Un hogar en Mallorca
Las peculiaridades de vivir en un isla
Por Tomas GravesLa geografía de un lugar -montaña, estepa, costa- define de alguna manera la forma de pensar de sus habitantes. Vivir en una isla provoca actitudes distintas de las de tierra adentro: la autosuficiencia es importante; el espacio es limitado y, por tanto, a veces es necesario compartirlo; las fronteras son claras (el mar), así que no hace falta buscar señas de identidad en un nacionalismo separatista. Para prevenir la claustrofobia, hay que imaginar la isla más grande lo que es, viajando poco y procurando dejar algún rincón de la isla inexplorado como “reserva espiritual”. Esta inmovilidad acaba afectando a todo aquel que se instala aquí: después de unos años viviendo en Mallorca, su concepto de las distancias se acomoda al tamaño de la isla. Si en tu tierra estabas acostumbrado a coger dos horas de autopista para cenar en un buen restaurante, aquí acabarás por limitar tus visitas a Palma –aun estando a media hora de camino- a la imprescindible expedición semanal.
La clave, pues, para adaptarse es asumir dos principios básicos que subyacen en todos los aspectos de la vida rural mallorquina, tanto la arquitectura como la geología o las relaciones humanas. Primer principio: la permeabilidad. Si la vida urbana se basa en la idea de compartimentos estancos, la rural depende de los vasos comunicantes. Esto se refleja en los movimientos de aguas subterráneas, se acepta en el contexto de la propiedad con sus derechos de paso, es la base del sistema de drenaje en los bancales de piedra seca, y está patente en la manera en que la arquitectura usa la permeabilidad de los materiales disponibles a su favor, evitando cerrar del todo el paso a los elementos. Todo lo que entra tiene que poder salir, nos enseña el cuerpo; una casa que “suda” es más sana que un piso impermeabilizado. Si una fila de hormigas entra por la puerta de la calle, se puede intentar cortarles el camino o bien facilitarles la salida por la puerta de atrás.
Esta permeabilidad se encuentra también en el carácter, pero no debe confundirse con la debilidad o la dejadez; es un principio que ha permitido a la población sobrevivir a una larga historia de invasiones y colonizaciones con dignidad y los genes más o menos intactos, asimilando influencias externas para luego deshacerse de ellas según convenga. Este sabio principio de no-confrontación es similar al del judoka que utiliza la fuerza superior del contrario a su favor.
Desde luego, aquí no se desconocía la impermeabilidad: los estanques de riego no pierden una gota, gracias a un mortero natural a base de cal y tiesto pulverizado; los depósitos de aceite medievales utilizaban estopa (una fibra permeable), en las juntas entre losas de piedra, que se hinchaba con el líquido y evitaba su fuga; la estopa es usada todavía por el fontanero y por el mestre d’aixa en la construcción del llaüt (tradicional barco de madera mallorquín).
El segundo principio es la inercia. No intentes combatirla, porque subyace en todo lo mallorquín. Está en la inercia térmica de las paredes de piedra, de las ollas de barro, y de la humedad ambiental. El mallorquín talayótico descubrió la fuerza de la inercia mientras le daba vueltas a la passetja (honda) antes de lanzar la piedra, y el mallorquín musulmán descubrió que la inercia podía mover los molinos. Gracias a la inercia, lo mallorquín todavía existe intacto. Ninguna otra sociedad tradicional sería capaz de soportar la vorágine de estas últimas décadas (y más estando tan asilada y falta de referencias externas como lo estaba Mallorca antes del turismo) sin perder el norte.
No hay que confundir inercia con pereza o desidia. No, el mallorquín de campo trabajo mucho, pero tranquilamente –tuputup, tuputup- para conservar fuerzas. Yo diría que rinde menos por hora, pero más por vida. Si el payés quiere trasplantar un árbol, dedicará toda una mañana a buscar el emplazamiento ideal, considerará la orientación del sol y los vientos, imaginará el desarrollo de las ramas a lo largo de los años; todo esto antes de coger el pico y la pala. Habrá perdido una mañana pero habrá ganado cinco o diez cosechas más. Como dicen los carpinteros y las modistas, es mejor medir dos veces y cortar una sola. El mallorquín no es en absoluto perezoso, como dará testimonio la increíble labor de siglos construyendo bancales, pero tampoco es tan tonto como para desperdiciar energías ni condenarse a repetir un trabajo mal hecho.
