Nuestra propia ira
Una fiera no tan mala (si se canaliza)
Por Antoinette Porcel
Si nos referimos a libros, artículos o charlas sobre espiritualidad, la ira está generalmente calificada de energía o emoción negativa. Pero esto no significa que la ira sea mala. Se dice que la ira es negativa porque los pensamientos, emociones y sonidos que emiten una frecuencia vibratoria baja y lenta son llamados: negativos
. Es el caso de la ira. Por el contrario, son llamados positivos
los pensamientos, emociones y sonidos que emiten vibraciones altas y rápidas como el amor o el placer.
El rencor y el resentimiento son venenos para el alma. El perdón, su polaridad opuesta, es lo que nos dispensa paz. Es una evidencia que para vivir feliz, estar en salud y tener buenas relaciones, vale más perdonar.
Por varias razones, me parece que hay una cierta confusión entre ira, rencor, violencia… El resultado es que la ira es bastante desconocida y puede aparecer como una clase de maleza que hay que eliminar rápidamente.
La ira, una emoción a menudo reprimida.
La ira es una de las emociones fundamentales que nos fue dada para vivir y evolucionar. Todos los movimientos sutiles o explosivos que nos atraviesan tienen un sentido y son útiles para nuestra supervivencia y desarrollo.
No es fácil soportar la ira de nuestros hijos. Les hacemos callar, les castigamos. Para ser queridos, los niños inhiben su rabia. Si la inhibición es grande, pueden construirse una personalidad falsa con el sentimiento de ser malos y con baja auto-estima. Así es como algunos seres se vuelven o bien incapaces de afirmarse, o bien agresivos.
Los adultos que somos llevamos en nuestros subconscientes estas cóleras de niño, inexpresadas y culpables que, a veces, amplifican nuestras iras de hoy o las hacen explotar injustamente.
Lograr manejar su ira rápidamente es un objetivo alcanzable por personas avanzadas en la ciencia del espíritu. Pero la mayoría de nosotros, somos principiantes y nos es muy fácil ilusionarnos y creer que la estamos manejando. Muchas veces, solo estamos callándola, negándola o inhibiéndola, como hemos tenido que hacerlo en nuestra niñez. El problema es que las repercusiones pueden ser graves.
Para recorrer el camino que va de la rabia al perdón, necesitamos un tiempo. Muchas veces, querer ir demasiado de prisa hacia el perdón conduce a una ilusión de perdón, a una mentira a si mismo. La ira debe desarrollarse según un ciclo que necesita su tiempo para ejercer su función.
De la irritación a la furia explosiva, pasando por el enfado, existe una amplia gama de niveles de intensidad de esta misma emoción.
Nos concentraremos aquí más bien en la ira intensa.
Las funciones de la ira
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Permite conocerse a sí mismo.
La ira se presenta como una reacción a la frustración, al sentimiento de injusticia, de ofensa o de irrespeto de nuestra identidad. Es una manifestación de nuestro instinto de conservación físico y psicológico, de nuestro deseo de vivir y de cuidarnos, por tanto de una clase de amor para nosotros mismos.
Cuando sentimos subir la ira, nos volvemos concientes de nuestras necesidades y nos damos cuenta de que están amenazadas o insatisfechas.
No nos ponemos rabiosos por cualquier motivo o por casualidad. Nuestra ira es un espejo de nosotros mismos. Nos cuestiona ¿Por qué razón te sientes así? ¿Por qué te está ocurriendo esto? ¿Cuál es tu responsabilidad? ¿Qué opinión tienes de ti mismo? ¿En qué no te respetas a ti mismo? ¿En tu pasado has faltado al respeto a alguien de manera similar para que la vida te lo devuelva? ¿Qué no te has perdonado?…
La ira también nos pone frente a nuestras dificultades en aceptar lo que es.
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Es protección y autoapoyo.
Cuando nos sentimos humillados, cuando el desamparo, el vacío serían insoportables, la ira actúa como un escudo. La flecha vuelve a irse hacia el agresor. La ira nos dice:
no te dejes destruir
. La energía de rechazo y de venganza nos insufla el auto apoyo y la fuerza que necesitamos en aquel momento. -
Su expresión evita la violencia.
Lo más importante es que seamos concientes de nuestra ira, que podamos expresarla, al menos a nosotros mismos. Si acogemos nuestra rabia y nos dejamos llevar por ella, podemos imaginar respuestas al agresor, escenarios de venganza. Vivimos en imaginación, a veces de manera amplificada, lo que repararía el daño. Habiendo así saciado en nuestra mente la venganza, pasar al acto con violencia es más improbable. Claro, si es posible, expresar lo que sentimos es un alivio que evita la violencia. Comunicando, se puede aclarar algo y entrever compromisos de manera calmada.
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La rabia puede ser sanadora.
Como un animal encerrado en un sótano, las rabias hundidas gruñen, aúllan y acaban por brotar al exterior en forma de depresión, miedos, enfermedades, dificultades relacionales, problemas de todo tipo, fracasos, accidentes… La rabia debe salir. Al contactar con su ira, las personas recobran su energía, su felicidad, su potencia física, psíquica y sexual.
