Volver a la Tierra
El funeral verde combina dignidad y ecología
Por Carmen García Gutierrez y Tomás Graves
La muerte puede ser una semilla, un principio; no tiene por qué ser sólo un final, una defunción. El cuerpo deja de funcionar, pero no de ser útil. Hay quien deja su cuerpo a la ciencia; otros, que nos consideramos más bien parte de la naturaleza, vemos la oportunidad de devolver a la tierra lo que hemos tomado de ella. En la naturaleza no hay desperdicios. Que nuestro cuerpo alimente a un árbol que dé sus frutos y cobije a la fauna, contribuyendo al ciclo de la vida, sería lo justo. Tal vez así la muerte no nos parecería tan tétrica. Hasta los niños podrían entenderlo. Pero el homo urbanus es la única especie en libertad cuyos desechos no devuelven a la tierra la fertilidad que le alimentó, y deja en manos de las funerarias esa responsabilidad.
Las semillas caen donde caen y germinan cuando toca. Y la idea de “volver a la tierra” vuelve a germinar. Recientemente TVE2 mostró un “entierro verde” en un bosque de los EEUU –es una tendencia minoritaria, centrándose en ecologistas radicales, pero como opción está ganando popularidad.
Dignidad, economía y ecología
Todos deseamos morir en casa, pero la mayoría morimos en una anónima cama hospitalaria, desde donde entramos en la maquinaria funeraria. Se habla de una muerte digna pero, ¿para cuándo un entierro digno? ¿Somos desechos peligrosos, para ser incinerados o aislados en una caja homologada dentro de un zulo hermético?
Sigue usándose la palabra entierro (inhumación tiene la misma raíz, humus, tierra): habría que decir “encemento”. Sólo algún cementerio de pueblo abandonado puede ofrecer un entierro de pico y pala. Los demás, privados o municipales, disponen exclusivamente de nichos, producto de un pensamiento que consideraba la tierra cosa de pobres. Desde tiempos talayóticos, una sepultura de obra simbolizaba estatus, y hoy los cementerios privados o públicos, a pesar de ser “campos santos”, se gestionan como inmobiliarias. Un nicho alquilado durante cinco años renovables genera ingresos de unos 300€ anuales. Un funeral cuesta desde los 1.500€ básicos hasta 12.000€, entre flores, embalsamamiento, esquelas, misas y ataúd “confort”. Podemos escoger una incineración “low cost”, pero los familiares desfilarán entre hornos abiertos y pilas de ataúdes. Un entierro ecológico, en cambio, combina dignidad y economía.
La legislación española exige la sepultura en un cementerio, no tanto por razones sanitarias como por la inercia religiosa de “tierra consagrada”. (La Ley de Memoria Histórica radica en que los fusilamientos en las cunetas servían, además de como escarmiento, para humillar a las víctimas negándoles sepultura cristiana). La ecología profunda considera la tierra entera como sagrada, y ‘consagrarla’ una redundancia. La ONU reconoce el concepto de “la madre Tierra”, y este reconocimiento tendría que reflejarse en una legislación que permitiera devolver nuestros restos directamente a Gaia en vez de contaminarla más.
La industria fúnebre no es sostenible
Considera los efectos medioambientales de los líquidos de embalsamamiento cancerígenos (formaldehído), del ataúd de madera tropical, forrado de nailon y barnizado con productos sintéticos; añádase una tumba o nicho de hormigón, una lápida de mármol importado, un cementerio con una infraestructura complicadísima de evacuación de fluidos…. Tanta publicidad institucional para motivarnos a reciclar, compostar y ahorrar energía, pero nuestros cuerpos, ¿qué?
Los ecologistas comparten con el colectivo musulmán el deseo de volver a la tierra. El Islam insiste, sabiamente, en sepultar al muerto envuelto en un sudario, en una fosa cavada manualmente en la tierra e identificada sin ostentación. Pero, para conseguir su cementerio en una ciudad como Palma, con sólo 39 tumbas para 35.000 fieles, la Lliga Musulmana tuvo que adaptarse a las normas: un féretro homologado y el hoyo aislado de la tierra circundante por placas de hormigón. La “tierra” se limita a un puñado simbólico.
La cremación, común en el Hinduismo y el Mediterráneo precristiano, fue usada en nuestra Edad Media como castigo póstumo para criminales o herejes y sólo fue aceptada por la Iglesia Católica en 1963. Nos permite esparcir las cenizas de la persona difunta donde ella dispusiera en vida, pero se trata de minerales inertes, sin rastro de ADN y con poco aporte a la tierra.
