30
enero
2012
Viajes
Por Guillermo OrellEl estribillo de una vieja canción de Camarón sonaba en el giradiscos, una y otra vez; justo en el suelo al lado de una pila de discos un cenicero rebosaba de colillas y, al costado en una mesita carcomida, dos vasos vacíos junto a una botella caída de whisky componían un bodegón decadente…; mientras, el ventilador del techo, aireaba el aire viciado y soporífero de un verano pegajoso alrededor de la sala…todo esto lo podía observar desde mi ángulo de visión justo entre la esquina de lo alto de la habitación, desde que había iniciado mi viaje astral, hacia un par de minutos .
Desde ese punto de observación pude ver mi cuerpo, inerte como un muñeco, desparramado en el sofá, y justo a mi izquierda también tumbada y aletargada se encontraba una joven mujer extremadamente delgada, bastante desarreglada con una expresión un tanto desencajada.
Flotaba, me sentía sereno, liviano, feliz, relajado y con una sensación de paz espiritual que me llenaba de placer, era una sensación de éxtasis pleno, una experiencia extracorporal de alucíne…,desde lo alto de mi placentero viaje, vi como un par de camilleros me retiraban la goma del brazo derecho, mientras al tiempo el otro me efectuaba un masaje cardíaco…recibí un flash y como en un embudo volví a introducirme en mi cuerpo.
¡Como me gusta disfrutar de esos momentos en que no sé si es la calidad del Caballo, o la “experiencia cercana a la muerte”! Me he enganchado tanto a ese bienestar que siempre que puedo repito.


Esta entrada fue escrita el Lunes, enero 30th, 2012 at 8:58 pm y está archivada bajo las categorías Relatos de bolsillo. Puede seguir los comentarios a esta entrada a través del RSS 2.0. Puede dejar una respuesta, o un trackback desde su sitio web.