Mecidos por una suave brisa llegamos a la bella Oporto con la idea de pasar un fin de semana largo. Del Aeropuerto al centro viajamos en un metro que no parecía tal, a pesar de su modernidad y reciente construcción, sólo la vista desde los ventanales del vagón ya invita a sonreír de otra manera, a la vez que va introduciéndote en la atmósfera tan especial que atesora éste dulce caramelo que duermevela a la Ribera del Duero, al norte del país, entre viejos muros, viejas miradas, viejas melodías, como fados lejanos que trasladan al visitante hacia un universo sorprendente y cautivador. Quizás la primera impresión que causa Oporto sea esa: Viejo…
Saliendo ya por la estación de Trindade lo primero que encontraron nuestros ojos fueron las vetustas paredes y los primeros de muchos campanarios que se ocultan entre las callejuelas de la ciudad como tesoros incrustados. Arrastrando las maletas avenida abajo en busca de nuestro pequeño hostal, pasamos por delante del majestuoso edificio del ayuntamiento y nuestra mirada ya pasa de la monotonía al creciente asombro. Seguimos calle abajo por la “Avenida dos Alliados” ya con el despertar de la ilusión sana e infantil por el escenario que se descubre ante nuestro mudo asombro. Y es que, como veríamos el último día, aquella avenida apenas sí había cambiado en los últimos 200 años…
Damos un par de vueltas para encontrar las habitaciones que teníamos ya reservadas, pero no es por la dificultad de encontrarlo. Se trata más bien de nuestra perplejidad ante las joyas antiguas que son sus edificios y que la ciudad exhibe sin apenas esfuerzo, ni alarde alguno, lo que le da todavía un toque más personal, más auténtico…
Llegamos por fin al Hostal du Cinema, frente al gigantesco Teatro Rivoli que tiene en cartel una función del Mago de Oz. Nosotros ya recorremos las calles emocionados por el espectáculo de luces, colores y texturas tan distintas a las que conocemos. Todo tiene encanto. Cada rincón, cada esquina, cada vez que giramos el cuello nuestras miradas se salen de sus órbitas para gravitar en un espacio poético, con un rezagado aroma bohemio. Al principio es difícil llegar a captar ésta esencia que flota en todo el casco antiguo con una delicadeza sutil que se mantiene semi-eterna como un espíritu a lo largo de tantísimos lustros. Se nota en sus muros, en sus fachadas irrepetibles, ventanucos rotos, edificios grises y amarillos, baldosas de todos los colores, muchas azules, algunas verdes, unas con relieve, otras pintadas con delicadeza… Todo habla de otro tiempo, de otra manera de vivir el presente…
Por suerte para nosotros hay un concierto de Rodrigo Leao en el Coliseo, un auditorio emblemático a escasos centenares de metros del Hostal donde nos albergamos ¿Tanta suerte junta puede ser? Parece ser que sí: sólo quedan dos entradas, separadas apenas unos asientos la una de la otra. Las compramos, por supuesto.
Ver tocar a un artista de esa talla frente a su público portugués (unas 5000 personas) trasmite una energía conmovedora difícil de relatar. Aún así hay algo que me va llamando la atención en las pocas horas que llevamos sobre el suelo de Oporto: existe una sencillez inaudita en casi todos sus encantos. Incluso en el concierto de Rodrigo, con artistas exquisitos que lograron erizarme la piel en varios momentazos del recital, todo fue presentado con suma humildad, con tierna amabilidad, con una franqueza que llamaba a las puertas del corazón, como por ejemplo la emotiva “Sólo sé que no sé nada” o la tan conocida “Pasión”. El público aplaudía agradecido, enfervorizado, en pié, pateando los tablones del también viejo auditorio pidiendo bises y más bises…
Después del concierto fuimos (por recomendación de nuestro agradable hospedero) a visitar dos locales que aquella noche tenían música en directo. Me llamó la atención el ambiente relajado y tranquilo de la vida nocturna un sábado noche. Cómo olvidar el increíble recital de Hana Kogure en una desalojada cuarta planta de un viejo edificio frente al Coliseo. La escena parecía sacada de un film de Won Kar Wai, con aquella mujer oriental tremendamente elegante brillando en la noche como un ángel cantando canciones en japonés tan sólo acompañada por su guitarra española y el público variopinto (entre ellos Rodrigo y sus músicos), atento, escuchando, sintiendo…














Sergio
09/01/2010 6:32 pm
Muy bueno Dani! Dan ganas de coger un vuelo y pasar una semana descubriendo esa Oporto y sus alrededores.
consuelo
09/01/2010 8:34 pm
No es Oporto, sería el mundo entero visto en tu mirada lo que yo quisiera conocer. Tu alma poeta es la mejor guía de viajes. No sé en que librería podría encontrarla. En que almería?
Gracias Dani.