de un gatito. Definitivamente, el susto había quedado atrás. Larga vida a la confianza.


    Facebook Twitter Meneame Digg del.icio.us Google Bookmarks email

La zona gris


Dejar un comentario

Solo se publicarán mensajes que:
- sean respetuosos y no sean ofensivos.
- no sean spam.
- no sean off topics
- siguiendo las reglas de netiqueta, los comentarios enviados con mayúsculas se convertirán a minúsculas.



W3Counter