Nuestras mayores tonterías pueden ser muy sabias. — Leonardo Da Vinci

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Slow Travel: Oporto II. El valor de las cosas sencillas

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Comenzamos nuestro segundo día callejeando en dirección a la Ribera del Duero, bajando por la Rúa das Flores y poco a poco caemos hipnotizados por las coloridas y demacradas fachadas de las encantadoras callecitas. Teníamos un itinerario previsto pero lo olvidamos, sencillamente. Olvidamos el futuro sorprendidos gratamente por el pasado vivo y todavía presente en cada rincón que, exhultante, se revelaba igual que un regalo inesperado. Mi cámara de fotos saltaba de emoción tratando de captar algunos de los efluvios poéticos que aparecían como cuadros de luz a cada paso. Las mágicas calles del casco antiguo son una impensable maravilla para los sentidos. No en vano ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Oporto es una pequeña maravilla visual para el viajero que quiera verla, que vaya con la intención positiva de apreciar su belleza dentro de tanto edificio abandonado, de calles sombrías, húmedas, de ventanas rotas y ropas tendidas, de escaparates antiguos y callejuelas torcidas, angostas, de marineros silenciosos y gaviotas surcando los tejadillos…

A los vetustos edificios todavía no ha llegado la compulsión consumista tan típicamente occidental de embellecerlo todo, de darle un nuevo valor, una nueva cara, una nueva imagen… En Oporto muchas cosas siguen siendo viejas, viejas, viejas. Y eso es lo que la hace encantadora y distinta. Supongo que le llegará su hora, como a otras ciudades les llegó en su día. Por eso mismo es tan romántico, por qué no, andar suavemente y ver que en sus antiguos nichos, desconchados y ruinosos, todavía viven gentes de Oporto, familias añejas, que regentan pequeños negocios a la misma Ribera del Duero… En uno de ellos decidimos reponer fuerzas y comer algo de la tierra.

En un pequeño local situado frente a las barcazas que surcan el río llenas de turistas. Fotos antiguas del puerto cuelgan de sus paredes (Porto-Oporto). Minúsculo restaurante familiar con fotos del Ché Guevara, del David de Miguel Angel, teléfonos y relojes antiguos, planchas de carbón, una máquina de escribir sobre el muro que da al río, una mandolina vieja para sonar viejos fados, una televisión con películas americanas subtituladas al portugués, fotos de familia y un Buddha enorme sobre las cabezas de la barra.

El camarero sonríe (muchos camareros sonreían en Oporto). Es un hombre de edad avanzada. Se acerca nos trae álbumes de fotos y muros de firmas. Su mujer cocina el arroz de marisco que hemos pedido. Nos lo sirven con la cazuela incluida sobre la mesa. Pasamos más de tres horas viendo llover sobre las bodegas del otro lado del río, atrapados en el cálido bienestar que se respiraba en aquel pequeño oasis, sintiendo una melancolía lejana que invitaba a recordar algo que muchas veces perdimos por el camino: el valor de las cosas sencillas…

Aquellos tres días en Oporto, disfrutando de cada momento, parecieron convertirse en una semana… El Tiempo se detiene cuando consigues zambullirte en la sintonía que palpita tras la piel de su misteriosa apariencia: es como una melodía sutil que te lleva…

Impresionante el puente de San Luiz sobre el Duero, otra pequeña y curiosa joya arquitectónica diseñada por Gustavo Eiffel, sí, el mismo de la torre parisina. Cruzarlo de noche, hasta la otra orilla, pasear por las antiguas calles de las bodegas porteñas, escuchar el silencio de la lonja, antigua, sin restaurar, como tantas cosas en Oporto. Lo viejo se mezcla a la vez con lo moderno: un complejo puzzle de restaurantes y locales nocturnos a modo de Box interrumpe el paseo y es torpe y falto de armonía, como otras tantas de las cosas modernas que hemos creado en las últimas décadas… Esos contrastes se perciben muy claramente al pasear por  la angosta Oporto.

No nos engañemos: también hay publicidad para móviles, señales de tráfico, parking tarifado, antenas de telefonía móvil, anuncios en las paradas de autobuses, McDonald’s, Coca-cola, centros comerciales, aberraciones urbanísticas… Pero en Oporto aún palpita lo antiguo. Lo que perdimos por el camino. La palabra que me viene al recordarlo es: humildad… Se mantiene vieja pero a la vez joven, viajando despacio en el tiempo, sin caer bajo el aparatoso engaño del capitalismo voraz y absurdo. Precisamente por esa humanidad que suscita, por su humildad.

Hay puntos que no hay que dejar de ver, como son todas las calles del centro, la iglesia de San Ildefonso, las confiterías típicas atiborradas de dulces artesanos, la antigua librería Lello con unos 200 años de antigüedad y el Museo de Fotografía, que es un antiguo centro penitenciario reutilizado, de lo más impresionante por su belleza. Y, sobre todo, esas iglesias embaldosadas, escondidas como pequeñas flores raras en pequeños rincones de la urbe. Cada una de ellas es un monumento precioso digno de admiración.

Cuando partíamos, el amable y sonriente conserje del hostal nos preguntó si habíamos disfrutado del viaje. No hizo falta decir una sólo palabra. Él, muy atento, sonrió de nuevo y nos preguntó si pensábamos volver. Al unísono respondíamos: Sí, sí, sí.

Slow Travel: Oporto (I). La ciudad que viaja despacio en el tiempo


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