La cremación gasta gran cantidad de combustibles fósiles, lanzando a la atmósfera unos 160 kg de CO2, dioxinas y dióxido sulfúrico, volatilizando los metales pesados que absorbimos durante la vida, como el mercurio de los empastes. (En la tierra, sin embargo, los metales se quedan inertes). Una cremación hindú, con sudario, quema a una temperatura menos contaminante. ¿Para qué incinerar un ataúd de madera noble importada, con sus aderezos metálicos y barnices contaminantes, cuando se usa sólo para el velatorio? (Si fuera cierto que los crematorios reutilizan los ataúdes cobrados, por lo menos resultaría más ecológico). Una solución británica: colocar al difunto en un féretro de cartón, insertada dentro de una de madera sólo para los velatorios. Otra: el crematorio de la ciudad inglesa de Bath ya programa sus cremaciones “en grupo” para reducir su “huella de CO2”.
¿Y la huella ecológica de un nicho?
Si calculamos el hormigón, transporte del mármol y años de mantenimiento de las instalaciones, hay poca diferencia respecto a una cremación. Un pino mediterráneo tardaría unos 150 años en absorber el CO2 producido por una cremación o una sepultura en nicho. Pero un entierro ecológico apenas produce CO2; al plantar un árbol autóctono y evitar convertir otro tropical en féretros, incluso lo reduciría.
En España, la escasa oferta ecológica consiste en urnas biodegradables para cenizas, ataúdes con certificación FSC (Consejo de Administración Forestal, en inglés Forest Stewardship Council), barnices al agua y coches funerarios eléctricos.
Los entierros verdes se practican en EEUU, Nueva Zelanda, Reino Unido y otros países del norte de Europa. Las “funerarias verdes” británicas ofrecen ataúdes de cartón, juncos o bambú, mortajas o sudarios de fieltro biodegradables y disponen de 200 cementerios no consagrados en zonas boscosas. Además se permite el entierro “por libre” en propiedad privada, previo aviso a las autoridades y respetando ciertas normas. Si lo permiten los británicos, tan tiquismiquis en temas sanitarios, ¿por qué los españoles no? Combinando un cementerio verde con un programa de reforestación, zanjaríamos el argumento de la falta de espacio. Plantando un árbol cada 5 metros, la norma en el secano mallorquín, una quarterada (7.100 m) albergaría unos 350 árboles/personas. Con la posibilidad de enterrar hasta otros tres familiares más bajo el mismo árbol, se superarían las 1.000 personas. Una quarterada, que no basta para construir una vivienda, podría acoger entre un 6% y un 20% de los 6.000 muertos anuales en Mallorca.
¿Podremos cambiar la normativa funeraria? Habrá presiones comerciales en contra, pero pronto la emergencia climática nos obligará a revisar algunas leyes. Pongamos el tema sobre la mesa ya, para que se incluya entre las medidas a adoptar en el momento propicio. Un bosque-cementerio balear sería una opción minoritaria pero un gran paso para personas preocupadas por su legado vital. Lo podría gestionar una colectividad, empresa o un ayuntamiento progresista.
Como dijo Satish Kumar, en su última visita a Mallorca: “¡Que me entierren en la tierra y me planten un caqui encima!”
3 comentarios para “Volver a la Tierra”
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Pues no es una idea tan descabellada, ni extraña. Más de una vez le he dado vueltas en la cabeza, pensando en el derroche de recursos que representa el entierro “moderno”: maderas, mármoles, hormigón, etc., etc.
¿Por qué no contribuir a ayudar a la naturaleza, incluso una vez después de muerto? La idea de Satish Kumar me parece de lo más acertada, y natural.
Como curiosidad y final de mi comentario, sólo quería comentar que en la película Avatar, de James Cameron, que mucha gente ha tomado como referencia e inspiración en defensa del ecologísmo y la naturaleza, se ve una (corta) escena donde entierran a un nativo Na’vi. Lo entierran desnudo, en un hoyo cavado en la tierra, y mientras se despiden, se ve una semilla del árbol de los espíritus flotar en el aire y posarse sobre el cuerpo, se supone que para crecer luego alimentada por él. Me llamó la atención cuando la vi, y vuestro artículo me la ha recordado.
Namaste
me encanto leer esto, hace tiempo que pienso igual, y ya mismo me voy a ver AVATAR.
Si lo he entendido bien, en este pais a uno no lo pueden enterrar en su propiedad. ¿Estoy en lo cierto?
Las modificaciones legales no llegarán a tiempo para mi.
Namaste