Cuaderno de Viaje (8)
Sábado 11 de julio. Londres.
El despertador suena a las 8. No estoy seguro si he cogido la gripe porcina o si tengo resaca. No estoy muy acostumbrado al Moët & Chandon. Me pongo en marcha a duras penas. Partimos Alex, mi compañero de aventura, y yo en dirección al aeropuerto para coger el avión que nos llevará a París. Tengo un mal cuerpo terrible. Escalofríos y mucho cansancio. Moraleja: no salgas de marcha la noche antes de coger un avión.
Dormito durante todo el trayecto y al llegar a París vamos directos al hotel y me meto en la cama a descansar. Mañana será otro día. París puede esperar.
Domingo 12 de julio. París.
Me despierto tras dormir un montón de horas. Estamos alojados en la zona de la parada de metro Jaurés. El primer destino es el corazón de la ciudad, Notre-Dame. Cuantas cosas han pasado cerca de allí: la quema de los maestres del Temple, la coronación de Napoleón… por lo visto en aquella época tuvieron que tapar las paredes con tapices para que no se vieran los destrozos provocados durante la Revolución Francesa. Con cierto respeto entramos en el interior y mientras se celebra la misa damos una vuelta por el templo formando parte de un torrente de turistas. En el interior de la Iglesia hay dos mundos, la gente que asiste al oficio y la gente que ataviados con pantalones cortos, mochila y cámara de fotos en mano tratan de meter la magia milenaria del corazón de París en un puñado de píxeles. ¿Qué opinaría Fulcanelli de todo esto? ¿Y René Guenón?
Me siento en una de las filas de sillas y llego a tiempo para escuchar el Kirye Eleison. Pero no nos engañemos formo parte del torrente de curiosos que en tres días quieren conocer los misterios de la ciudad. Al salir miramos con detalle las gárgolas y demonios de las fachadas y abrimos un poco más el foco de nuestras miradas. La verdad es que a principios del segundo milenio esta iglesia debía ser un tremendo rascacielos. Las torres gemelas de la Edad Media… y allí siguen guardando sus secretos de sabiduría. En París el peso de la historia se palpa en cada piedra. La acumulación de los siglos se ha ido erigiendo en obras de arte y hay que reconocer que los franceses han sabido mostrar al mundo sus riquezas.
Hacemos cola, una de las muchas que haremos en la ciudad asediada y casi tomada por los turistas, para subir al campanario de Notre-Dame. Mientas esperamos un artista callejero nos arranca unas sonrisas y alguna moneda. Su arte consiste en asustar a la gente que pasa delante de la cola. Abajo puedes ver un video.
La monumentalidad del corazón de París es mítica pero no por conocida deja de ser impactante. En apenas dos kilómetros de ribera del Sena se agolpan infinidad de joyas. Verdaderas obras maestras. Además de la mencionada Notre Dame, está el Louvre, la Torre Eiffel, El Museo de Orsay, El Museo de Historia Natural… uan barbaridad. Y si te adentras un poco más en la ciudad: El Pompidou, El Sacre Couer, El Arco del Triunfo… es descomunal la acumulación de belleza arquitectónica, el poso histórico. Ante tanta espectacularidad nos quedamos un poco bloqueados y pronto asumimos que nos vamos a perder varias cosas imprescindibles por falta de tiempo. Tanto por ver que uno no sabe por donde empezar. Estamos abrumados y desorientados. Aturdidos compramos el ticket de un Barco-taxi y dejamos que nos lleve río arriba. A medida que nos acercamos a la Torre Eiffel esta va cobrando protagonismo. Es la reina de París, su gigantismo eclipsa muchas cosas y dejamos que nos hipnotice con sus miles de toneladas de metal. Mirarla
es evocar el espíritu de Julio Verne. Bajo sus pies de hierro miles de hormigas humanas corretean y hacen colas. Paseamos boquiabiertos con cara de hormiga por las inmediaciones. La marea de turistas es descomunal. Imposible sentir nada. Decidimos seguir tomando el pulso a la ciudad y mañana ya veremos. Vamos hasta los Inválidos lugar donde yacen los restos de Napoleón Bonaparte. Un personaje cuyo aura aún se palpa por la ciudad, sobre todo ahora que está Sarkozy habitando el Eliseo. Es curioso que la guinda del pastel de la Revolución Francesa la pusiera un Emperador con ambiciones expansionistas.
Salimos a buscar el Barrio Latino. De alguna manera sin haber estado nunca forma parte de mi historia. Allí vivió mi padre en los años 60 y las batallitas y anécdotas que contaba de esa época han pasado a formar parte de mi mundo. Todo ello giraba en torno a un lugar: El restaurante La Mediterranee y la gente que iba allí a comer: Jean Cocteau, Picasso, Orson Wells… mi padre siempre estuvo orgulloso de haber trabajado allí, era como la cúspide de su vida. Después de dar vueltas y vueltas por la zona no conseguimos encontrarlo. Los franceses –siento la generalización- confirman el tópico de que son un poco bordes. Pedimos indicaciones a unos cuantos y las respuestas son bastante antipáticas. Mayo del 68 se resiste. Cortázar se esconde. Sartre me hace un corte de mangas desde su escondite mientras espero a que Alex se coma un bocadillo de albóndigas en un Subway de Saint Germain. Estoy molido.
Volvemos al río y paseamos por los jardines de la Tullerías. No consigo asir esta ciudad.
Como Alex me nota algo frustrado me convence de que esta viaje puede ser una primera toma de contacto y que piense en volver en otra ocasión con Melanie y así podré ver las cosas que no da tiempo esta vez. Me pongo a acariciar la idea de venir con Melanie a París y tiene muy buena pinta. La verdad es que recorrer esta ciudad de la mano de la mujer que quieres puede ser muy emocionante y tal vez la única forma de entenderla.
Videos de Notre-Dame
Un actor callejero se dedica a asutar a la gente
Vistas desde una de las torres de la catedral














Comenta este artículo