Esta fuerza de inercia funciona perfectamente en una sociedad cerrada, pero al abrirse el mercado de par en par, ocurre que mientras el empresario-tortuga mallorquín se lo está pensando (“y… ¿si no me va bien el negocio?”), la liebre peninsular o extranjera se espabila y le deja en la cuneta. Tristemente, a veces la respuesta de la tortuga no es la de perseverar en su camino, sino la de hacer la zancadilla a la liebre.
Ambos principios subyacen en la vida política isleña: el de la inercia en lo político y cultural, el de los vasos comunicantes en las relaciones y financiaciones de los partidos e instituciones.
Mallorca debe ser uno de los paisajes del mundo más y mejor manipulados por el hombre; en términos de mano de obra, está a la par de la gran muralla china. Existen una burrada de kilómetros de bancales, que intentan retener la preciosa tierra. Algunos de estos bancales están imposiblemente colocados en la ladera de un precipicio, sosteniendo un puñado de tierra arcillosa que da vida a un raquítico olivo capaz de dar sólo una cesta de aceitunas al año. Sin embargo, entre la deforestación (por tala de árboles o por incendio), el abandono del campo, el elevado coste de reparar los bancales desmoronados, y las excavaciones relacionadas con la construcción , cada año grandes cantidades de tierra fértil son arrastradas por la lluvia hasta los torrentes, desde donde tiñen de rojo grandes extensiones de mar. Esta pérdida de tierra, del patrimonio, pesa – o debería pesar- sobre la conciencia mallorquina, revalorizando la importancia de la tierra que queda.
Llegaron los años sesenta, y de repente una quarterada de preciosa tierra agrícola ya no valía un pimiento, comparado con un palmo de roca costera. En vez de un bancal de cultivo imposiblemente construido sobre un peñal, se empezaron a construir bloques de apartamentos sobre los acantilados. Para el agricultor mallorquín, la costa siempre ha tenido connotaciones negativas, ha sido una zona yerma y peligrosa, de arena, acantilados y piratas. La llegada del turismo y de la especulación no hizo más que recalcarle esa imagen de zona marginal, que seguía existiendo fuera de su realidad cotidiana. El payés siguió viviendo de espaldas a la costa y a los extranjeros, como siempre, y la llegada a su pueblo de los nuevos colonizadores le pilló completamente desprevenido; apenas ha podido reaccionar.
La casa
Una casa es siempre más que el espacio entre sus paredes, pero una casa antigua en Mallorca es todavía algo más. Si estás acostumbrado a hacer de tu casa un reflejo de tu personalidad, aquí es posible que ocurra lo contrario. Cuando más “carácter” tenga la casa en la que te has instalado, más acabarás adaptándote a ella, como el amo que acaba con la misma cara que su perro. Puede que entre tus amigos, tu hogar sea “la casa de Toni”, pero para tus vecinos mallorquines nunca será así, a no ser que la hayas construido tú. Más aún, si la casa fue construida por alguien de malnom (apodo) “Rascapanxes”, o de alguna manera se identifica con alguien apodado así, entonces por inercia y para siempre será conocida como Can Rascapanxes, y a vuestros hijos como els fills de Can Rascapaxes. Puede ser que algún descendiente del Rascapanxes original siga viviendo en el pueblo; a este por mucho que su DNI ponga Antonio Colom Vives, se le conocerá siempre por en Toni Rascapanxes, mientras que a ti te conocerán por en Toni de Can Rascapanxes –una sutil diferencia pero clara-. Si tu casa no tuviera nombre propio para otorgarte una identidad, el vecindario necesitará una clave para distinguirte de los demás Tonis del pueblo; ya se fijará en alguna peculiaridad o tic sobresaliente tuyo –como el de recurrir siempre a la muletilla verbal “digamos”- para bautizarte (y, por inercia, a toda tu estirpe) en Toni Digamos.