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Una energía de limpieza
En un primer tiempo, la ira es una explosión devastadora, como un volcán. Destruye nuestras ilusiones, nuestro falso sentimiento de estabilidad. El hombre se encuentra en un sueño profundo pero no se puede construir una vida evolutiva sobre el inmovilismo. La ira nos propulsa fuera del estado letárgico. Permite así que emerja lo nuevo y nos propone re-ajustarnos, ir al fondo de nosotros y extraer recursos fundamentales.
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Una energía de afirmación
La ira nos dice:
Basta ya. No aceptes dejarte desposeer o manipular. No dejes continuar estas injusticias o este sufrimiento.
La ira es una energía de afirmación que nos permite hacer respetar nuestros límites en la vida personal, social y política. Sirve para la defensa de nuestros derechos. Nos invita a reconstruir con más justicia y humanidad. La vida de Gandhi, de Luther King, de Mandela, de Madre Teresa y de muchos otros fue la expresión de su amor, cierto, pero también de su ira, canalizada y transformada en estrategia. Sin la ira, no hubiera habido mejoras en la vida obrera, la vida de la mujer, de los niños… Sin la ira, no existiría civilización.
Para concluir este paseo por los meandros de la ira, te deseo que sepas acoger tu ira: es tu bebé. Te deseo que puedas amarlo, que lo dejes expresarse, que sepas comprenderlo, enmarcarlo, canalizarlo correctamente, luego desprenderte de él, y que te pongas en marcha con el objetivo de crear armonía en tu vida y en el mundo.
4 comentarios para “Nuestra propia ira”
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gracias por hacerme entender que la rabia no es tan mala. y que se puede controlar positivamente
Me ha gustado mucho este articulo y me interesa mucho el tema y si ampliais la informacion sobre las maneras de canalizarlo
He leído con interés este artículo sobre la ira y la verdad es que me desconcierta. No puedo reconocer en ella un sentimiento o una emoción positiva cuando sus resultados muchas veces son lamentables y cuando nos deja un sabor de arrepentimiento y de pronto una promesa de no volver a repetir una acción en que hemos ofendido o agredido a otros o a sí mismo. Muchas persona a quien les he preguntado si de verdad les gustaría experimentar ira de vez en cuando han respondido que no. La ira muchas veces nos coje por sorpresa y en ocasiones nos desconocemos al sufrirla y hasta lloramos porque hubiera sido mejor no tenerla. Todos sabemos que muchas personas desafortunadamente han terminado en la cárcel o en el cementerio a causa de ella. Lo que creo que podemos hacer con respecto a ella es desarrollar una educación para saberla manejar. Nuestros padres y maestros nos ayudarán en ello. Al momento de sufrirla hay que observarla, mirar como se manifiesta en nuestro interior y como nos afecta en la mente, en las emociones y en el cuerpo. Así mismo calcular el daño que nos hace, hacemos a los demás y a los objetos que nos rodean y sufren sus consecuencias. Claro está que no es fácil al principio, pero intentar una y otra vez resulta en una plena conciencia de que la ira no sirve para nada bueno. Se trata de crear una conciencia plena de ello, profundizar en sus estragos y valorar sobre todo que la paz es lo que necesitamos. Hay que aprender a perdonar con el corazón, tolerar y aceptar que somos diferentes y que la vida tiene sus momentos cumbres y de declinación. Hay que rogar a la divinidad que nos acuda en tales momentos de expresión, respirar profundo, y aún abandonar el lugar y las personas con las cuales acontece la ira. Se verá con alivio que valió la pena y con aquel con quien se dio la contrariedad podremos hablar con claridad y comprensión. No se trata de ahogar la ira. En eso si estoy de acuerdo. Tenemos que comprender que cuando expresamos ira lo que defendemos es una ilusión, es un engaño de la mente a la que no hay que seguirle la corriente. Por lo tanto no cero que la ira nos proteja, nos sane o sea una terapia de reafirmación y limpieza. Con aprecio.
Desde muy niña comprendi lo devastadora que es la ira, y si en un principio, es verdad que canalizarla nos puede ayudar a paliar algunas de sus consecuencias, el dolor de sentirla, siempre esta ahi. para mi lo mejor es el darnos cuenta que no hay porque sentir ira, que la ira es consecuencia de nuestra manera de ver las cosas; juzgando las acciones de los demas, creiendonos propietarias de cariños, personas, cosas.. pensando que nuestra manera de ser o actuar es la unica adecuada y tantas cosas mas que, si realmente aprendemos a ver las cosas de otra manera comprender que nadie nos pertenece, podemos disfrutar de amar pero no exigir amor, cuando vemos que todas las personas estamos a qui para enseñar y aprender y que unas lecciones son mas duras que otras y muy diferentes las maneras de ver las cosas aunque todas, absoluntamente todas son necesarias, si vemos el mundo como una gran escuela y a los seres vivos como compañeros de viaje… no hay porque sentir ira, empaticemos y la ira se convertira en compasion, porque el miedo que la produce se habra ido.