La desigualdad es el origen de todos los movimientos sociales. — Leonardo Da Vinci

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Slow Travel: Un paseo por Florencia

“I’m not a Tourist”

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El turista que acude a Florencia no puede dejar de visitar il Duomo, cruzar el Ponte Vechio, o deleitarse con lo que rodea la Piazza de la Signoria: el Palazzo Vecchio, la galería de los Uffizi con en Nacimiento de Venus de Botticelli colgada en una de sus salas o la réplica del David de Miguel Ángel frente al Pórtico dei Lanzi.
Del mismo modo que en Palma un día lluvioso, en Florencia hay turistas por todos lados. Cuando el sol luce esplendoroso también. Turistas. Colas en las taquillas de la Galería de los Uffizi y en la entrada. Grupos frente a la escultura de Neptuno con los sátiros y las ninfas a sus pies. A todas horas turistas. Grupos de japoneses siguiendo a guías señalizados a sí mismos con antenas a las que han atado en su extremo un pequeño pañuelo. Turistas españoles, británicos, alemanes, norteamericanos, australianos. Turistas suecos rodeando el punto que marca el lugar exacto donde en 1498 fue ahorcado y quemado Savonarola, el inventor de la hoguera de las vanidades. Turistas frente al gran Hércules, con Cacus a sus pies. Tanto turista. Recuerdo a una mujer que lucía con orgullo una camiseta donde se leía: “I’m not a tourist”. Yo, también, traté de aislarme; fui tomando apuntes:
“Hace tres días que estoy de vacaciones. Mi amiga y yo llevamos la mañana entera callejeando por las calles de Florencia. Ella ha leído esa palabra en una guía turística. Callejear. Así que callejeamos. Para arriba y para abajo. Llevamos tres días callejeándolo todo. Una calle y su paralela. Y las perpendiculares que las unen. Calle arriba, campanario arriba, edificio arriba, calle abajo, escaleras abajo, callejuela abajo. ¡Yo no sé dónde me encuentro!, suelta ella una y otra vez”.
Pronto mi amiga y yo aprendimos a frenar. A comprender que, si lo sabes dominar, el día es dócil. Sólo debes ir a su ritmo.
Alojados en un bed & breakfast, a las afueras de Florencia, nuestra habitación contaba con vistas a la cúpula de il Duomo. La ciudad es arte en sí misma, más allá de sus museos, se derrama en las calles y en los campos. Nos movíamos en moto, surcando el aire de Florencia, un detalle de libertad, ajeno al metal carcelario del automóvil, trenzando un paseo entre sus puentes. Y un aperitivo antes de comer.
En la Casa del Vino, enoteca antigua junto al mercado de San Lorenzo. Gianni, muy elegante, nos atiende como si fuera nuestro tío. Los rayos de sol se cuelan hasta el mostrador del fondo en el que la que parece su mujer prepara paninis con anchoas, y diferentes quesos y tomates secos. Italia no era como la había imaginado. El italiano es educado, gentil, desenfadado. Dentro y fuera de la ciudad.
Dentro y fuera, el ciprés es un señor en la Toscana. En una excursión a Siena, montados en nuestra moto, con las bufandas coleteando al viento, topamos con un bosque de cipreses. Ni tan sólo había imaginado que pudiera existir un bosque de árboles que normalmente se encuentran solos. Y tristes. ¡Un bosque de cipreses! Enormes.
Visitamos San Gimigliano, un pueblo detenido en la Edad Media. Yo, que leía a Shakespeare en las horas muertas, pude localizar perfectamente en ese pueblo cómo sería la casa de Romeo, la de Julieta, las calles en las que se baten a espada los Montesco y los Capuleto. Y otra cosa que me llamó mucho la atención: las torres despuntando más allá, mucho más allá de los tejados. Torres sin ventanas. La familia más poderosa había levantado su torre más alta, más alta que la del vecino. Las torres de la vanidad, yo las llamé así, riéndome, pensaba que esos medievales estaban locos. No percibí que hoy en día… también estamos locos.
Una moto es la mejor idea para ir, venir e impregnarse del efluvio perfumado de enjambre de flores blancas que flanquean las autopistas de la Toscana, para trazar con plácido esmero la línea estrecha de las carreteras que atraviesan las hondonadas vestidas de vides y de cebada. Y, en la ciudad, el vehículo sin cristales es ideal para jugar a tantear los dientes de león (fiori de gelso según tío Gianni) que revolotean empachados de antojos alrededor del río Arno cuando sopla la brisa.
A mediodía la ciudad parece reposar. Quizá para recuperar la forma. Más tarde, cuando oscurece, numerosos bares ofrecen música, una copa de vino y picoteo, pero picoteo de verdad (cous cous, arroces, pinchitos, rebozados, todo muy cuco, cuanto quieras) por siete euros. La excusa perfecta para tomar un vino, cenar y entretenerte con los amigos. ¡Lleno de gente! Más tarde, por la noche nos encantaba meternos en una librería con bar donde se representaban números poéticos los martes y musicales los lunes, o se bailaba tango los jueves, todos los días organizaban un espectáculo artístico.
Tanto que ver y que sentir, no cabe todo en 1000 palabras. No he hablado del David de Miguel Ángel, ni de il Duomo, edificio coronado en uno de los extremos con una majestuosa cúpula de cuarenta y cinco metros de diámetro rematada con una linterna que llega a los cien metros de altura. No he hablado de la Galería de los Uffizi. De los candados sujetos a una reja que los amantes abandonan seguros de su relación en el centro del Ponte Vechio. No he hablado de la cantidad ingente de adolescentes norteamericanos que llenan la ciudad como premio a su graduación, ni de las puestas de sol sobre el río Arno vistas desde la escalinata de la Piazza Michelangelo. No he hablado del jardín con cientos de especies de rosas. Ni de que Leonardo da Vinci vivió allí desde los 14 años. Tampoco he hablado de Stendhal, quien supo describir el síndrome de la locura que produce la belleza tras visitar la basílica de la Santa Croce: “Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”.
Florencia. Visítala por lo menos una vez. Mira que sea en primavera. Dante, dijo hace casi mil años, que no hay mejor paisaje que el del cielo sobre nuestras cabezas. Quizá lo dijo porque no soportaba la belleza de la ciudad en la que nació.


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Un comentario para “Slow Travel: Un paseo por Florencia”

  1. Daniel dice:

    Hace unos meses he estado en Florencia, me ha encantado, tanto que al final he hecho una guía de esta ciudad en mi glog, os pongo el enlace.

    Visitar Florencia

    Espero que sea de ayuda, cualquier sugerencia no dudéis en dejar un comentario.

    Saludos

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