El nombre viene otorgado por la sociedad. Puedes bautizar tu casa Ca’n Alla, Can Tina o Ca n’Astilla, y encargar un azulejo típico con ese nombre para poner junto a la puerta, pero no hay ninguna garantía de que el nombre cuaje entre los vecinos.
El hecho de que el portal de la casa lleve el número 23 y la calle, el nombre Carrer de la Constitució, sólo es una gentileza de parte del ayuntamiento para con la burocracia estatal. Los números cambian según aparezcan casas o entradas nuevas (en treinta años nuestra casa ha pasado oficialmente del número 21 al 15, al 17 y otra vez al 21, pero por inercia nunca hemos cambiado el azulejo, ni nadie nos ha obligado a hacerlo), y las calles cambian oficialmente de nombre según el momento político (en mi pueblo las calles ni siquiera tenían rótulos, hasta que tuvimos un alcalde taxista). Si alguien pregunta por tu casa bajo el epígrafe calle Constitución, 23, puede perder una hora en dar con alguien que sepa orientarle. Pero si pregunta en el colmado por Can Rascapanxes, le indicarán el camino en seguida. La casa siempre será Can Rascapanxes, y si volvéis a venderla, los nuevos propietarios usurparán vuestro título.
Los extranjeros y forasteros que hace décadas se han ido estableciendo en Mallorca han seguido uno de dos caminos. Por una parte, encontramos los que compraron o alquilaron una casa tradicional de campo o de pueblo para pasar en ella buena parte del año, adaptándose en cierta medida al estilo tradicional mallorquín de vida. Por otra parte, están los vacacionistas que ha preferido la comodidad de un chalé o un apartamento de fácil mantenimiento donde poder pasar sus vacaciones despreocupadamente; lo cierran de septiembre hasta julio y mantienen una actitud que se puede resumir en la frase: “Llevo once meses trabajando duro para poder disfrutar de mis vacaciones, así que no me venga con historias.” Esta postura es perfectamente comprensible, y es más o menos compatible con la vida de apartamento, chalet o multi-propiedad, en una vecindad de “aves de paso” o urbanización que no aporta nada socialmente, ni tampoco exige nada a cambio.
Los problemas empiezan –y esto es un fenómeno que se ha extendido mucho últimamente- cuando un “oncemesino” decide comprarse una casa con “carácter”, una casa tradicional en el campo o en el casco antiguo de un pueblo. Este “oncemesino” que ocupa durante un mes al año un lugar en una comunidad con una cultura de varios siglos a su espalda, es como un pulpo en un garaje; y por mucho que el pulpo se ponga el mono de mecánico, no se hará del gremio. La actitud de “estoy de vacaciones y paso de todo” choca no solo con el ritmo y la vida social del pueblo, ya amenazada por los valores urbanos importados, sino también con el compromiso moral que tiene el nuevo propietario de ocuparse de una casa con historia, entidad propia y un lugar en el funcionamiento de la comunidad. Con decir esto no estoy condenando al de fuera –su descanso es bien merecido- ni vindicando al mallorquín. De hecho, es bastante probable que los antiguos dueños de la casa, al emanciparse los hijos, la vendieran porque suponía demasiado trabajo para ellos solos; preferían comprarse un cómodo y alegre pisito cerca de los nietos, y vivir de rentas.
Se dice que la especie humana ha sobrevivido y evolucionado gracias a su facilidad de adaptación. Sin embargo, estamos empeñados en demostrar nuestro dominio sobre las cosas, adaptando el mundo a nuestro antojo en vez de sencillamente adaptarnos a los que ya existe. El futuro de nuestra especie (y del mundo) sigue dependiendo de nuestra capacidad de adaptación.
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Hola, soy nieta de abuela y abuelo maternos nacidos en deya y soller, mi bisabuelo era bancalero y mi abuelo labrador. Mis abuelos emigraron a Uruguay y aquí estoy, mirando y ademirando la tierra de mis ancestros. El apellido de las primas hermanas de mi madre es Vives. Es por esto que les escribo, buscando la historia de estos pueblos hay una parte de mí que los añora y se identifica. Saludos, Sara.